“Porque yo La ví”*

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No tuvo noción de días ni noches, ni mantuvo aspiración de ello. El tiempo se muere frente a la Virgen, en el cielo que muchas veces soñamos. Esa es la única fatalidad cuando se cruza la mirada con la Madre de Dios Sigue leyendo

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Cuando puedo vuelvo

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Yo soy de Coria del Río. Siempre lo fui pregonando, siempre señalé mis orígenes. La memoria es el mayor de los bienes del hombre. En ella residen los primeros juegos, las primeras ilusiones, el rostro de los amigos, sus risas, sus llantos, sus alegrías y penas, con los que compartimos la fantasía de un mundo nuevo, de un universo donde se fundamentaba el sentimiento primero de la mejor amistad. Sigue leyendo

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Presentación de la novela Esta noche vienen a por tí.

portada_plana001Hace ya mucho tiempo, demasiado para nuestra desgracia, alguien me dijo que la vida es el mejor ámbito donde buscar y encontrar las más excelsas historias para realizar los mejores cuentos, la mejor ficción.  Quien así se pronunciaba no sabía ni escribir ni leer. Su vasta cultura, sus razonados y bien trazados pensamientos, provenían de sus experiencias vitales, del padecimiento de los acontecimientos que le tocó vivir y de las alegrías que fueron trazando una vida, su vida, vista a través de sus propios ojos. Esta mujer me contó el primer cuento que recuerdo, la primera historia fascinante que comenzó a germinar en mí la necesidad de transmitir mis fábulas, mis historias, de ficcionar y alterar una situación sustancial, tangible, hasta convertirla en un ente que pudiera fundirse con la realidad. En la seguridad de sus narraciones, al calor de una mesa de camilla y del embriagador aroma de la alhucema, se fue configurando en mí ese instinto ancestral, esa necesidad rústica y primitiva, de relatar y transcribir historias para que otros se emocionen, sufran, gocen o percaten con ellas otras vertientes de la realidad. Quienes me conocen saben de esta pasión, acendrada en mí, que es capaz de derribar los muros de mi timidez, de apartar los miedos y las incertidumbres que planean por nuestras vidas, de la sensación inherente de seguridad que precisamos para poder anclar nuestra supervivencia en una sociedad cada día más exigente. Mi entusiasmo por contar historias ha posibilitado el derrocamiento del miedo a hacerlas públicas. Claro que para ello he contado con unas aliadas. Mi mujer, mi hija y mis editoras que me tienen en una estima que a veces sospecho no merezco. Ellas, y algunos amigos, han hecho posible que hoy esté aquí, presentando mi segunda novela, algo que hace dos años, no era más que una quimera. Por ello tengo que dar gracias a Dios y a la Virgen que tan vela por nosotros ¿verdad?

Nace esta obra de un impulso universal y antiguo que yace en el alma. Quienes escribimos, quienes nos dedicamos a este arte, partimos de la premisa y el conocimiento de que en todas las épocas, en todas las culturas, coexiste la necesidad de transmitir sus sentimientos y emociones, los hechos que procuran avances, la congénita necesidad de contar historias. Pero en este origen hay algo más extraordinario aún, una experiencia vital que todos hemos sentidos, esa primera inquietud que nos invade cuando oímos o leemos un relato. Haced memoria. Una de las primeras cosas que pedimos ancestralmente a nuestros padres es que nos cuenten una historia, que nos cuenten un cuento.  Y una de la primeras cosas que sentimos, que necesitamos transmitir, como una extensión de la divulgación de nuestras propias raíces, es contarle un cuento a nuestros hijos. Pero aún más allá, si nos postulamos en nuestras consideraciones vitales, nos pasamos toda nuestra vida contando y escuchando cuentos, relatos que van amoldando nuestros comportamientos y la manera de actuar. Y curiosamente, en esas transmisiones, aparecen dos factores que esencialmente pueden mantener un enfrentamiento considerable. Por un lado, podemos encontrarnos con una narración fidedigna y que se nos muestren las cosas tal como son. Y por otra parte necesitamos que el cuento nos permita huir de las cosas tal como son. Es una paradoja maravillosa y muy difícil de satisfacer, pero es el anclaje sublime de nuestra propia razón, porque necesitamos de estas historias para comprender el mundo y, por otro lado, necesitamos de estas historias para olvidarnos del mundo.

