RECUERDOS DE UN VERANO I

No digo que los tiempos pasados fueron mejores. Ni mucho menos. Las comodidades que hoy podemos disfrutar, las consecuciones sociales que nos procuran bienestar y seguridad en nuestras necesidades, cubriéndolas muy ampliamente, nada tienen que ver con aquellos años, que ya comienza a despertarnos la añoranza. Pero me invade una extraña sensación de nostalgia que va susurrando al oído que la felicidad de aquella época era mayor. Se desbocan mis recuerdos con esta canícula del mediodía, con esta luz de esplendor y también de martirio que nos deslumbra y nos hace perezosos, que convierten nuestra desgana en vanidad.

            En aquella época aún podíamos ejercer cierto poder sobre nuestro tiempo. Éramos capaces de manejarlo a nuestro antojo, con la libertad que nos procuraba la imaginación, con la posibilidad de dosificarlo, de estratificarlo según nuestras conveniencias. Salíamos a la calle con el frescor de las primeras horas de la mañana a construir un mundo, siempre nuevo e irrepetible, siempre voluble e inverosímil, donde sumergíamos nuestro vigor sin importarnos el precio, sin desfallecer porque era nuestro tiempo, nuestra manera de enfrentarnos y combatir el aburrimiento, por eso lo derrochábamos. Incluso ignorábamos  que este despilfarro era el precio para ser feliz y que el transcurrir de los años vendría a demandarnos su reposición con altos intereses. Pero la infancia no sabe garantías ni es capaz de argüir planes que nos respalden en el futuro para patrocinarnos una vida plácida. No era el tiempo de pensar sino de ser feliz, de confabularnos con los hados del ocio y construir edificaciones donde la dicha reinara, donde el compañerismo nos hiciera menos vulnerables al dolor.

            Cada día se iniciaba una nueva representación, sin un argumento predispuesto, sin un guión establecido, sin más directrices que la que nos marcaba nuestra imaginación. Con un palo te convertías en rey Arturo y dirigías las huestes que debían asaltar el fortín donde se había resguardado seres malignos de fauces dantescas. O se organizaban safaris, parodiando a los que se podían ver en las películas de Tarzán que se proyectaban en cine Caura de verano y que podíamos ver desde las azoteas mientras cenábamos, para cazar monstruosos dragones y sanguinarias fieras que deambulaban por las paredes y que trataban inútilmente de huir apenas advertían el peligro que les acechaba. O simplemente nos sentábamos, a la caída de la tarde, cuando la canícula daba un respiro y un liviano frescor hacía mecer los visillos de las ventanas, a divagar sobre un futuro que siempre lo dibujábamos lleno de venturas y esplendores -inocentes de nosotros-, o escuchábamos las historias de Ignacio, un orate que vagaba por el pueblo relatando sus penas a quien quisiera oírlas, que guardaban verdaderas joyas para comprensión de la vida y que en aquellos momentos nos resultaba tan difícil de entender.

            Son los veranos de la infancia los que glorificaron nuestra existencia, los que nos signaron para el futuro, en los que nos convertimos en cautivos de la inocencia, en la imberbe creencia que en alcanzando la mayoría de edad podríamos disfrutar de la misma libertad que se nos aparecía cada mañana, cuando para ser rey o piloto de pruebas, o cazador de leones o villano espadachín que siempre perdía –aquellos juegos elevaban nuestra autoestima- bastaba con cerrar los ojos y al abrirlos se presentaba ante nosotros el escenario para el desarrollo de nuestros sueños.

            Hoy las quimeras se han desvanecido, las tramoyas necesitan de un espacio concreto y la imaginación nos la han suplido por unas máquinas que nos individualiza, que nos alejan de la tan necesaria socialización del ser humano. Nos intentan preservar de los riesgos, de aquellas escaramuzas con nuestras espadas con palos de fregonas que jamás nos crearon complejos ni alteraron nuestro estado psíquico y sí ennoblecieron nuestro espíritu con valores que dignifican nuestra existencia y la de quienes nos rodean.

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