CUANDO LA VIRGEN DE LA ESPERANZA COGIÓ SU MANO

No fue un adiós triste ni melancólico, aunque en el alma de los tuyos fondeara la nave de la negrura del dolor cuando llegó a puerto y recogió velas. No quisiste que tus amigos te recordaran hundida, vencida por la enfermedad, desposeída de la dignidad, sumida al sufrimiento, entregada al constante tormento que flagelaba, inmisericorde y pertinaz, tu siempre obstinada resistencia, esa natural fuerza con la superabas cualquier adversidad, cualquier contratiempo que te salía al paso, con las intenciones bandoleras de robarte la vida. Siempre ofreciste heroica resistencia. Nadie te iba a arrebatar el cariño y el amor de los que te rodeaban; no sucumbirías, por las buenas, a la amenaza porque te enseñaron a luchar siempre, a no desvanecerte cuando perdías una batalla, desde tu más tierna infancia cuando se asomó, al balcón de tus ojos, el primer indicio de tu fatal compañera.

            No quisiste que te sustrajeran ni  una hora, ni un minuto, ni un segundo de cada día. Te rebelabas, con la indolencia de la inocencia implantada en tu espíritu, ante el invasor. No te importaban los cercos porque siempre tus sonrisas habrían caminos para romper el cordón del aislamiento, siempre guardabas un retén guerrero y lograbas construir un camino de esperanza para sortear el asedio y dotar, con el contingente de tu ánimo, a los que te rodeaban de la fuerza necesaria para sobrevivir cuando llegara la hecatombe. Una palabra y se derruía cualquier muralla que intentara erigirse para aislarte; no había mejor fortificación que tu alegría para repeler los embates del dolor, para guarecerte del lacerante y premioso efecto del tratamiento. Incluso, no te importó mostrar tu mejor ánimo, ni bromear –siempre sacándole puntas a los efectos del tratamiento- sobre la pérdida del cabello.

Buscaste siempre,  aún cuando intuiste que comenzaba a vislumbrarse un final fatídico, un referente espiritual, una guía que te condujese de la mano en el último tránsito, porque tenías miedo a la oscuridad y te era necesaria la luz para soñar despierta, para vivir cada instante, para poder retener cada imagen y disfrutar en la eternidad. No perdiste ni la fe, ni el poder de la oración. A esas barandas te asistes para no perder el equilibrio. Incluso cuando todo el mundo quería que compartieses tus últimas horas con ellos, en la intimidad que se procura con un apretón de manos, con un beso soslayado durante un sueño, con la retícula de los silencios que se tejen desde la soledad de una blanca habitación de un hospital, tú insististe en buscar Su mirada, enfrentar tu dolor a su alegría, no para que te sanara, sino para convencer a quienes te acompañaban de que partirías con La mejor compañera de viaje que podrían imaginar. Toda esa grandeza albergaba tu alma, toda la nobleza de la asunción de tu pena como dádiva última, como postrer regalo para con los tuyos.

Hoy hace un año la Virgen descendía, inusual y proverbialmente, para implantar Su figura sobre el trono que habría de conducirla al encuentro con una de sus hijas predilectas, una mujer entregada al honor de la pobreza, al cumplimiento estricto del gran mensaje de amor de Jesucristo. Y a fe que vivimos los momentos más hermosos y gloriosos de la última historia reciente de la Hermandad, con aquel encuentro entre la Virgen y las vírgenes que siguen el camino que les marcó de Santa Ángela de la Cruz.

Lo que ignorábamos, lo que desconocíamos quienes estuvimos, durante todo un día junto a la Madre de Dios, fue el desconocido propósito de la Virgen, en su hospital Virgen Macarena, por ofrecer el poder de su amor a la joven de la camilla, para tomarla de la mano y ofrecerle la senda que conduce al cielo, y dejar en el corazón de los suyos toda su grandeza de Esperanza.

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