Viene esta pequeña introducción, sobre la realidad y la ficción, para intentar haceros llegar, y que comprendan los lectores,  lo que he querido contar en mi novela y con mi novela, donde he pretendido construir un gran cuento, donde la ficción puede llegar a superar a la realidad, donde los hechos pueden parecer reales, porque se traslada a una época concreta y muy señalada en la historia próxima de este país, porque hay personajes verdaderos que vivieron en el tiempo en el que se desarrolla la obra, y porque hay sucesos que acaecieron en aquellos años convulsos, en los días siguientes a la proclamación de la II República, pero que forman parte de las elucubraciones y fantasías de este escritor. Superponer la realidad a la ficción y la ficción que hurgue en la realidad, intentando construir un argumento, donde el tiempo se pone en fuga con el artificio de la ficción, para poner en orden una realidad que se presenta mucho más caótica que la inventada, y que conduce a un final inesperado. Es una novela en la que la pretensión de este autor es muy sencilla. Conseguir, así lo deseo y espero, que el lector perciba lo que yo sentía cuando ejercía, cuando sigo ejerciendo de lector.

Quienes la lean, se motivarán con esta historia sobre la pasión y el poder, sobre la ambición y deseo deshumanizado por alcanzar el manejo de los hilos que mueven al mundo, que lo seguirán moviendo, una aspiración tan vieja como la primera razón que mantuvo el hombre. Es también una historia en la que quiero rendir homenaje a las personas que anteponían la bondad a la maldad, la dignidad a los idearios políticos, el decoro y la vergüenza frente a la mezquindad y la vileza de quienes necesitan enfermizamente de la perversidad para la consecución de sus fines. Personajes reales como los dos guardias civiles protagonistas, José Urbano, el Lecherito, y José Rebollo, Pepe Díaz, Saturnino Barneto, entre otras celebridades de la Sevilla de los años treinta del pasado siglo, que comparten la trama con otros de mi invención para poder argumentar una historia intrigante que comienza en la Caura romana, en al año XLIII d. C. y que se resuelve ante la imponente imagen de Dios, que por el Turruñuelo mantiene vilo el alma bajo la nominación del Cachorro.

Creo que es una novela trepidante donde aparecen situaciones y lugares que reconocerán inmediatamente porque la acción discurre entre Coria del Río y esta Sevilla nuestra, en un arco espacial que creo, merece este tratamiento protagonista pues tiene suficiente entidad, historia e identidad única como para convertirse en escenario ideal para cualquier trama, aunque hago un guiño histórico, que comprenderán al final, hacia Berlín. Pero también encontrarán, especialmente al inicio de cada capítulo, una descripción emocional, sobre las situaciones que viven y padecen los protagonistas. ¿Qué puede pasársenos por la mente, mientras se huye apresuradamente, cuando mantenemos la certidumbre de que la muerte nos pisa los talones? ¿Cómo se acepta el fin? ¿Cómo pueden embriagarnos los recuerdos cuando las palabras, susurradas al oído, nos anuncian que la parca se embosca en la revuelta de una esquina? ¿Qué nos hace fuertes ante el dolor? ¿Cómo nos marca en la vida? ¿En qué rincón del alma comienza a pudrirse la honestidad y la dignidad de los hombres por mor de alcanzar el poder? Si al leerlas logran enredarse al entramado sentimental de los personajes, que desenvuelven sus vidas en un ámbito violento y convulso, se desatan sus más hermosas emociones y se les conforma un nudo en la garganta, este humilde escritor se habrá dado por satisfecho y habrá conseguido uno de sus principales propósitos: transmitir lo que él mismo siente cuando actúa como lector.

