DE TOROS, CULTURA y POLÍTICA EN CATALUÑA

Cuando el gobierno autonómico catalán elevó la propuesta, a su parlamento, para suprimir las fiestas de los toros en todo el territorio de la Generalitat, lo hacían con el equivocado y trasnochado concepto de presentar una imagen de progresismo y civismo a la sociedad. Querían significar el tormentoso martirio al que se veía sometido el toro bravo por el hombre, ese mismo que ha mantenido la especie hasta nuestros días, ese mismo que ha procurado salvar las reses bravas de su desaparición, potenciando su supervivencia hasta nuestros días.

Los fueros de Cataluña permiten, con incongruencia y hasta el más ostensible de los beneplácitos, que se sigan soltando toros para que sean corridos, porque al parecer es una fiesta arraigada y autóctona de la región, tiene sus orígenes en ella y por tanto no atañe tanto al descredito y a la violencia sobre los animales. O como dice un conocido mío, es que estos son de los suyos.

Todos sabemos que bajo la supresión de la Fiesta de los Toros, con esta ley aprobada y propuesta por una parte de la población – tan importante o más como la otra, a la que se la ignora y ningunea en el valor de sus derechos- y refrendada por la ignorancia y la altanería independista, y subyace el enfermizo posicionamiento antiespañol de una parte de la población catalana, que yo me atrevo a vislumbrar como una minoría ruidosa y extremista.

A Roger, un amigo catalán, con una extraña mezcla ideológica entre el nacionalismo y la segregación, y que ya he citado en alguna ocasión en esta página, le gusta la fiesta de los toros, una fiesta que tiene carácter nacional y que hunde sus raíces en la cultura popular.

Los toros siempre han generado controversia entre aficionados y algunas asociaciones de antitaurinos que se significaban escasamente, disputas nimias de quienes se pronunciaban en su contra, pero es desde hace unos años hasta nuestros días cuando han tomado auge estas virulentas acciones contra la fiesta y principalmente contra la libertad de quienes quieren participar de ella. Pienso que por ignorancia y desconocimiento. No quiero entrar en valoraciones políticas, aunque mantengo que han prevalecido éstas a otras animalistas, hilos muy bien movidos por independentistas y nacionalistas a los que le interesaban estos movimientos como primeros valores para desvincularse del resto de la nación.

Todos estos que protestan con tanto ímpetu desconocen, no quieren saber ni instruirse a fondo, que este bellísimo animal hubiera sucumbido a las acciones del hombre y en todo caso, su existencia se limitaría a un reducto minúsculo en alguna reserva o expuestos en zoológicos. La crianza para la fiesta potenció su supervivencia, pues su bravura ejercida en libertad no hubiera permitido otras evoluciones agrícolas y hortícolas, y mucho menos cohabitar con el ser humano. Si éstos que tanto protestan esgrimen su cría en libertad, que cojan unos pocos y los suelten en los campos de su propiedad, sin lindes, sin espacios reservados para ellos. Yo no dejaría a mi hijo cerca de uno de estos nobles y bellos animales, con cinco años y unos pitones como agujas, utilizados como defensas cuando su instinto le demande un derrote. Por qué utilidad, más que la del enfrentamiento y defensa, tiene un toro bravo. ¿Utilizar su carne como alimento? Habría que matarlo también, porque no creo que ninguno se deje que le extraigan un entrecot mientras place comiendo hierba. Para esos menesteres alimenticios hay otras especies, más dóciles y propicias a la convivencia con los humanos.

Sustentar la erradicación de la Fiestas de los Toros, en Cataluña, por la excesiva violencia que pudiera ejercer hacia los animales es mostrar signos de cobardía y envolver la verdad sobre las verdaderas intenciones. Esto es el primer paso para excusar la desamortización de cualquier signo y sentimiento de españolidad. Son decisiones despóticas y arbitrarias pues coartan la libertad de muchos ciudadanos y favorece la intolerancia de otros. Tanta modernidad y sucumben ante la violencia. Mantengo la esperanza de que un día se restablezcan los derechos de todos, con la tolerancia y permisividad de muchos, y puedan disfrutar de una buena corrida de toros en la Monumental de Barcelona, edificio protegido, que a lo mejor reconvierten y  utilizan ahora para instalar una escuela de sardana o de castellet, donde niños de apenas diez años culminan las torres humanas, a más de diez metros de altura, sin ninguna sujeción ni seguridad. Pero si se caen serán mártires del esplendor de la cultura catalana. Lo otro, es fiesta española.

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