DE CÓMO LA BUROCRACIA COARTA A LOS EMPRENDEDORES

            Hasta hace poco tiempo, exactamente hasta la pasada semana santa, esa que nos trajo la soledad al espíritu y calles anegadas y aluviones de agua como si del profundo invierno se tratara, mantenía la creencia de que Milwaukee era la capital de Wiconsin, el estado que se sitúa en las orillas del gran lago Michigan. Tan seguro estaba que así lo hacía llegar a mis allegados cuando me refería a mi amigo Federico Romero Santotoribio, que recién terminada su carrera de filología hispánica, ante las dudas laborales que suscitaban los primeros de la década de los ochenta, decidió enrolar su petate y dirigirse a este estado norteamericano para probar fortuna. Y a fe que lo consiguió. Tanto es así que ancló su vida profesional en aquella hermosa tierra –fue profesor de literatura hispánica de la Universidad de Wiconsin-, formando familia con una bellísima aborigen que le dio tres hijos.

Hacía ya quince años que no visitaba esta tierra a la que tanto ama. Siempre la lleva en su recuerdo y gracia a los adelantos técnicos e informáticos se mantiene al día de cuanto viene sucediendo en esta Sevilla nuestra. En su despacho afloran sus recuerdos sevillanos por las paredes, recogidos en fotos y pinturas donde aparece, hermosa y sublime, la Virgen de la Estrella su devoción mariana.

Él fue quien me sacó de mi error, la noche del miércoles Santo, en las inmediaciones de San Bernardo, mientras esperábamos el paso de la Virgen del Refugio y dábamos cuenta de dos papelones de pescaíto frito. La capitalidad del estado de Wiconsin la ostenta una pequeña ciudad, Madison, que es además donde se sitúa su selectiva universidad, su centro de trabajo durante dos décadas, pues ahora se dedica a labores empresariales. Es socio de una pequeña industria de fabricación de calzado deportivo y de un restaurante de comida española, “una mina”, me decía mientras se introducía un trozo de cazón con adobo y a un nazareno se le salían los ojos de sus órbitas observando cómo Federico deglutía y empujaba el trozo de pescado con un prolongado sorbo de cerveza.

Volvía a reencontrarse con su esencia, con la razón de su ser. Es inaudito que una persona regrese a su ciudad de origen y no la encuentre cambiada en su propia condición. Esperaba que los años hubiesen obrado el milagro y se hubieran transformado y modernizado sus estructuras sociales, burocráticas y económicas. Pero la burra siempre tira al trigo. El negocio de las zapatillas deportivas iba viento en popa y habían pensado expandir el negocio por Europa e implantar en Sevilla la fábrica, que daría trabajo directo a sesenta personas, y desde aquí ir introduciendo su producto en el continente. Pero todo fueron trabas burocráticas y administrativas, viajes de un departamento a otro, de una mesa a la del al lado para volver a la puerta. Así un día y otro, y una semana y otra, y cuando conseguían dar un paso enseguida se izaba una valla con una ley o con un decreto. Los coste de las tasas locales, provinciales y autonómicas se sobreelevaban haciendo inviable el proyecto. Algún funcionario incluso llegó a comentarles que la licencia de apertura, corriendo mucho, tardaría siete y ocho meses, una vez la nave pasase todas las inspecciones necesarias. Estimaron en dos años el inicio de la actividad. Se fueron aburridos.

Hoy la planta de producción se levanta en una región de Marruecos donde no sólo le han facilitado su implantación sino que el  mismo gobierno ha otorgado subvenciones inmediatas –al socio norteamericano de mi amigo tuvieron que explicarle qué era una subvención- para acelerar el proceso.  Lástima de país donde la burocracia campa por su respeto.

Al menos Federico pudo enseñarle a sus hijos la belleza de la Semana Santa de su tierra. Al montarse en el avión las lágrimas corrían por sus mejillas. Algunas por la nostalgia del reencuentro de sus sentidos y sentimientos, otras por la desilusión de encontrarse con una ciudad que ha evolucionado tan poco administrativamente.

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