NACIONALIDAD y PATRIA

Ayer se cumplían diez años del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York. Una jornada que impregnó de luto y dolor a este pueblo y, como hemos podido comprobar, jamás será borrada de la memoria de los estadounidenses. Con la solemnidad propia de un país que siente, comparte y recuerda la muerte de sus conciudadanos de manos de unos fanáticos religiosos.

            Aquel día una conmoción recorrió el mundo cuando las imágenes, retransmitidas por todas las televisiones y casi en directo, nos devolvían a la cruda realidad de la vulnerabilidad a que se prestaba nuestra sociedad del bienestar. Dos aviones de pasajeros, previamente secuestrados, se estrellaban contra aquellos edificios, paradigmas y modelos de la economía sobre la que se sustenta las bases financieras de la humanidad. Con pocos minutos de diferencia, sucumbían estas torres de babel y con ellas perecían los modelos de seguridad de los países occidentales. Quedaban al aire las vergüenzas del país más poderoso y, lo que es peor, de las naciones que caminan asidos a sus cuerdas.

            Sobre los restos, candentes aún, con cuerpos destrozados entre los escombros, algunos ni siquiera han podido ser encontrados, toda la nación se confabuló para castigar a los ejecutores de este crimen, prometiendo la reparación de un orgullo resquebrajado, el resarcimiento de la grandeza del espíritu nacional. Y todos, desde su presidente hasta el último de los habitantes del estado de Alaska, unieron sus manos para vengar la muerte traicionera y cobarde de los hijos de la patria. Sin distinción de los idearios que marcan los partidos políticos, se olvidaron rivalidades mundanas y pusieron una bandera en las puertas de sus casas. Claro que muchos millones de estas viviendas ya tenían en sus porches, en sus patios y en sus jardines, una enseña de la nación ondeando con orgullo. Un emblema que recoge todos y cada uno de los estados, cada uno con sus propios fueros jurídicos, con los matices e idiosincrásicas de los pueblo que los ocupan, pero unidos y comprometidos al engrandecimiento de una nación.

            El once de septiembre marcó un antes y un después en la historia de este país, que ayer refrendó su grandeza, elevando la mirada al cielo y proclamando la memoria de los suyos, de los que fueron asesinados, reconociendo el dolor de sus ascendentes y descendientes. Padres, hermanos, hijos, amigos, todos volcaron sus oraciones, o sus sentimientos, en memoria de los suyos. Todos abrazaron esa bandera que les une en las alegrías y en el dolor, en las penas y en las dichas. El sentimiento patrio no tiene por qué contradecirse con la ideología de cada ser, no tiene por qué enfrentar a los pueblos ni incluso ignorar las particularidades culturales y lingüística que las definen, porque todo ello, dentro de un marco de nacionalidad que regule las competencias comunes, hacen país mejor, más grande y poderoso.

            Ayer, como cada once de septiembre, también se celebraba, en las principales ciudades de Cataluña, la Diada y lo que debió ser un día de celebraciones y fiesta, se convirtió en una jornada de lucha para reivindicar la soberanía de este territorio, para soliviantar el ánimo de los ciudadanos e intentar enconar sus posturas. No ha llegado la sangre al río, pero las expresiones de odio hacia el resto de la nación se enconan con el execrable y miserable comportamiento de los grupos independentistas que vulneran la Constitución y la ley vigente con la quema de banderas de España y retratos del Rey, con la sangrante y permisiva impunidad de los políticos y las fuerzas del orden.

Éstos que piden con tanta vehemencia y tanta radicalidad la emancipación de Cataluña de los fueros nacionales, quizás ignoren el debilitamiento al que condicionan a su pueblo. El mismo día que ellos celebran la Diada con actos vandálicos, los norteamericanos, súbditos de la nación más poderosa de este mundo, conmemoraban un atentado que puso en un brete su conciencia de potencia y cimbreaba las estructuras sociales y su condición nación intocable.

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