LA ÚLTIMA LLAMADA DE MIGUEL LORETO

            Son las ilusiones ajenas las comenzamos a descubrir en la lágrima que rueda por una mejilla o el entrecejo, ese campo donde los años aran para descubrirnos la vida que se embosca en la profundidad de sus surcos, que se encoge conmovido por la emoción que difícilmente se contiene.

            Es la vida ajena, contemplada desde la propia añoranza, la que se muestra desde el ocre de una mirada que comienza a perderse en el infinito, en el futuro sin la devoción ni la entrega desmedida, pues hay vivencias que comienzan a fundirse en el azul de la nostalgia, que se elevan por las escalas del tiempo que las conduce hasta la senda por donde transitarán deshechos en recuerdos, en fugacidades que retornarán en espasmódicas proyecciones, cuando menos se esperen, cuando más se necesiten. Son cosas del alma. Es la voluntad alterada por la contrición la que araña los sentidos desvirtuando la realidad y lo concreto es ficción, relato de las esencias que pasaron aromatizando los instantes, perpetuando los sentidos en las miradas de otros que las convierten en eternas.

            Es un momento tan sólo y parece que se va a perpetuar. Es un gesto, un movimiento, un ir de delante hacia atrás, de arriba hacia abajo, es sostener el metal que bruñe su nobleza sobre el duro cabezal, donde se alertan los sentidos de lo que está por llegar. Es la noche transfigurada, convertida en soledad, la que se muestra contigo, la que se va acompañando el sereno caminar, la que agasaja tu voz, la que trae cantes profundos donde poderse alimentar de los ecos y los cantes de otros tiempos. Son los pasos contados que van desde el oro del frontal hasta la línea horizontal donde aparecen de pronto los ojos de la Verdad, esa que cruzó los límites de la deidad para plantarse en la tierra, para hacerse acompañar por tu presencia, para dejarse guiar por tu voz. Es observar cómo se va ejecutando la partitura sin par sobre los pliegues del aire para tornarse en un rezo, es dejar escapar la vida y no volverla a encontrar hasta la muerte del suspiro que se eleva desde el mar de corazones plantados, en la estuosidad, tan solo por Verle pasar contigo de la mano.

            Es el tiempo que nos invita al sosiego y a la paz, al encuentro de la esencia que se muestra en el soñar de un Niño;  son las luces de la tarde que comienzan a cambiar para acunar los sentidos, para arrullar y velar a quién siendo Rey se transmuta en diminuta presencia, que se aferra a la cintura de su propio ser maternal. ¿Dónde se instauran sus sueños, dónde la paz placerá? ¿Qué será de nosotros cuando nos deje de soñar?¿a dónde iremos sin sueños, cual será nuestro fin, que fatal suerte correremos si El que nos ha de soñar despierta de su letargo? ¿Es la entelequia del fin o será un nuevo resurgir en la ventura y la dicha de una vida de eternidad?

            No es engaño del tiempo, no es pasado fútil, ni presente concretado, ni futuro por devenir. Es pasado que fue vida, es presente que se dejó sentir y es futuro porque lo etéreo se hizo verdad, en tus manos y en tu voz, en tu recio parecer, en tu entrega y en tu amor.

            Como hace tres decenios volvió a temblar la emoción cuando asistes el martillo y convocaste a la unión, ésa que hace la fuerza del sentir, la que cincela la fe y transmite la emoción, tan sólo por ser macarenos, como tú, oneroso privilegio que concede sólo Dios por acercar a sus cielos a la Madre que lo engendró. No fue un suspiro del tiempo, ni una fatua ilusión, ni un espejismo pagano, el que se nos mostró. Todo el que quiso lo vio, todo el que lo vio sintió como se transfiguraba el martillo del amor porque ofrece la mejor oración. Primero en argénteo dragón que vela y escolta a la Madre de Dios, la que irradia la Esperanza, La que ilumina las calles aún con la ausencia del sol. Y después en perfil de centuria, en casco de pretor romano, en recuerdos y en nostalgias que se fueron proyectando sobre un lienzo de aspilleras, costaleros del Divino Redentor, del humilde sentenciado, El que encendió corazones con el fuego del amor. Como aquel primer día, de un amor primero, soltaste el llamador para pasar a la gloria, Miguel Loreto, por haber sido confidente de Dios, capataz de la ilusión, anclaje de macarenos, que buscaron y compartieron en tu voz, la mejor de las condiciones, ser costalero del Señor, difusores de Esperanza y de amor. Dictó la plata el pregón, traspasó un canto el faldón, se elevó a la gloria la Virgen y todo se paralizó para dejar eterno el momento. Fui testigo de excepción cuando Miguel Loreto hizo de su sangre flor y la ofrendó al olimpo macareno, donde su nombre inscribió.

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