LA MANO IZADA A LA ESPERANZA*

Como quiera que comenzaba a cundir la desesperanza, porque los cultos no tenían ni el esplendor, ni la relevancia, ni el carácter de otros años y la asistencia y el socorro a los hermanos apenas daba para una atención escasa y ridícula, y el mayordomo sólo alcanzaba a lanzar gemidos plañideros cada vez que miraba el libro de cuentas, alguien levantó la mano y dirigió su mirada a un cuadro que representaba a la Santísima Virgen del Rosario, aunque la fisonomía presentada en aquella pintura en nada se asemejaba a La que daban culto en la capilla de San Gil, como encomendándose a su divina protección, como intentando ampararse tras el solemne manto con la que se revestía, para lanzar aquella propuesta tan peregrina como salvífica.

            Aquella mano levantada ante la extrañeza de sus compañeros, ante la sensación de sorpresa que comenzaba a invadir la sala parroquial, una marea de asombro que fue cubriendo los rostros, era el fiel reflejo de la labor que realizaba a diario, removiendo tierras, anegándola de semillas, regando los surcos, recogiendo el fruto de los árboles, las hortalizas en las primeras horas de la mañana. Eran las manos del hortelano que procuraban sustento a la familia, la que desafiaba en el aire las miradas curiosas de sus compañeros en la junta de gobierno.

            La propuesta, muy al contrario de lo que presupuso su interlocutor, fue aceptada de inmediato y en seguida, con el ímpetu propio que alza el blasón de la ilusión, se pusieron manos a la obra. Colgaron gallardetes, tensaron cables y colgaron banderolas, en la explanada del hospital instalaron una cucaña y el barrio amaneció con la fiesta en los balcones, con la alegría colgada en los pretiles de las ventanas y el mayordomo fue de casa en casa, de negocio en negocio, ofreciendo papeletas para el sorteo de un cochino cebado y un mantón de manila. No quedó partidito en las casas de vecinos de la feligresía que no participara, por muy humilde que fueran los aposentos todos contribuían a la llamada de la Hermandad y no había corazón ni alma en la Macarena que  no se apresurase a mostrar su predisposición a la colaboración.

            La fiesta se fue extendiendo por Don Fadrique, por la explanada, por la Resolana y la alegría entraba a raudales por el Arco para anegar San Luis y el Pumarejo, donde la música inundaba el espacio junto al viejo palacio y los más atrevidos, jóvenes que asaltaban las virtudes y el candor de muchachas, se disputaban los bailes baja la atenta observancia de madres resultonas. Se iluminó el cielo, en el declive de la tarde, con el estallido de los fuegos de artificio y fue taladrando el ambiente un asombro incontenido. Un jolgorio irrefrenable, risas y chuflas, respuestas gráciles, fue alargándose por los estivos de la calle mientras un padre y su hijo se afanaban por vencer  la resistencia del marrano, que luchaba el pobre por esquivar su fatal destino.

            Aquel año volvió el esplendor de los cultos, retornó la tranquilidad y se serenó el espíritu en la Hermandad, la procesión lució como en los mejores y más brillantes años. Quedó prendida la impronta y en la memoria, el fruto de aquel trabajo.

            Hay un velo que comienza a rasgarse con el tiempo, para fundir épocas y revivir emociones, que retorna para fijar los sentimientos y la solidaridad, un telón donde se retiene toda la ilusión y el amor de unos hombres hacia la Madre de Dios. Hoy como ayer, como hace siglo y medio, cuando una mano se levantó en un salón parroquial, la Hermandad de la Macarena proyecta la alargada sombra de la Esperanza, en el parque de la Torre de los Pedigones, para obturar la tristeza, para implantar la alegría. Hoy como ayer, la Hermandad de la Macarena levanta su mano para poder asistir a quienes más necesitados están de Esperanza.

 

*VEN A LAS FIESTAS DE LA MACARENA. Parque de la Torre de los Pedigones.

29 y 30 de septiembre 1 y 2 de octubre

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