OLEGUER Y SUS OCURRENCIAS. HISTORIAS DE LA MILI

Hace una decena de años fue la última vez que me encontré con un amigo catalán, con el coincidí en el obligatorio cumplimiento del servicio militar que en este país hubo en un tiempo y tanto bien hizo a quienes tuvimos la suerte de realizarlo, visitó este ciudad de nuestros amores a tenor de un desplazamiento, que por motivos profesionales, tuvo que realizar. Como quiera que la tarea se demoraría durante unos días, concordamos un cita para abrazarnos y recordar los entrañables momentos que compartimos en aquel servicio a la Patria, en la base aérea de Morón de la Frontera. Oleguer –Olegario en aquel destacamento de F5, en el inicio de la década de los ochenta, pues algunos mandos todavía no aceptaban los catalanismos por estas latitudes- nació en la pequeña localidad de Naut Aran, creo recordar, situada en la comarca del Valle de Aran, en los Pirineos centrales, en la provincia de Lérida. Es un tipo raro, muy extrovertido, que decía siempre lo que pensaba y a veces sin pensarlo. Su profundo acento catalán le trajo algunas antipatías durante el periodo de instrucción pero se sobreponía con una entereza digna de encomio. Imaginativo como pocos, esta natural virtud le da de comer, trabaja en una empresa de publicidad como creativo. Algunos de los anuncios que vemos en televisión y que oímos en la radio han sido elaborados por su compañía. Por nuestro destino en la base estábamos en constante contacto con jefes y oficiales, todos pilotos de F5. Acaba de llegar el reemplazo de enero coincidiendo con un fin de semana. Algunos de los nuevos reclutas no tenían ni uniforme siquiera. Carne fresca para la ociosidad que parecía haberse aferrado al lento tránsito de las horas. No se nos ocurrió otra cosa que coger dos casacas de piloto, una de capitán y otra de teniente, a la que teníamos acceso por nuestra ocupación, y presentarnos en la escuadrilla donde algunos reposaban la siesta sin saber lo que se le venía encima. Y allí que nos fuimos, pues sabíamos que el sargento de semana estaría en el pabellón de suboficiales viendo el partido de fútbol. Él de teniente y yo de capitán. Cuando llegamos a las puertas de las instalaciones, el recluta que estaba de servicio por poco se cae, de la silla en la que estaba sentado, en su ejercicio de vigilancia. No sabía ni saludar, el pobre. Oleguer se adelantó unos pasos para gritar –como habíamos convenido- “escuadrilla firmes, el Capitán Trueno, Capitán de día”. Allí nadie cayó en la tropelía, ni en verificar la identidad de los presuntos oficiales, allí lo que veían eran estrellas por todos lados y dos tíos gritando y dando órdenes. Cuando llegó el sargento de semana y le dieron las novedades, poco menos que se rió y advirtió que la próxima vez que se dejara engañar el trueno iba a ser él, y se llevaría por delante al estúpido de turno. El recluta volvió a su posición de vigilancia con tan mala fortuna que en ese momento entró el verdadero capitán de día y otra vez la cantinela del suboficial que le precedía, “escuadrilla firmes, el Capitán Lechuga, Capitán de día”, y el pobre recluta, creyendo que intentaban tomarle el pelo de nuevo, no tuvo otra ocurrencia que encararse a los mandos que accedían hasta su posición y decirle “que si era el capitán Lechuga, él era el capitán América” mientras le acosaba y empujaba hacia la puerta, hasta el punto de llegar a derribarlo bajo el arco de entrada. Cuando se descubrió el entuerto, el pobre soldado quería morirse, dos días se llevó en el calabozo llorando y exonerando su inocencia. Menos mal que no supieron identificarnos, sino todavía estamos en Mahón, aunque yo creo que algunos de los oficiales que conformaban el 211 escuadrón de F5 siempre sospecharon de nosotros, sobre todo de Oleguer, que durante los comentarios que se vertieron en días siguientes, soltó alguna que otra sonrisilla sin ningún tipo de disimulo.

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