LA PEOR IMAGEN PARA EL MUNDO

            Sevilla es una ciudad tan hermosa que causa admiración en quién la descubre, embauca por el color y la tersura de su cielo, lienzo que recoge la maestría de los grandes pintores del barroco, y crea espejismos sensoriales en las aguas de sus fuentes. Tiene una historia densa y extraordinaria, repleta de leyendas que nos confunde la humildad y no engríe en el hedonismo unívoco del centralismo universal. Han pasado todos los grandes imperios del mundo antiguo, desde los fenicios y los tartesos, hasta griegos y romanos, desde godos, visigodos y musulmanes, hasta judíos y vikingos, y todos han dejado sus improntas culturales, gastronómicas, sociales e incluso han llegado a convivir en espacios y sentimientos, cruzando con total normalidad las lindes de la convivencia, comprensión y el respeto. Desde sus murallas, en lo quedan de ellas, esa conciencia rota del esplendor de la villa y que nos deja indefensos cuando nos enfrentamos a su irregular serpenteo, se han elevado los más hermosos blasones para la defensa de la ciudad, y sus torres y alminares han sido testigos de las más encarnizadas batallas y han recogido, también con el cordel de sus piedras y adobes, las más hermosas historias de amor, con sus dramas y venganzas, con sus truculentas pasiones y deseos.

            El esplendor de esta ciudad debe ser el mejor patrimonio, el tesoro a conservar que debemos transmitir a quienes vendrán, con sus hálitos de esperanza, a renovar el espíritu imperecedero de la vieja Híspalis, a remozarlo, a rejuvenecerlo, para que quede marcado indeleblemente en los pergaminos que se confeccionan en el aire, en el enrevesado dédalo de sus calles. Es una obligación moral conservar todos los bienes materiales e inmateriales que han ido alojándose, en estratos sentimentales, en las alforjas del tiempo. Si no somos capaces de mantener viva esta llama en las nuevas generaciones habremos hecho fracasar -no nuestras vidas que tan sólo son eslabones de una cadena- el esfuerzo y la abnegación de nuestros antepasados, los que lucharon por conservar estos  hermosos retículos historia que nos hacen elevarnos en el ego y en el orgullo.

            Debemos tomar conciencia y disciplinarnos en el fomento de la transmisión de la conciencia conservadurista, que en absoluto es retrógrada e inmovilista como algunos intentaron hacer creer, de la necesaria restauración de la memoria, de la que impone valores y no revanchas, del retorno al humanismo frente al existencialismo, porque se aprecia mejor, desde la atalaya de la formación, el grandioso legado monumental y sentimental que han procurado legarnos.

            Ayer, volvimos a entristecernos con el estado de abandono y desidia de los alrededores del puente de San Bernardo, del recodo que enfrenta a la Ancha del barrio de los arquitectos, antes de los toreros, y cómo se espantaba un grupo de turistas nórdicos por la incuria en el mantenimiento y adecentamiento de este monumento urbano, cuyo autor intentó recuperar el glorioso esplendor de otro tiempo. Sorprendidos, no cesaban de hacer fotos a las inmundicias que habían dejado unos desalmados, profanando la belleza recogida en la esquina del puente. Ignoro los comentarios que profirieron contra aquel espectáculo de excrementos desperdigados  por el suelo, de bolsas de basuras desentrañadas y sus desperdicios extendidos por el suelo. Por la entonación y gesticulación denotaban asombro, incredulidad. Su educación les incitaba al estupor y la turbación. Por sus mentes, formadas en la conciencia de la urbanidad y el respeto, surcaría la turbación por las inconcebibles imágenes que estaban visualizando. Con sus comentarios se perdieron por la puerta de la Carne, camino de Santa María la Blanca.

            Mi amigo Paco Portal concluye siempre, ante hechos como éstos, con la lapidaria y satírica frase “estamos en Sevilla, señores” y yo le intento corregir, sin ninguna convicción por la rotunda verdad que esconde, “sólo es cuestión de educación”. Y eso es un valor a la baja en estos tiempos. Espero que la generación de nuestros hijos logre recuperar el sentido del civismo y el respeto en los suyos, como premisa imprescindible para el ejercicio de la libertad.

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