EL TRANVÍA INÚTIL

 

No es un paseo desagradable, ni tiene la virulencia de los autobuses de TUSSAM cuando arremeten, con toda la violencia de la potencia de sus motores, como si fueran coches de competición, contra las leyes físicas y soliviantan de los niveles de sonoridad permitidos, porque hay algunos que rugen y lanzan estertores que anuncian un final casi inmediato.

            Es un trayecto tan corto que parece una excursión turística. Sólo falta el guía de turno explicando, micrófono en mano y recitando una retahíla de observaciones aprendidas ya de memoria, las venturas y peculiaridades de edificios barrocos y paisajes únicos con esa cadencia propia de los niños de San Ildefonso. De vez en cuando sus motores lanzan una exhalación neumática, amanerada porque la velocidad de crucero es apenas mayor que el apresuramiento del paso de los viandantes. Observo algunos que incluso parecen querer competir con el reptil mecánico que transcurre por su lado e incluso lanzan miradas desafiantes.

            No es un transporte para los que mantengan prisas en sus quehaceres o necesiten acelerar sus tareas por mor de esta locura en la que se llega a convertir acceder al puesto de trabajo en las proximidades de la Catedral o donde se yergue la majestuosa obra de la antigua Colegiata del Salvador. Es, mejor que transporte, un útil bálsamo contra la inestabilidad nerviosa. Es un medio de desplazamiento para ociosos, para personas mayores o para necesitados de alcanzar el centro peatonalizado de la ciudad. Es ideal para ese batallón de jóvenes, y no tan jóvenes, de parados que la factoría Zapatero ha producido –mérito tienen estos que nos han gobernado para alcanzar estas cotas de pobreza y desesperación en tan corto periodo de tiempo, que si lo hacen queriendo no le salen- que se pasan las mañanas, de un lado para otro, oteando monumentos y procurando que las horas no les mortifique el alma con la saña de la desilusión y el pesimismo, y vuelvan a casa – a quien no se la haya quitado el banco- con la sensación ineludible del fracaso, otra vez el fracaso.

            Es el tranvía de Sevilla un instrumento utilizado por los políticos que regían los designios de esta ciudad hasta hace poco y vendernos eso de la sostenibilidad, que yo no acierto a saber muy bien en qué consiste. La inversión en las infraestructuras y obras para su implantación, y para un recorrido tan reducido, han superado con crece las expectativas de su necesidad. El servicio que presta bien pudiera haber sido atendido por una flotilla de autobuses eléctricos, que no hubieran costado ni vigésima parte de este capricho, y no habría sido necesario plantar esos mamotretos ferrosos que cortan el paisaje visual con la misma destreza y dureza que una guillotina, -¿será eso la sostenibilidad pregonada?-, y el dineral que se ha tirado bien podría haberse invertido en obras mucho más necesarias que sí revertirían en mostrar una ciudad mucho más limpia, más agradable, mucho más adecuada a los tiempos, lo que significa no tener que destruir el paisaje urbano y demoler la memoria de la ciudad, o instalando mobiliario urbano acorde al entorno en el se halle, con materiales que perduren y resistibles a pesar de las inclemencias y rigores climatológicos, o reconvertir en zonas recreativas y de ocio esos espacios que parecen pensados para que no sean disfrutados por los ciudadanos, páramos de hierro y cemento propios de la más severa estepa mongol.

            Si. Es un transporte adecuado para la relajación. Saber que, al mirar por los ventanales de los vagones, hay seres que corren, que nos adelantan al trote –¿dónde vais locos, con esas prisas?-, estresados por la contundencia de sus labores profesionales. Da gusto coger el tranvía y extasiarse con los detalles de los edificios que bordean sus raíles y que hubieran pasado desapercibidos si hiciéramos el trayecto caminando. Va a ser eso, que no nos hemos dado cuenta del enorme valor instructivo que subliminalmente han querido trasladarnos o remover nuestra nostalgia infantil cuando nuestros padres nos llevaban al parque y nos montaban en el cochecito leré.

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