EXCREMENTOS y ANIMALES

Tener como mascota un perro es un ejercicio de responsabilidad y un compromiso con la ciudadanía mantener las calles limpias de las defecaciones y orines que los pobres animales realizan, una necesidad fisiológica natural en todo ser vivo. Quienes poseen un perro –hay otras mascotas pero por lo general resuelven estos problemas en sus propias estancias, véanse peces, ratitas, gatos, arácnidos y serpientes, que ya son ganas de mantener un bicho en una casa- debieran proceder al adiestramiento y educación de éstos para que sus excrementos no regaran las vías de la ciudad convirtiéndolas en verdaderos pudrideros o motivando el endemoniamiento de los sufridos ciudadanos que se ven sorprendidos maldiciendo, pública y estentóreamente, cuando una esas mierdas –hay algunas que parecen depositadas por elefantes- se adhieren pegajosamente a las suelas de los zapatos.

            Evidentemente el problema es de civismo, de educación, pero no del animal sino del otro que va tirando de la correíta y va pensando en las musarañas sin importarle la falta de respeto hacia el común de la ciudadanía. Sí ya sé que los ayuntamientos han elaborado leyes y edictos que procuran evitar estos anómalos comportamientos con la imposición de sanciones económicas para quienes no retiren de la vía pública los excrementos de sus mascotas. Con esta regulación sólo se consigue que el propietario mantenga la distancia sobre el bicho y amplíe su campo de observación, prospección ocular que le asegure la no presencia de una dotación policial, hecho que es más que probable como todos sabemos, pues la principal ocupación de los munícipes agentes de la autoridad se centra en castigar las infacciones circulatorias haciendo caso omiso a otros compromisos de legalidad que vienen ocurriendo en la vía pública, como el caso que nos refiere ahora.

            *Tan tranquilo iba el hombre, concentrado en la lectura del periódico, cuando un chasquido le hizo perder su ensimismamiento. Pausadamente retiró el diario de su visión y durante unos segundos quiso que su presentimiento, sobre aquella onomatopeya, no fuese más que el producto del aplastamiento de algún desperdicio desubicado, o mejor aún, la proyección de sus miedos en su imaginación. Pero no. Acaba de pisar la defecación, esponjosa y parda, de algún perrito. Los improperios –los cuales no voy a reflejar en este artículo por deferencia a quiénes me leen- fueron dignos de ser recogidos en el manual del perfecto blasfemiador. Relucieron maldiciones, imprecaciones y hasta juramentos que promovían violentas represalias contra el propietario del can. Pero ¿sobre quién? En seguida se iba  acercar, de encontrarse en las proximidades, el interfecto. El colmo de la mala suerte, para el pobre y sufrido viandante, vino cuando en su deseo de desprender, de la suela de su reluciente zapato, del maloliente excremento, el trozo de papel de periódicos con el que realizaba la maniobra de desacople se rompió impregnando de heces sus dedos y hasta el borde de la manga de su camisa. La escena, propia del mejor guión de Berlanga, concluyó cuando se acercó otro pobre hombre, preocupándose por el estado colérico, casi de shock, e intuitivamente y en su ánimo de desprenderse por fin de aquella asquerosa maldición, restregó sobre la camisa los restos de aquella inmundicia. Cuando el conflicto casi llega a las manos, apareció una dotación de la policía local y se llevó a los dos individuos.

            Ignoro cómo habrá terminado el suceso, pero estas situaciones podrían evitarse. De lo que sigo estando seguro es que falta aún mucha educación cívica y respeto hacia a la libertad de los otros. Me estoy refiriendo a esos animales que salen a la calle y van tirando de los pobres e irracionales perritos, evidentemente.

 

*Situación real y contemplada en la avenida de Eduardo Dato

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