CUANDO SÓLO VEMOS LA ESPERANZA

La pequeña luz ya resplandece a los pies del retablo que fue instaurado por aquellas mismas manos que ahora modelan ausencias en las nubes que suspenden sus formas en la eternidad. La melancólica luminaria en el amanecer otoñal apenas deshace la oscuridad en el pórtico. Es su primer deber de la mañana, una obligación impuesta por su propia condición, un gesto de amor. Dar luz a la Virgen de la Esperanza. En la quietud de la casa retoma los mismos pasos que otros pies ya no caminan y la conmueve tanto silencio y tanto espacio sin su presencia. Es la tristeza del vacío. La certidumbre que los ojos verdes y alegres -y que fueron tornándose grisáceos y tristes con el paso de los años, con el peso de la enfermedad- que la saludaban cada mañana, ya no se dirigirán a ella. Sabe, porque el cariño está constantemente recordándoselo, que las calles por las que paseó en los últimos días no guardan memoria de su sombra, ni de sus risas, ni de sus pisadas; que la gente que deambula por la acera, con el lastre de sus vidas persiguiéndoles, desconoce su tragedia y de la pérdida de un trozo de su razón; que todo eso y la flema de su caminar sí quedó impresa en una imagen postrera de una mañana de agosto cuando la parca había lanzado ya sus redes para sustraerle del corazón algo de su propia vida. Y aún así, no quiere desprenderse de sus recuerdos porque la constata viva, aunque a veces su congoja la suma en el decaimiento. Reconoce, porque se lo dicta su fe, que descansa en el seno del Señor, que su ausencia es un hecho vital aunque no pueda acostumbrarse a esta soledad. Es duro arrancar la memoria del corazón, el sentimiento del alma, las lágrimas de sus mejillas. En estas tardes, en las que se presiente en el aire el otoño y la lluvia ha cortado el verano de una manera imprevista, acentúan su melancolía y la desnudan al dolor, desprotegiéndola ante el sufrimiento. ¡Intuyo que es tan difícil! Mira donde aquellos ojos ya no ven y vuelven los días felices y la reminiscencia de una infancia dichosa; ya no está la huerta desde donde veía, día a día, la Puerta de la Macarena, el lugar donde ella está ahora impávida, sorprendiéndose por lo grande que le parecen hoy las cosas minúsculas, y lo bello que resultaba un ocaso en otoño observando al padre -aquellos ojos verdes, luego grises- volviendo del trabajo, cansado, deshecho, y ella corriendo al encuentro para recibir un beso que tenía sabor a miel, y descubrir cómo, con el anhelo del amparo y la constancia del abrazo, retornaba el sosiego a su ser. Recuerdos que la hacen vulnerable y que se diluyen ahora en el dulzor del beso de su hija. Se atenuará el dolor, sólo es cuestión de tiempo. Lo sabe, lo sé, lo sabemos. Pero qué duro resulta esta cicatrización suturada con la remémora de sus palabras, de su apoyo constante, de tanto amor como recibió, de tanto amar en la enfermedad, de tantas noches sin dormir, de tantos días encendiéndole la luz a la Virgen para que le transmitiera la vigorosa llama de su Esperanza. La observo y sé que su propia entereza, la que cimentaron en su alma quienes le dieron el ser, la hará salir adelante. Seguirá caminado por las sendas que él le enseñó. Volverá a recuperar esa alegría innata que tanto bien hace a quién le rodea, aunque no pueda disfrutar y gozar de las risas que ya se elevan en un lugar del cielo, y seguirá recordando los instantes felices, evocará el eco de su voz -niña, que el cíngulo es más alto- cuando lo ayudaba a vestirse con la túnica merina, recordando las palabras, los gestos, hasta la torpeza de sus últimos movimientos, aquellos que acentuaban su pena, y cada mañana, cuando las primeras luces del día sorprendan la hojarasca labrada del marco donde reposa todo el fervor de sus antepasados, su mano volverá a imponer la luz a la Virgen de la Esperanza, como holocausto de fe, como recuerdo de un hombre bueno y del que Dios quiso fuera su padre.

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