Y es también una novela contra el olvido, una narración que pretende recobrar la memoria de quienes fueron ninguneados aun habiendo sido inmolados por la patria, sus ideales o sus doctrinas, héroes que sacrificaron sus vidas y las de los suyos para que otros pudieran vivir. Les aliento a recuperar la hazaña del Regimiento de Cazadores de Alcantara,14º de Caballería, que al mando del Teniente Coronel D. Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, protagonizó una de las epopeyas más sublimes de la reciente historia de este país, en lo que se conoció como el desastre de Annual, en el actual Marruecos, y que es el inicio de la novela, y comprenderán, desgraciadamente, que no hay nada de novedad en la actual situación de España.

Quiero, para poner fin a mi intervención ofreciéndoles un consejo: que la lean con serenidad. No se precipiten en sacar conclusiones políticas, ni confundan las aseveraciones de los personajes con las de este autor porque no las hay, ni alimenten consideraciones en las que participan los protagonistas. Los personajes tienen su propia voz, viven y desarrollan sus vidas en las páginas de la novela, de esta obra que no tiene mayor pretensión que la de conseguir abrir el baúl de sus emociones, que florezcan los mejores sentimientos y que compartan la ilusión que yo viví cuando escuché, al calor de una mesa de camilla y del aroma ascendente del espliego y la alhucema, aquel primer cuento que me contó aquella mujer, que sin saber leer y escribir, sembró en mí la pasión por la literatura.

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¡Qué razón tenía usted, don Vicente!

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Eran los años previos a la transición. Acababa de morir el dictador y comenzaban a extenderse ciertos aires de independentismos, ideales que se defendían con la violencia y el asesinato, con actos terroristas que cercenaban cualquier atisbo de razón. Nuestra incipiente mocedad no estaba exenta de una maravillosa ingenuidad. Sigue leyendo

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Humildad y Paciencia

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El primer lunes de cuaresma, como aviso que remueve la nostalgia, los sentimientos y los recuerdos, las calles de la ciudad resucitaran a la Verdad de Cristo esperando la ejecución con la Humildad y la Paciencia propia del Hijo del Hombre, dos virtudes que debieran primar y sobresalir en la condición humana. Sigue leyendo

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Recuerdo de mi madre

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Es esta letanía de días, en la que nos faltas, en las que apuramos la memoria para que sigas presente, una secuencia de emociones que vienen engarzadas en un rosario construido con el amor, el cariño y la dulzura de … Sigue leyendo

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El pequeño Nicolás

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Soñábamos, en las tardes de verano, con emular a James Bond, a Tarzán o vivir las historias de amor de Clark Gable con Claudette Colbert en Sucedió una noche o con Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, o en el colmo de la indocilidad, emular al legendaria James Dean en Rebelde sin causa o Gigante. Sigue leyendo

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Una tormenta del carajo

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Las ciencias avanzan que son una barbaridad. Al mismo son que evoluciona la estupidez humana. Son cosas inherentes al desarrollo de la tecnología, principalmente a su mal uso. Que conste que soy ferviente defensor de todo aquello que pueda asegurar … Sigue leyendo

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Aferrarnos a la Esperanza

guinea_ebolaEste país tiene el triste record de las desgracias. No somos capaces de controlar a los rateros que se atavían con trajes de primerísimas marcas y utilizan el dinero público para pagarse sus lujosos caprichos y ahora nos vemos sorprendidos por la virulencia de uno de los virus más terribles. No tendríamos que culpabilizar a los enfermos y sí a quienes no ponen medios para sofocar el mal en origen, que es donde se tiene librar la batalla, donde las grandes industrias farmacéuticas debieran volcarse. Desgraciadamente tienen hasta los voluntarios para probar sus nuevos medicamentos, para convertirlos en conejillos de indias. Es una obligación, que debiera imponérseles desde los estamentos del poder, que todos sabemos donde habitan y se protegen.

