DONDE EL ORIGEN DE LA ESPERANZA

            Se vislumbra desde esta atalaya privilegiada las grandes cúpulas de las iglesias del barroco, culminadas en las linternas que dotaban de luz los grandes espacios donde sobreviven la hojarasca extraída a la madera y que quedó en el dorado recuerdo de los tiempos. Sobre los tejados se erguen los majestuosos ornamentos que dieron gloria y esplendor a esta ciudad, que la retrajo de la noche de los tiempos para mostrárnosla inalterable, casi invioladas en su concepción.

            Aparece ante mí, en este atardecer del verano que resulta más intimo por el silencio y la calma que me rodea, por la quietud que se prolonga de esquina en esquina languideciendo los espacios emocionales que se presentan a la memoria para mostrar un tiempo más recatado, un horizonte de suntuosidad recortando el azul que ya comienzo a presentir cárdeno por los terruños del aljarafe, que va amoratándose inexorablemente por los alcores que se extrañan porque esas tierras lo ven aparecer con toda su luminosidad, con toda la riqueza dorada que baña campos y alumbra soledades y que maldice los miedos hasta desvanecerlos en la gloria que presenta la nueva luz del día.

            Es la caída de la tarde  que observo desde esta terraza que cobijara las huertas del gran convento de San Basilio, la que demole mi memoria y sus cimientos trascendentales, la empequeñece mi existencia al comprobar la magnificencia de los secretos que retiene, de las confidencias que van pregonando sus esquinas y que guardan celosamente a nuestros oídos para que no se profane la verdad de Verdad. Son los templos magníficos, sus cúpulas mostrándose a mí, los que me hacen sentir diminuto. Los ocres tejados se aparecen ante mí como un ensueño y fantasea mi imaginación recuperando el reciente trajín del negocio de las maderas, de sus carpinteros laborando, tallando maderas, recortando tablas, instruyendo en el oficio a aquellos aprendices que se persignaban cuando atravesaban el umbral que presidía el retablo cerámico de la Reina de sus sueños, a La que se encomendaban para que les salvaguardara del trajín de la jornada. O retrocediendo a los fríos de las medianías de un noviembre, cuando el siglo XVI declinaba y se abría a la expectativa del siguiente que anunciaba ya un nuevo concepto de vida y de arte, de rotunda afirmación vital en los azares de la existencia, de manifestaciones religiosas para contraponerse a las promulgaciones protestantes que descendían desde el norte de Europa con la vana intención de denostar toda la fe y la creencia centenaria de que María no fue Inmaculada desde el inicio de los tiempos y unos monjes decidieran que el amor a la Virgen debía concentrarse en la belleza y la piedad para promulgar la Esperanza.

            Siento el privilegio bajo mis pies de esta tierra que comenzó a remover conciencias apenas fue deshabilitado el velo que ocultaba el esplendor y descubrieron que María, La misma que se aparecía ahora frente a ellos, La misma que le mostraba el rostro terreno de Dios, era Mediadora entre el Ser Supremo y los hombres y por eso ennoblecieron el espacio del convento con Su presencia y esta luz, que ahora me asombra y me conmueve, que aturde mis sentidos desde esta atalaya de privilegio desde la que puedo observar la altanera torre de la parroquia de San Gil y la espadaña y campanas del templo que para su gloria construyeron sus hijos desde el amor, regó de gracia el rostro que confiere al mundo un hito de Ilusión y de anhelada espera.

            Me ha sido concedida la merced de profanar el tiempo, otargándoseme el favor de situarme en la misma tierra, en el mismo espacio, en el mismo principio donde Dios Todopoderoso instauró a su Madre, en esta tierra donde la Macarena se hizo Esperanza, para gloria de Sevilla y del mundo.

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