CRÓNICA DE LA BEATIFICACIÓN. CAMINO

            Hubo un revuelo de claridades que azotó la densidad de la noche y una extrañeza nueva en las pétreas estructuras de los alminares que se alternan en la muralla. Un resplandor de luna fue mostrando su asombro en los aleros de los tejados, filtrándose por los poros del aire, sofocando oscuridades que asolaban los techumbres, rehabilitando la certidumbre y desalojando la nostalgia que había quedado prendida en los corazones, cuando al medio día de un  viernes santo, las cinco mariquillas dejaron de ruborizarse en el pecherín que las acoge y donde verdean durante toda una madrugada.

            Eran sonidos nuevos –toda vida tiene un renacimiento limpio y puro cuando Ella asoma por los umbrales de su casa- con reminiscencias de corazas labradas, de penachos blancos que provocan mareas de emociones y alteran los sentidos cuando se ondulan en los espacios que delimitan el viejo barrio de huertas y caminos, de campos aromados por esencias de limoneros y hortalizas. Era la comitiva nueva, de memoria añeja, la que se abría paso entre la espesura de una muchedumbre  que lanzaba salmos con las miradas, bienaventuranzas en las lágrimas desprendidas de esa emoción de la que se desconoce su origen pero que está llena de virtudes y bondades, de oraciones irreprimibles que cruzaban el aire en los piropos y que La asaeteaban con sus plegarias desde el arco de unos labios devotos incapaces de retener el pliego de sus emociones.

            No era una noche de inicios de primavera pero era la misma eclosión de sentir amoroso el que había puesto sitio a la Basílica. Era una madrugada de las postrimerías del verano, sin esa suave brisa de abril que ensortija los tejidos merinos y suaviza la densidad los terciopelos cuando los primeros rayos del sol procuran la mortificación de las figuras que transitan por la ensoñación de una fabula, de una maravillosa sinrazón que les permite soportar la fatiga y el cansancio.

Era el caminar valiente y preciso de la Gran Doncella de la Macarena buscando la nueva catedral –el suelo que Ella pisa se glorifica y santifica ipso facto- que se había instaurado, al otro lado del río, donde la Barqueta dejó sus improntas del viejo barrio, para hacerse y convertirse en el sacrosanto lugar donde una monjita de las Hermanas de la Cruz iba a confirmarse a la Santidad. Era el transitar hermoso y metódico, por espacios verdes y despejados –como si el tiempo hubiera querido aplicar a la memoria de los presentes el origen de la Grandeza, el retorno a las estampas que debieron ver sus ojos en aquellos primeros amaneceres donde su instituyó y conformó todo el sentimiento y el arraigo de Su universal devoción-, lo que conmovía las horas, lo que alteraba el rigoroso transcurrir del tiempo, la que nos sustraía de su noción hasta acercarnos al amanecer, donde el Sol avanzaba eclipsando al astro rey, ninguneando su presencia porque sólo Su resplandor bastaba para iluminar la tierra sobre la que  pisamos y el cielo que soñamos poseer.

            Era la briosa y alegre sensación del amor hacia la Madre la que deshizo las distancias, la que recortó los trayectos, la que nos hizo desperezarnos del cansancio y reconvertirlo en felicidad, que de eso la gente de la Macarena sabe mucho.

            Y el estadio se ensalzó de la Esperanza con Su presencia, desarmó al edificio del espíritu para el que fuera concebido y articuló la bula con la que se hizo Casa Grande de las Hermanas de la Cruz, que para eso vino Ella, para eso llegó desprovista de protagonismos, asida y convencida de la humildad, revestida con el hábito pardo que recoge toda la sencillez, abierta al mundo y a los cielos para que se apreciara bien el color de la Esperanza.

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