DEVOCIÓN y OBLIGACIÓN

            Los tiempos van cambiando al mismo ritmo que los avances tecnológicos van definiendo las nuevas estructuras de los comportamientos sociales. Gracias a las nuevas y revolucionarias técnicas científicas podemos disfrutar de una existencia más cómoda, menos sufrida, proporcionándonos además tiempo libre para gozar de la familia o de aficiones lúdicas que sin estas modificaciones en las conductas y especialidades mecánicas nos sería imposible disponer, beneficios procurados por situaciones que hace apenas unas décadas no podíamos imaginar. Si a todo eso añadimos que los promedios vitales se sitúan en torno a los ochenta años podemos destacar que la humanidad se halla en uno de los mejores y más esplendorosos momentos de su existencia.

            Las redes sociales mantienen en alerta a millones de seres que se comunican entre sí de manera casi instantánea, que nos acerca a personas cuya distancia física alcanza los miles de kilómetros y nos posibilita la expansión y la comunicación con otros pueblos, uniéndonos en la diversidad, ampliando nuestros conocimientos, acrecentando la cultura y la sabiduría. Pero relativamente curioso observar cómo nos distancia de las personas a las que tenemos junto a nosotros y cómo altera los comportamientos cotidianos incluso para con nuestros familiares directos y cómo puede a llegar a distorsionar los sentimientos y hasta los valores religiosos.

            Quienes me conocen saben que no soy precisamente un ser al que se le haya otorgado el don de la santidad, ni lo pretendo ni lo quiero, que como el resto de los mortales mantengo mis debilidades y mis inseguridades, que a veces suelo vacilar de mis propios ideales cuando no veo las actuaciones correctas y que son estas alteraciones las que me sitúan precisamente en la raíz de la normalidad. Creo en el orden social y en el respeto y hasta en la educación y en las buenas maneras, lo que no creo que suponga activar conductas inmovilistas.

Pero me entristece mucho la utilización que algunos proceden en esos instrumentos de comunicación cuando se refieren a sus sentimientos devocionales. Supongo que lo hacen con la mejor voluntad, sin ninguna mala intención y hasta con propósitos de afinidad cariñosa. No tengo la menor duda pero están haciendo un flaco favor a la religiosidad popular y al verdadero y único sentido para el que fueron concebidas las Sagradas Imágenes. Denominarlas como si fueran piezas de museo, o como a un bailador de flamenco, y que salen a la calle para alegrar los instintos folklóricos de algunos, es vulgarizar la fe, situar su condición en el rango de lo humano, desvirtuar su origen de santidad anteponiendo un apodo inadecuado e insólito, desprendido de cualquier condición sobrenatural. Estas nominaciones, que ni siquiera son originales, sólo provocan  alterar y minimizar el gran poder de las Imágenes.

No hay que olvidar que las hermandades son parte indisoluble e inconmovible de la Iglesia y que las Imágenes están bendecidas por ella. Cumplen  un fin primordial, concebido en sus orígenes, de catequizar y acercar el mensaje redentor de Cristo al pueblo, que no es lo mismo que desacralizarlas con adjetivaciones como el príncipe de la Resolana, el bonito de San Gil, el niño de mis ojos, el rey de la calzá. No debemos seguir con esta desvaluación del sentimiento religioso de nuestras Sagradas Imágenes porque estamos dando pié, a quienes tanto nos critican y ponen en tela de juicio la Divinidad a la que rendimos culto, para justificar su ateísmo y lo que es peor, dar argumentos al agnosticismo reinante de que nuestros sentimientos se desperdigan en el folklore puro y duro. Tras las imágenes hay mucho servicio a quienes menos tienen, a quienes necesitan compañía o se ultrajados en sus pensamientos. Y no olvidemos que en muchas regiones del mundo continúan martirizando a católicos por defender los dogmas y la palabra de Nuestro Señor Jesucristo

Utilicemos estos foros para propagar las verdaderas y magníficas enseñanzas de Cristo, la unción mediadora de su Bendita Madre, con las bellas advocaciones que instauraron nuestros antepasados –no conozco a ninguna mujer mayor que llame a la Virgen “mamá” y sí Esperanza- y por las que muchos padecieron persecución e incomprensión. No tratemos de alterar la originalidad ni la profundidad teológica con apodos seudoagnósticos porque estamos hablando, nada más y nada menos, que de nuestros referentes devocionales, de Jesús de Nazaret y de su Madre, la Virgen María.

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