JUICIO POR EL CASO MARTA DEL CATILLO: LA SOCIEDAD INOCENTE

Estamos otra vez todos pendientes de lo que unos desalmados tengan a bien decir, sin más juicio que el que su propio capricho le dicte. Sabemos a ciencia cierta que Marta ya no está con nosotros, que su vida la mutilaron estos niñatos producto de la inadecuación cultural que se ha implantado en nuestra sociedad y que extendiéndose de la misma manera que la gran mancha de azufre y lava tras la erupción del volcán submarino en Tenerife. Avanza pausadamente hasta que logre su objetivo. Claro que una cosa es la naturaleza y otra la perversión de las fuerzas naturales por el hombre. Con demasiada frecuencia nos vemos asaltados por cabeceras de periódicos escupiendo noticias sobre desapariciones, sobre violencia y maldad, y que casi siempre –por no decir siempre- concluyen de la peor y esperada manera. No estamos acostumbrando a la perversidad generada por el hombre, sin darnos cuenta que nos estamos embruteciendo. Unos porque no conocen otra forma desprenderse de sus complejos, no hacen más que generar violencia; los otros, hartos de ser víctimas de los primeros, invocan a los más bajos instintos humanos, los menos apreciable de la condición racional, para tomar parte de la situación y ejercer de ejecutores una justicia selvática. Es el signo de este tiempo, la voracidad despótica de los malos sentimientos que imponen la supremacía de la fuerza sobre la bondad congénita con la que Dios nos premia para transformar esta enorme gracia salvífica en depravación de los instintos. Esta metamorfosis viene a demostrar que las sociedades, en todos los tiempos, en todas épocas, las conforma y moldea el propio ser humano con sus propias actuaciones, en la mayor de las veces observando siempre su propio interés en vez de soliviantar su inteligencia y esforzarse en la construcción de un mundo mejor. No estoy intentando justificar ni enalteciendo la dionisiaca proyección de la maldad, ni elevándola a la condición de evacuación de los instintos naturales que estos desalmados están intentando promover, conjurándose en sus cambiantes declaraciones con el fin de imposibilitar la localización del cuerpo de Marta del Castillo. Los hechos ya han sido demostrados y hasta confesados y cada uno de los implicados tiene su parte de responsabilidad y culpa. Si la justicia es ecuánime, y golpea con su espada, con la contundencia que merecen estos asesinos, impondrá penas para que algunos no vuelvan a pisar la calle. Mucho me temo que no será así, y el tiempo da y quita razones. Pero sigo ratificándome en mis principios y razonamientos, en que los únicos que han sido ya condenados son los padres y familiares directos de la niña. Los han confinado en las celdas de la desesperación y son alimentados con la ración una ración diaria del agua de la tristeza y el pan de la impotencia. El sol, que antes solía brillar en la mirada de Marta, oscila por un perenne ocaso en el que sólo se cimbrean las tinieblas desde que sus párpados quedaron cerrados contra su voluntad. Y todo porque estos elementos, amparándose en los derechos legislativos de las personas de bien, se niegan a que una madre pueda abrazar, por última vez, el cuerpo de su hija, una necesidad natural ya que decidieron inmisericordemente alterar el orden lógico de la vida y los sufrimientos. Les están negando el reposo del alma, la tranquilidad de saber donde encaminar sus pasos para soñar que está cerca, que su proximidad la reconfortará en el sueño eterno. Esta miserable estrategia vendrá a ratificar la necesaria y urgente revisión del orden jurídico en este país. No son las víctimas las que tienen que cargar con la pena sino quienes infringen la ley y no demuestran más que brutalidad y animadversión por la vida ajena. Sobre ellos ha de caer, con toda su contundencia, la ciega espada de la justicia. Solo de esa manera se conseguirá una sociedad ecuánime y realmente libre, saludable en su pensamiento. De otra manera sólo conseguiremos el embrutecimiento de la condición humana y tenemos muchas posibilidades de caer en la bíblica sentencia del ojo por ojo.

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