FIESTAS DE LA MACARENA

            La hermandad es un ser vivo que va creciendo conforme se va agotando la existencia humana de quienes la alimentan, de quienes se inmolan en las hogueras del amor por sus devociones sin importarles ese retorno a las cenizas que son los propios orígenes, que va engrandeciéndose con el tiempo, con el paso de los siglos, que esculpiendo su identidad, en las marmóreas láminas de los años, con los cinceles del trabajo y la abnegación. Nunca es vieja, igual que ayer permanece –como así lo dijo una vez el poeta que mejor ha definido la eternidad de su belleza-,  porque se va adecuando a las vicisitudes sociales que la van rodeando, acomodando su propia substancia espiritual a los rigores mundanos que intentan diluir la esperanza en las aguas bravas de la vida.

            No hay instituciones más vivas que las Hermandades, ni corporaciones que mejor guarden sus esencias. Sin desprenderse de su misión para la expansión del mensaje de amor y fraternidad de Cristo, han sabido incorporarse a la sociedad y hasta proyectar y cubrir, en muchísimas ocasiones, las limitaciones de otras seglares. Sin desmembrarse del origen primigenio para el que fueron concebidas, ha sabido buscar soluciones a los problemas que se plantean, con muchas limitaciones, pues sus ingresos llegan principalmente de las aportaciones de sus hermanos y fieles.

            La Hermandad de la Macarena siempre ha destacado por la labor social que ha desarrollado en favor de los que menos tienen, por su entrega para con los desfavorecidos. Nadie piense que son palabras que han llegado con el viento para engreír banalidades, ni es presunción de caridad para la obtención de status sociales. Es simplemente cuestión de propagar la verdad que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo, que no es más que cumplir con las enseñanzas que nos fueron delegadas por la Divina Providencia y que se contiene en el gran mensaje de amor de Cristo, en la necesidad de implantar en el mundo un nuevo orden de mayor justicia,  Son centenares de miles de euros los que se destinan a cubrir las necesidades perentorias de sus hermanos, de sus devotos, para intentar cubrir las precariedades puntuales de los desterrados por los desbarajustes económicos. Es el compromiso de los macarenos, la aportación al espíritu cristiano de nuestra comunidad, tratar de combatir la desesperación con la gracia de la Esperanza.

            Con este ánimo se recuperaron las Fiestas de la Macarena. Compaginando la convivencia es posible desarrollar la solidaridad. La voz de nuestros Hermanos que piden auxilio es clamor que exalta los sentidos. No podemos permanecer inanes ante la situación de precariedad que les hace someterse al  yugo de la tristeza. Por eso la propuesta de vincular el carácter alegre de nuestro ser, de convivir en el festejo, de aunar el sentimiento de familiaridad con la vocación de caridad no deben contraponerse. Muy al contrario, es la mejor y más rotunda arma para desvanecer la negritud en el horizonte de mucho y que nos imponen los nuevos modelos económicos. La aportación, por pequeña que sea, es la mayor y mejor inversión que podemos realizar. Compartir y confraternizar para poder seguir pregonando nuestro mejor carisma. Ser macareno es ser propagador de la Esperanza.

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