EL CONVENTO DE SAN LEANDRO

           Aleteaban los días en el almanaque de pared, cuando una brisa fría se colaba por los resquicios de la ventana mal encajada e iniciaba a declinar diciembre, y que parecía incrustado en la reverso de la puerta. Desde que tuve uso de razón ví aquel calendario con San Francisco Javier oteando el blancor del techo con esa mirada dulcemente mística que  embaucaba a mi tía Angelita. Era una sensación mágica la de aquel anuario que parecía mantener vida propia. Reconozco que a veces me asustaba contemplándolo pues el misticismo de sus ojos parecían buscarme por cualquier lugar de la estancia a la que me desplazara. Por eso, en aquellos mañanas de invierno en las que mi madre me dejaba a su cuidado, permanecía en total quietud y con mis piernas colgando de la silla.

             En los quehaceres domésticos pasaba aquella mujer, toda energía y vitalidad, el tiempo. Desde la cocina se extendía, por el partidito de la vieja casa de vecinos, un suculento y denso aroma a potaje o puchero recién elaborado, y cuya observancia bastaba para alimentar el deseo de transgredir el pecado capital de la bula.

             Pasaba mi tía Angelita con la fregona emulando a Juana Reina entre dientes y al situarse a mi altura me obsequiaba con una sonrisa. Yo le respondía con otra y seguidamente bajaba la vista para seguir concentrado en la lectura de aquello tebeos que adquiría sólo para entretenerme. La tranquilidad de la rutina diaria serenaba mis infantiles inquietudes y mancomunaba los sentimientos familiares, los lazos de sangre que nos unían en el afecto y el cariño.

             Hacía algún tiempo que había regresado de Alemania, donde dejó su juventud, la salud y algún amor, para reconstruir su vida, para reencontrarse con sus orígenes y formalizar el contrato que la ligaría al dolor y a la resignación de aquella maldita enfermedad, aunque a veces su orgullo y altanería la enfrentara duramente.

             Tras el almuerzo, mediada la tarde y cuando la radionovela concluía y descubría la sentimentalidad y bondad que se retenía en aquel espíritu libre y rebelde, nos adentrábamos en el laberinto callejero que era San Julián, aquel trazado urbano que está horadando ahora mi memoria y me devuelve la sensación táctil de sus manos conduciéndome para descubrirme los hermosos parajes de esta ciudad encantada que era Sevilla en mi infancia, y correteábamos por aquel tamal urbano que nos hacía desembocar en Santa Catalina, enfilando luego la calle Alhondiga para encontrarnos de improviso con la majestuosidad de la Iglesia de San Ildefonso, tras haber sorteado el gran laurel de las indias y la pila de los patos que pulverizaba y humedecía los aledaños de sus bordes y convertía a la plaza de San Leandro en un sombrío espacio becqueriano.

             El tintineo arrítmico de la campanilla, que nos anunciaba al silencio y avisaba de nuestra presencia al recogimiento que se guardaba tras aquellos muros que custodiaban el secreto del dulzor de sus yemas, producía un efecto sorprendente y alertó a mis sentidos por la gran maravilla que había de descubrírseme cuando las dos hojas de la puerta se abrieron y se me mostró el convento en todo su esplendor. Aún resuenan los suaves cantos de las novias de Dios y el eco de las pisadas de un niño profanando el ensolado que nos conducía a las cocinas. Aún conservo la visión del claustro, de las blancas paredes que guardaban salmos de siglos glorificando al Señor, de la pulcritud y limpieza de aquellas mesas de mármol donde se disponían las yemas de San Leandro y el cuidado con la que eran introducidas en las cajitas.

             Cuando salimos ya había caído la noche y un coro de campanilleros niños alegraban los silencios de la plaza cercana.

             Hoy, como al poeta Rafael Montesinos, la memoria ha buscado el camino más corto para herirme y los medios locales de información me muestran aquel grandioso convento sacudido por olvido y en ruinas y necesitado de nuestra ayuda, de una mano, como la de mi tía Angelita, que nos conduzca a la solidaridad para la salvación de este espacio que es parte esencial de la ciudad y por ende anclada en la memoria de todos.

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