CRONICA DE LA BEATIFICACIÓN. REGRESO

            Cuando inició a caer la tarde ya se comenzó a gestar la última de sus grandes proezas, a mostrar los testimonios que se iban a impregnar en el pergamino del aire. Era el turquesa fundiéndose en la fragua lineal del horizonte, donde las colinas del aljarafe devoraron al sol, para evitarle las sombras, y lo convirtieron en líquido para que fuera dorando las copas de los olivos, era el soplo de la arboleda pregonando un romance en las abiertas anchuras de un parque que se desangraba de nostalgia porque se iba Quién lo había dignificado con la santidad tan sólo con su tránsito, era la luz celosa que se moría porque le quitaban el brillo de Sus ojos, era un gentío desmedido que había cegado las luces de los espacios, de los tiralíneas de un puente que pretendía mostrarle su altanería, altivez y arrogancia y sucumbió a la grandeza de la menuda Dama que habita y reina por la Resolana, era la fuerza del río la que se vio doblegada por Su humildad cuando la silueta se reflejó en el cristal de sus aguas, era un aluvión de piropos que iban tejiendo gargantas hasta conformar el sendero que La traía a su casa, era un camino sin vuelta, camposanto donde asomaban miradas de todos los macarenos que se fueron a su lado, y que se volvió de Esperanza, eran caminos viejos que fueron lustrando sus años para mostrarse agraciada en la primera visita que la Virgen profesaba, ay si los siglos hablaran, ay si el camino viejo pudiera evitar el mañana, que todo se tornara presente, que el tiempo se detuviese y la vida consumase el pleno de sus gracias.

            Todo comenzó a ser nuevo, todo inició a renovarse, cuando la Virgen pasó entre pilares de hombres, entre edificios izados hace décadas, a uno y a otro lado de la calle, convirtiendo su extrañeza arquitectónica en pletóricas columnas de un vaticano nuevo, basílica con frescos muros levantados con el adobe de los rezos, con el rumor de oraciones, de súplicas y confidencias, con sencillas peticiones capaz de acoger la ventura que se va expandiendo a su paso, lugar santo que nace, ojos que no disimulan, visiones que se eternizan, la retina es un buril que va esculpiendo sus formas, que va grabando en el alma las aristas de la gloria que se perfilan en el rostro sin mácula, de La que fuera llamada por Dios de manera tan extraordinaria, la Gran Bienaventurada.

            Pisadas que quedan prendidas en la quimera del tiempo. La explanada que se abre donde se asienta el dolor, donde las penas se quedan cuando la soledad avanza, cuando el blancor de una cama se transforma en temeroso calvario. ¿Fue verdad o fue un sueño? ¿Fue realidad el encuentro? Cuatro niños La esperaban, yo certifico el momento, cuatro almas destacadas para acoger la Esperanza, para lanzarla a los vientos, que reptara por la escalinata y deshiciera el sufrimiento, una avanzadilla de amor, Samuel, María, Carmela y Rubén, embajada de inocencia para proclamar la palabra. Cuando la Virgen se fue dejó escrito su evangelio, la parábola del bien, la victoria sobre el mal, en el rostro de los niños, en las manos familiares que se asían a los hierros de una cama, como prendían sus ojos  a la bondad de la Madre.

            Vuelve rompiendo la noche, viene abriendo la madrugada, viene implantando los sueños de una realidad cercana, viene con la misión cumplida de acompañar a las santas mujeres que van derramando su gracia. Pero hay calma en la explanada, hay quietud y  sosiego. La multitud es una marea mansa por la que navega, con hidalguía y presteza, con humildad de soberana, La que colma toda sed, La que otorga toda gracia, La que vence la tristeza, La que humilla a la venganza, La que hace que la vida tenga horizonte y bonanza.

            Era un día de septiembre, era madrugada clara, cuando la Madre de Dios se revistió de estameña, sin su palio y sin su plata vaticana, y salió para llenar a Sevilla de Esperanza.

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