RENTAS POLÍTICAS EN EL BALANCE DE UNA VIDA

Toda la vida trabajando, empapando con sudores el pan que ponías en la mesa delante de tus hijos, sofocando necesidades a bases de horas en el tajo para poder comprar unos zapatos o el vestido de la comunión que haría feliz a la niña de tus ojos, cubriendo tu rostro de la felicidad que brotaba de sus ojos. Horas cansinas de carretera, esquivando a la muerte en cada curva, sorteando a la parca en las estrecheces, que entonces no había autopistas, solo senderos que llegaban a las cumbres, para intentar salir de esa mediocridad asomada al precipicio de la escasez. No había tiempo que no restaras a tu ocio, ni noches de insomnio intentando solventar el problema del mañana. Sacar adelante a la familia era tu única obsesión porque no gastaste ni un minuto en complacer tus aficiones, salvando aquel ineludible y sentimental de coger, cada tarde del domingo, a tu hijo de la mano y poner rumbo a la Palmera para inocular, en su espíritu, toda esa grandeza que ya mamaste y aprendiste de otra mano. Siempre había un imprevisto al que había que ofrecerle una solución inmediata y había que buscar un remedio pasajero para engañar al siguiente, que el hueco se tapaba abriendo otro. Ni las enfermedades ni el dolor lograban separarte de tus ocupaciones y cuando no tuviste más remedio que permanecer hospitalizado pedías el alta voluntaria -y hasta tenías que engañar a tus jefes sobre la evolución de la enfermedad- en cuanto las heridas comenzaban su proceso de cicatrización, aunque luego tuvieras que buscar un hueco para quitarte los puntos. Los tiempos de la escasez fueron suplidos, con la llegada de la democracia, con el cambio de aires políticos y con tu pertinaz esfuerzo, por unos años menos densos, sin agobios económicos porque vinieron a implantarse nuevas leyes que acercaban la justicia al trabajador, las reivindicaciones fueron, si no atendidas, consensuadas por todas las partes. Ahí también estuviste, con tu voz y presencia, relegando el miedo en aquellas manifestaciones porque sabias que tu solidaridad, junto a la de muchos, facilitaría el camino a tus hijos, que abriría puertas a su bienestar y formación y se conseguiría un estado más justo y poderoso. Por eso no pronunciaste ninguna queja, ni elevaste ningún lamento cuando volviste, una tarde de marzo, con un aparatoso vendaje en la cabeza y diste el susto de su vida a tu familia, en aquellos días de la huelga en la fábrica, y nos mostraste el brillo del orgullo rezumando en tus ojos. Ya vendrán días mejores, que la Virgen de la Esperanza no nos deja de la mano, y te dejaste caer en el sofá. Con el paso del tiempo lograste convencer a tu memoria para no recordar todo aquello con la profunda y verdadera tristeza con la que acaecieron, y sí transformarlos en relatos con chanza, en meras anécdotas que provocaban risas. Un día, no sin cierta tristeza, con la nostalgia del vivido a cuestas, regresaste por última vez del trabajo, con aquel papel en la mano que te aseguraba la jubilación y el pan hasta el fin de tus días, un sueldecito que os haría feliz a tu mujer y a ti. Y entonces, tras más de cuarenta años de trabajo, de festivos echando horas, de preocupaciones y hasta luchas sindicales, comprobaste que volverías a vivir con estrechez, que los pequeños lujos que pensabas disfrutar -una semanita en un hotel de la playa, un viajito para conocer la torre de Pisa, que siempre te intrigó esa desviación y no se desplomase- se deshacían porque hay que cubrir las necesidades primarias. Ayer los senadores y parlamentarios ponían, en disposición de la opinión pública, sus rentas y patrimonios y volviste a sentir la desazón del engaño orbitando por tu ser y por los espacios que ahora ocupas. Te hicieron recuperar el tiempo que ya creías superado. No la pudiste reprimir, no pudiste ocultar la tristeza pensando si todos tus esfuerzo, el cumplimiento de todas tus obligaciones, cuatro décadas de cotizaciones, no ha servido más que para enriquecer a unos pocos, que además no sólo siguen jugando con tus sueños sino que te dejaron sin ellos, y sin haber hecho ni sufrido lo que tú por este país.

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