Esta nueva plaga es el indicativo que nos sitúa en el mismo nivel a los humanos. A todos sin diferencias de razas. Vivimos con la manifiesta creencia de sabernos protegidos por los avances tecnológicos, por los muros sociales que nos alejan de las miserias que habitan en otros continentes, donde se acumulan las miserias y las necesidades más básicas, donde la gente muere en las calles sin ningún tipo de atención médica, abandonados a su suerte, como nuevos apestados, deambulando en busca de una solución a su enfermedad, aún sabiendo que sus vidas se acortan a cada paso que dan. Las dramáticas imágenes de una mujer, tambaleándose, intentando mantenerse en pie y no sucumbir a los efectos de la fiebre y la descomposición orgánica, no deben caer en la indiferencia. La única ayuda que recibe es la de un militar, con su fusil en la mano, ordenándole que se tire al suelo, y la de un religioso, sin más protección que unos guantes, una mascarilla y una bata de plástico. Ignoro el fin de la pobre mujer aunque nos lo podemos imaginar.

Nuestra seguridad ha sido vulnerada. El ébola se incrusta en occidente. No es más que un recuerdo de nuestros olvidos hacia quienes sufren sus efectos a muchos miles de kilómetros, en otro continente, sumido en la barbarie y excesos de sus incapaces dirigentes que solo se preocupan de acumular poder, de vender riquezas naturales para enriquecerse con la desgracias de quienes debían verse favorecidos por los productos que subyacen en sus tierras. Ahora quieren culpabilizar a los enfermos, que son en su mayoría personal sanitario, médicos, enfermeros y auxiliares, que han atendido a ciudadanos españoles que luchaban por no abandonar los desheredados de occidente. Y solo un inciso para quienes muestran hostilidad hacia la Iglesia. Misioneros, monjas y sacerdotes, laicos de otras confesiones religiosas, que se enfrentan diariamente a la muerte, cara a cara, y comparten, porque no decirlo también, con algunas organizaciones la atención a los apestados que vagan, como en la edad media, por los caminos de la inconsciencia occidental.

Dios quiera que los infectados por servir a los demás salven este difícil trance, que puedan seguir besando a sus seres queridos con la naturalidad con la que lo hacían antes de ser contagiados. Dios nos alumbre para que no anatemicemos y desplacemos socialmente a quienes se sacrifican por detener esta plaga que amenaza con desequilibrar nuestro bienestar, que no son precisamente los políticos. Dios nos ilumine, principalmente a los dirigentes, para compartir cuanto bueno nos sobra, que es mucho, en educación, medicina y prosperidad. Ojalá podamos transmitir un signo de esperanza a quienes no conocen sus acepciones.

El ébola puede ser erradicado. Pero hace falta compromiso social y no económico. Los datos están desfigurando las ilusiones de muchos, de los que siempre padecen. Hace treinta años, un suspiro en el devenir de la humanidad, cuando se advirtieron los primeros brotes, en África Occidental, los afectados apenas superaban el millar. Hoy, en pleno siglo XXI, superan los diez mil. ¿Ninguna empresa farmacéutica, hace tres década, sopesó la posibilidad de desarrollar una vacuna, de investigar los orígenes del virus para su erradicalización? Ay. Se me olvidaba que aquello no merecía ninguna atención. Total los que morían estaban tan lejos.

Nuestro país tiene la triste relevancia de haber sido el primero en constatar un caso en origen, o sea, una infección en nuestro patrio suelo. Menos mal, como dice Manuel Carrasco, que nos queda siempre una gran verdad y podemos aferrarnos a la Esperanza.

