DE CÓMO GUZMÁN DE ALFARACHE CONTINÚA VIGENTE

            La primera vez que leí, no sin cierto desasosiego y escasas ganas porque mis ansias y gustos literarios provenían de otros sectores en aquellos primeros años de mi adolescencia, la “Vida y andanzas de Guzmán de Alfarache” he de reconocer que me atrapó y me condujo a la lectura de otras obras del mismo género como “Rinconete y Cortadillo” de Miguel de Cervantes, y la celebérrima, moralizante y mundialmente reconocida obra anónima “El lazarillo de Tormes”. Conocer los lances y aventuras de este personaje creado, ideado, extraída de su propia existencia, supuso el conocimiento de una sociedad en decadencia, de una sociedad en las que las clases sociales se diferenciaban en sustratos que imponía el poder económico que trajo consigo el descubrimiento del Nuevo Mundo y la explotación de sus riquezas. Sevilla era la puerta del mundo por la que entraba toda la riqueza y ventana por la que dilapidan las grandes fortunas que llegan del otro lado del Atlántico. Cosas de la idiosincrasia de esta tierra y que ya lo describió a la perfección Paco Gandía en aquel hecho verídico en el que un hijo le pregunta a su progenitor por qué los moros tienen tanto petróleo y nosotros tanto vino, respondiendo el padre, con un deje entre la resignación y el orgullo, tan propio de esta tierra, “porque Dios nos dio a escoger a nosotros primero”.

            Su autor Mateo Alemán vivió entre la desesperación y el endeudamiento continuo, dando sablazos y esquivando constantemente a sus acreedores. Según sus historiadores y quienes han investigado sobre su vida, por estos lances de la vida pasó dos veces por la cárcel, una de ellas en Sevilla, donde coincidió según parece con Miguel de Cervantes. Aquellas dos mentes encerradas en una celda dieron con la genialidad  y concibieron, entre la penuria y el desastre, las obras más insignes de la literatura española y quizás de las más importantes de las letras universales.

            Leemos en ABC hoy que el historiador sevillano, Juan Cartaya, ha dado por casualidad con el documento que certifica el fallecimiento del redactor de las Reglas de la Hermandad del Nazareno, a la que perteneció y mantuvo gran devoción durante toda su vida, en la más extrema pobreza en Nueva España, México, en el año de 1614, desasistido y abandonado a su suerte, de tal forma que fue sepultado gracias a la caridad. No es de extrañar, dos años después lo hacía Miguel de Cervantes y en parecidas circunstancias.

            Mateo Alemán pública la primera edición de “Guzmán de Alfarache” en el año 1599, editándose una segunda en 1604. Su trascendencia en aquella época, su repercusión mediática, utilizando términos de la actual, pudiera compararse a los actuales fenómenos editoriales que arrasan en las librerías, y que como en numerosísimas ocasiones los autores son los que menos provecho sacan de los luengos beneficios que procuran sus ventas.

            Hoy le doy gracias a aquel viejo profesor de literatura que nos propuso la lectura del hermoso libro de las aventuras del pícaro, sus moralizantes conclusiones que provenían del propio Evangelio algunas, libro que debió conocer muy bien el escritor sevillano cuando le fue propuesta la redacción de las Reglas de la Hermandad del Silencio, de este Nazareno que aferra su cruz para echársela al hombro y purgar todas nuestras penas.

            Sólo y desvalido, en el desamparo de su mala suerte, alejado de la tierra que le viera nacer, de las calles por las que jugara mientras los carros transportaban las riquezas del Nuevo Mundo, cuando le llegó la fatal hora tal vez recordara la madrugada del Viernes Santo, y se aferrara a su fe y el Nazareno de la Cruz Reversa le tendería su mano para acompañarle en el tránsito a la vida eterna.

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