DONDE HOY SE SIGUE PRESENTANDO LA VIRGEN

            En el mundo siguen sucediendo cosas asombrosas. La ciencia, gracias a Dios Nuestro Señor que nos facultó con el entendimiento y la razón, continúa su evolución y mantiene su progreso contra la lucha de enfermedades, ahondando en las profundidades de los océanos para mostrarnos su grandeza, expandiendo su pensamiento por el universo para buscar explicaciones sobre la formación de la estrellas, sobre su origen, y hay ya científicos que han demostrado, de manera tangencia y sustancial, algo que ya todos sabemos: la existencia de Dios.

            La vida continúa acercándonos en algunas ocasiones a la felicidad y en otra mostrándonos el verdadero valor de la existencia con el dolor. Los políticos siguen a lo suyo, para qué vamos a hablar, ignorándonos y malgastando las riquezas, que se generan con nuestros esfuerzos y sudores, en obras absurdas, que ellos sabrán por qué son realizadas y a quién benefician, aunque el tiempo y la justicia los pondrán en su debido lugar.

            Hay catástrofes naturales y algunas provocadas por la incongruencia fanática de algunas religiones, el nuevo terrorismo que viene a suplir las divisiones ancestrales por cuestiones ideológicas, cuando debíamos de unir nuestras manos y dar gracias por estas venturas que nos ofrece cada día la vida, por los regalos que Dios nos concede.

            Uno se queda de piedra cuando oye el comentario de un sacerdote, católico, formado en un seminario católico, con su radiante alzacuello distinguiéndole de su dignidad y una cruz en la solapa. Y digo que se queda uno como una estatua de sal cuando hombre ordenado y que es servidor de la Iglesia –que somos todos- profiere una frase, a las puertas del atrio macareno, del templo que acoge y venera al Señor Sacramentado y expuesto perennemente en la capilla, y las Sagradas Imágenes de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena, denegando la invitación que le realizó otro sacerdote para entrar en la Basílica, postrarse ante Éstas y elevar una oración, porque la devoción mariana universal que en ella se venera no era la que él entiende es la madre de Dios, sino una figura de madera y sí otra que se encuentra en otra parte de la ciudad. Ea, ahí queda eso. Quienes me lo relatan, presentes y testigos del suceso, indican que de nada valieron las insistencias de los sacerdotes que le acompañaban y allí quedó el hombre en espera de que sus compañeros salieran de aquel suelo maldito para él.

            Debe ignorar este hombre que la Virgen se ha presentado, durante siglos, en los lugares más extraños, en donde menos pensaban los creyentes. Se presentó en Fátima a unos pastorcillos y en Lourdes, a la humilde Bernardette. Y allí se establecieron santuarios donde los católicos de todo el mundo peregrinan y son sanados, espiritual y físicamente, sin que la ciencia pueda dar explicación a estos sucesos. Este señor no debe haber tenido la enorme suerte de pisar estos santos lugares porque su idolatría se lo habrá impedido.

            Pero si quiere sentir la Gracia presencial de la Santísima Virgen, hay dos lugares en el mundo, SÓLO DOS que se tenga constancia, en los que la Madre de Nuestro Señor Jesucristo se presenta diariamente, convierte corazones y sana mentes. Tal vez debiera visitarlos, si su fanática idolatría se lo permite, y hasta me atrevo aconsejárselos. Uno está en la antigua Yugoslavia, en una pequeñísima aldea  de la Serbia musulmana y que curiosamente fue preservada de los desastres y aniquilaciones sucedidos en la guerra de los Balcanes, llamada Medjugorje. Allí se presentó por vez primera, el 24 de junio de 1981, a los niños Ivanka Ivankovic, Mirjana Dragicevic, Vicka Ivankovic, Ivan Dragicevic, Ivan Ivankovic y Milka Pavlovic. Hoy en día siguen viendo a la Santísima Virgen y transmitiendo sus mensajes.

El segundo de los extraordinarios lugares donde se sigue presentando diariamente, con la curiosidad de que lo hace siempre a la misma hora, a cuantos quieran Contemplarla, para gloria de los hombres, para su santificación y notoriedad espiritual, es en la basílica de Santa María de la Esperanza Macarena, y este hombre no quiso ser testigo de ello.

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