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Arriate y las cosas del corazón

arriate1Uno mantiene siempre la certeza de poder agradecer cuanto bueno le sucede, de corresponder con la gratitud por las atenciones que le deparan. Es un bien que nadie ni nada puede desposeernos de él, mientras se nos otorgue el don de la vida. Soy de los que piensan que nada en este mundo ocurre por casualidad que tenemos los designios marcados y las cosas van llegando cuando tienen que llegar. Doy gracias a Dios por ello siempre y eso, que en los últimos tiempos, las circunstancias parecían entornarse en la desgracia, los caminos se embarraban y los cielos se obscurecían. Pero nunca dejamos de tener en fe, de mantener la ESPERANZA, y cuando menos lo esperábamos, cuando la mayoría de los que creíamos nuestros amigos corrían en desbanda y huían a parapetarse en la seguridad que a nosotros nos faltaba, en la liquidez pragmática de bienes materiales, la Providencia nos manda un ángel y, al menos, nos reconforta con su amistad y preocupación. El mundo se nos había roto y vino a recomponer el firme para que pudiéramos caminar. Gracias a él, de su mano, fueron llegando otros, a los que tampoco les importaba que las finanzas, sino nuestros  valores, nuestras inquietudes y habilidades. Él sabe quién es. Ellos saben quiénes son y lo importante que han sido para que, al menos, pusiéramos sacar la cabeza a flote, no haber perecido en aquel desastre de hace unos años. Gracias a su confianza y sus condiciones cristianas. Pero no creáis, ni os ilusionéis, que no os voy dedicar a este artículo. Pero tenía necesidad de hacéroslo llegar hoy. Cosas del corazón que se manifiestan de pronto.

Hace unos días tuve la inmensa suerte de ser invitado, por la hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre y Santo Entierro de Cristo, de Arriate, un bellísimo pueblo situado en plena sierra de Ronda, un paraje que deben perderse por su inigualable, a participar en el ciclo de conferencias, que organizan para dar inicio al curso cofrade, exactamente en la XXXII Semana de Exaltación Cofradiera. Fue un honor poder participar de este importante evento, junto a otros meritísimos ponentes y así se lo hice llegar a mis anfitriones. Hablar de la Virgen de la Esperanza, de su devoción allende nuestras fronteras, de la universalidad que lleva adscrita, siempre es reconfortante y nunca fácil, y menos cuando uno se encuentra un salón de actos repleto de fieles expectantes y atentos la torpeza de nuestras palabras. La verdad, quienes me conocen, saben que intento evitarlo. No puedo dejar de emocionarme cuando hablo de la Virgen. Es algo que me puede, que vulnera mi voluntad con demasiada facilidad. Y no puedo traicionar mis sentimientos. Viene ésto a colación porque quiero agradecer todas las atenciones que tuvieron hacia mi persona y como decía el filósofo, escritor y moralista francés, del siglo XVIII, Jean de la Bruyere, el único exceso permitido en el mundo, es el exceso de gratitud, necesito y quiero abundar en mis agradecimientos. Desde su Hermano Mayor, Salvador Velasco, hasta los integrantes de su junta de gobierno Santiago Melgar, Paco Gamarro y Antonio Gamarro, la gentileza que han tenido, el trato con el que fui recibido y las atenciones que mostraron fueron inmerecidas para este humilde escribidor que solo trata de ser consecuente con su pensamiento, con sus ideas y credo, muy especialmente, y no reviste más valor que la de pertenecer a su Hermandad e intentar divulgar el mensaje del Señor haya donde vaya, que no es otro que promover y extender la gran Virtud de la Esperanza, y que tenemos la suerte de encontrarla, cada día, en la Basílica de la Macarena.

Muchas gracias, queridos amigos de Arriate. Habéis horadado mi sentidos y plantado la simiente de vuestra amistad, que ya siento enraizar en mis ser. Cosas nunca baladíes estas sosas del corazón.

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