Y APARECERÍA MARTA

            Hay momentos en la vida de los hombres en los que la desesperación, ante la impotencia de ver cercenados todos tus derechos jurídicos y morales por quienes han invadido las costas del dolor y han dejado en sus playas las huellas de la maldad, se torna en resentimiento y deseos de venganza al comprobar que los asesinos de sus hijos o familiares pueden obtener la libertad por el mero hecho de no haberse podido reunir las pruebas suficientes por el delito cometido. Este ultraje, a los sentimientos y a la bondad, se ve ennegrecido además cuando los imputados se confabulan para montar y desmontar versiones de los hechos según sus propios intereses, una burla al estado de derecho y a la jurisprudencia consentida por los políticos que decretan las leyes con tan graciosa benevolencia. Lo que ignoran es que están vulnerando los derechos fundamentales del ser humano y admitiendo la voracidad sangrienta y sádica de los animales que empiezan a poblar una jungla y a imponer en ella la ley del terror.

            Está demostrándose, con casos como los de Sandra Palo y Marta del Castillo –por poner los últimos y sanguinarios casos- que las medidas judiciales tomadas son insuficientes. Hace años que los asesinos, incluso estando en prisión, disfrutan de los placeres de la vida, toman su café, van al cine y comparten sus execraciones y violencias con sus amigos. Hay quienes los consideran héroes, crean club de fans y, lo más terrible de todo, los tienen como modelos vitales. La degeneración del ser humano en sus últimos extremos.

            Que el cuerpo de Marta no haya aparecido aún es síntoma inequívoco de que algo está fallando en la ejecución de las leyes. Se ha perdido el respeto y la consideración a la ley. No hay miedo porque saben que las penas no se cumplen, que les ampara incluso, cuando el cadáver no aparece, aún cuando admiten y confiesan el criminal acto. Pueden teatralizar sus declaraciones, cambiar las versiones, tergiversar los hechos y hasta desafiar a los jueces y abogados porque saben, y si no lo saben ya se encargan de aleccionarlos, que despacharán sus culpas con unos años de prisión, en el peor de los caso. Esta incapacidad manifiesta de poder forzar la declaración y, por consecuencia, localizar el cuerpo de la joven, no es más que la propia alteración de los fundamentos racionales del hombre que prefiere acomodarse en la consecución de fines ignorando y desoyendo el dictado de los valores. No se aplica justicia si las víctimas tienen que mantener el dolor y suplicar a los verdugos, apelar a la caridad momentánea de estos especímenes, para que confiesen el lugar donde arrojaron el cuerpo de Marta para al menos mantener la certeza palpable de los hechos y sentir ante los restos –los que queden, decía la madre- la fuerza maternal que le han arrancado de sus entrañas.

            Y no son las autoridades policiales ni los jueces, que sólo aplican lo que poder político judicial pone ante ellos, los que tienen que ejecutar la maquinaria necesaria para corta, de una vez por todas, estas acciones que dejan en entredicho el estado de derecho.

            Sucedió en los primeros años de la década de los treinta, del pasado siglo veinte. En el cuartel destacamento de la guardia civil, ubicado en la zona de la Macarena. Allí prestaban sus servicios, entre otros muchos, dos oficiales que fueron adquiriendo fama por los expeditivos y efectivos métodos que practicaban con el fin de conseguir las declaraciones de los delincuentes. Voy a obviar sus nombres, pero entre quienes tienen cierta edad sabrán identificar a los famosos guardias civiles que tantos casos resolvieron y que evitaron también que se perdieran algunas famosas imágenes Sagradas del entorno, precisamente gracias a sus expeditivos medios para lograr la confesión.

            Resultó que unos compañeros habían detenido a uno de los cabecillas de una banda de delincuentes especializados en la falsificación de dinero. Cuando llegaron los dos guardias civiles al destacamento, enseguida fueron abordados por sus compañeros que les explicaban cómo el cabecilla se negaba a confesar quienes eran sus cómplices y mucho menos ubicar el lugar donde mantenían el laboratorio. El mayor se dirigió a la sala de interrogatorios y transmitió al compañero que custodiaba al reo que le vendara los ojos, no sin antes advertirle que iba a dar un paseo con los referidos agentes. Al delincuente comenzó a temblarle las piernas pero hizo de tripas corazón e intentó disimular su miedo. Cegado por la venda, perdido cualquier signo de orientación, le introdujeron en el coche y, sin dirigirse ninguno la palabra, comenzó a dar vueltas por las calles del barrio de la Macarena, sin salir de sus límites. Pasados unos larguísimos minutos, el oficial de más rango se dirigió a su compañero –José, antes de entrar en el Cuartel del Sacrificio, párate en el bar de la esquina que vamos a tomar café- y éste detuvo el vehículo. El pobre hombre, aterrado por donde suponía iban a trasladarle, se hizo sus necesidades encima, empezó a llorar y a suplicar, y dijo donde se encontraba el taller, nombre y apellidos de cada uno de los integrantes de la banda, y hasta los de los mecánicos que montaron las máquinas, por si querían saber donde las adquirieron. Y sin ponerle una mano encima. Bastó la fama de los agentes y como se las jugaban quienes intentaban reírse de la ley.

            Estoy seguro que en aquel tiempo hubiera aparecido el cuerpo de Marta del Castillo y unos padres podrían llorar sobre sus restos, es lo único que piden ya. La aplicación de la justicia les trae al pairo.

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