En este amanecer que comienza a retardarse en los primeros días de septiembre y las luces desperezan y bostezan sus tonalidades malvas en la suave línea de la ribera del Guadalquivir, donde se acompasan los ritmos de las falúas con las mareas que ascienden desde Sanlúcar, en una majestuosa melodía de sentimientos y afectos recíprocos, vuelven a mi memoria los despertares alegres de la infancia en el día de la festividad de la Natividad de la Virgen María y una pasacalle tan majestuoso como alegre, alteraba los sueños con aquel anuncio armónico que venía rescatarnos del olvido y a mostrarnos la vieja y anhelada dicha de la próxima presencia de la Santísima Virgen por las calles de la localidad.

            Entonces no teníamos todavía conciencia de la virtud teologal con la que se nos obsequiaba, ni la importancia de la alegre conversión de nuestros sentimientos en dogma de fe que suponía el acercamiento a la Madre de Dios. Salíamos a su encuentro con una sonrisa iluminando el rostro y una alegría incontenida porque tal vez estrenábamos, como en las mañanas del viernes santo, unos zapatos relucientes, que nos decían de charol, y una camisa que nos abrochaban hasta el cuello. Eran estos signos los que nos advertían de la importancia de la jornada.

            Al llegar a la barreduela que se abría a la blanca fachada de la iglesia parroquial, en la que se comenzaba a agolpar un gentío expectante, y ante la grandeza de su torre, que enfilaba su espadaña y su cuerpo de campanas al despejado añil del cielo, invadía nuestro espíritu la extraña sensación del desasosiego de las prisas, que concurría con el ansia de poder acercarnos hasta la puerta, mientras las manos maternales tiraban de nosotros coartándonos de nuestros ímpetus, cercenando el propósito, del que podríamos alardear más tarde, de acercarnos al fulgor dorado de la canastilla donde la Virgen había sido entronizada.

            De improviso, porque ya nos habíamos distraído en la espera observando el lanceado planeo de unos vencejos que flirteaban con el aire, mientras se dejaban acunar por el viento, protestaban los goznes de las bisagras de la gran puerta y una comitiva fervorosa comenzaba a separar aquel mar de devoción y marcaban con sus hileras las orillas por las que discurriría la Santísima Virgen. Un camino desplegado por el amor. Se espesaba el silencio, ahogando los clamores en la expectación por Verla salir, por Verla traspasar aquel umbral, aquel pórtico que se había dejado inundar por la luz diáfana, profanando la oscuridad, avasallando con un aluvión de claridad, los cromáticos azulejos que enseñoreaban las medianías de los muros, resaltando los brillos dorados del retablo, descubriéndonos los matices que las sombras se empeñaban en ocultarnos porque tenían celos de que nuestras visiones se las robasen.

            Un clamor amortajado por la sorpresa, se hizo dueño del espacio. Un tul de vaporoso y aromático de incienso comenzó a elevarse para advertirnos de la gran dicha que se aparecería tras él. Lentamente, sin prisas, fue definiéndose y dibujándose la silueta sobre el gran telón de la arquitectura neomudéjar. Anunció una corneta el son, apareció un primer guardabrisa en el pórtico de la gloria, una eclosión de fervor en una lágrima que huía provocó una conmoción, todo se hizo clamor por el amor de los amores, un rezo que se escondía en un suspiro sin voz llegó hasta sus mismas plantas, alguien trepó hasta el candor de sus ojos encendidos, otro profesó una oración. La Luz abatió la luz, cegó con su esplendor la claridad primera, la hizo prisionera de su fulgor, brilló en lo alto una Estrella y convirtió en firmamento la tierra. ¿Hay mejor prueba de amor? ¿Hay mayor gloria ofrecida por quién la propia Gloria es?

            Aquella luz de ventura me hizo cautivo aquel día, mi niñez no comprendía el fervor de mis mayores. Ya de mayor entendí que la alegría es producto de su dicha transmitida; ahora es Estrella y guía donde albergo mi Esperanza.

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