PADRES DE ACOGIDA

Llegaron las horas de otra tristeza desconocida de esta Sevilla nuestra que oculta las penas como quien esconde las vergüenzas. Son horas tristes para muchos sevillanos que durante un mes y medio han incrementado su familia con un nuevo miembro, con un componente eventual que se queda para siempre en la memoria de los seres que les han acogido en sus hogares, con los que han compartido sus alegrías, las dichas por verlos sonreír, la participación en los momentos íntimos de la familia.

            Se marchan no como vinieron porque llevan en sus cuerpos la salud que se les esconde en su tierra de origen, no porque se les niegue, sí porque la escasez y el atraso económico imposibilita el correcto y saludable crecimiento al que todo niño debería tener oportunidad. La partida de este grupo siembra el desconsuelo en los muchos sevillanos que participan en el programa de acogida de menores bielorrusos, afectados por la radiación que quedó en sus campos tras el desastre de Chernóbil, un hecho que viene agravándose si tenemos en cuenta la crisis mundial que en Bielorrusia, como en otros países subdesarrollados, se une a la paupérrima economía en la que tiene sumida la dictadura Aleksandr Grigórievich Lukashenko, un personaje que maneja los hilos políticos mediante el organigrama que rigió durante cincuenta años la Unión Soviética, que mantiene los bureaus y que mantiene el arcaico sistema y la repudiada metodología de seguridad ciudadana y política de la KGB, ya denostada hasta en la propia madre Rusia.

            Llegan en los albores del verano para inundar nuestros corazones de alegría, de sinceridad, de la sencillez derrochada en cada gesto, en cada palabra, siempre medida siempre educada. Nos traen la vida cuando vienen a buscarla, vienen a auxiliarnos, aún desconociéndolos ellos mismos, en nuestras derrotas continuas en esta sociedad de consumo que nos exprime y nos deshumaniza. Aparecen con sus sonrisas emboscadas en la escasez de sus materias para purificarnos de nuestra intoxicación de egoísmo, de esta voracidad cainita para con nuestros semejantes que consume nuestras energías. Disfrutan cada momento como si fuera el último, como si tras cada uno de ellos vieran el vacío que se precipitarían en sus lugares de orígenes.

            Hoy se nos ha roto de nuevo el corazón porque la intensidad de las vivencias que nos han deparado en estos cuarenta y cinco días, que se iban alejando y diluyéndose tras los tintados cristales de un autobús, sirven para llenar muchas vidas. Hoy les hemos visto marcharse de nuevo. Intentamos esconder nuestros sentimientos para que el sufrimiento de la partida no se instrumentalice por la razón y posibilite el derribo de las estructuras emotivas. Cómo si pudiéramos engañarlas, cómo si nos dejaran manipularlas.

            Hemos visto los ojos de la tristeza en la explanada y otros habrán visto los nuestros y se habrán compadecido como nosotros nos apiadamos de los suyos, engañándonos los unos a los otros.

            Han llegado las horas de la tristeza desconocida. Lágrimas ignoradas por muchos que se pierden en la cotidianidad de sus quehaceres diarios, de sus labores profesionales. Ensoñaciones que viajan por el aire esperando la llegada de una nueva primavera que despeje los cielos y azuleen las emociones para retornar y recuperar los espacios sentimentales que ahora se anegan con la nostalgia, con la evocación de estos momentos que se desharán con los primeros besos, con los primeros abrazos y ya la tristeza quedará destronada durante un tiempo en la que el que quedará cubierto por el gran manto de la ilusión, por el hálito de la Esperanza.

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