HAY UN CUADRANTE EN EL CIELO

Son como navajas que se clavan en los pies cuando se camina con el alma descubierta por la senda de la memoria. Esas espigas que nacen al borde de las veredas y van mortificando los recuerdos, arañando como estiletes los recovecos donde se proyectan las alargadas sombras de la nostalgia, y que se hacen presentes y tangibles para acercarnos al dolor, en imágenes, en gestos y hasta olores. Vuelvo a compungirme con ellos, con esos reclamos y citaciones de la alegría y el gozo que nos cercaban las emociones y que provocaban el reencuentro con quienes descubrimos y conocimos las verdaderas señas de la identidad costalera. Esos arpegios impresos que se confabulaban para entonar la gloriosa melodía coral y procuraban la entonación de los más hermosos salmos bajo las trabajaderas. Unidos en el sufrimiento –que es una de las grandes premisas para poder ser costalero- suscribíamos el contrato emocional que nos vinculaba al privilegio de portar al Señor de la Sentencia. Un poco por un todo, por eso no mirábamos la letra pequeña que nos advertía del dolor y la amargura que se unge en las entrañas cuando comienzan a faltar aquéllos que formaron, junto a otros muchos, la gran compañía del amor y la ventura. Faltan hoy aquellas miradas que buscaron retos y caminos nuevos a la vida en la serenidad de un rostro y lo hallaron siempre que cruzaron el umbral de sus ojos, profundizando en la retina que contiene la luz que instruye la existencia de los hombres; brazos que se anclaban a la madera y convertían en remos de amor las trabajaderas para que el gran barco pudiera navegar por las bravas aguas de la ilusión, con el ímpetu necesario y elegancia debida; faltan el ímpetu y la energía que prorrumpía desde lo más intrínseco del orgullo para enarbolar los sentimientos que nos fueron transmitidos, que nos fueron entregados para que traspasáramos los que nos siguieron, esa querencia que nunca nos pertenece porque transita de mano en mano, de alma en alma, y mantiene su asilo en el cofre más perfecto que jamás se construyese, un universo que cabe en la arruga de un entrecejo. Cómo me hiere la historia que se precipita por mis recuerdos. Cómo se ahonda la herida conforme recobro mis sueños, o acaso fueron vivencias que adormecidas esperaban el impulso nigromántico que los avivara y devolviera a concretar para convocar esa aflicción que invernaba en el profundo ser de mi consciencia. Vivo la alegría diaria de los que ahora son carne de privilegios, de los que son oníricos reflejos de aquellos sueños. Pero me apena la ignorancia de los que se curtieron en el fragor del sentir macareno, sin decir nunca nada, sin pregonar sus esfuerzos, sin airear sus querencias ni divulgar sus miedos. Hoy me acuerdo de ellos, de sus risas, de sus bromas, de sus sueños, de las palabras que no huyeron al éter sino que quedaron grabadas en las esquinas del aire, en el roce que en los suelos fueron esculpiendo zapatillas y botines. Hoy paso lista a mis miedos, esos que se producen cuando nombras y sólo emergen los silencios, miro el cuadrante del celo que provoca la memoria y nombro y espero la repuesta de Gonzalo -aquí estoy-, de Luis Rueda, de Chema, de Bruno, de Luna, de Pérez Silva y de otros compañeros que forjaron la leyenda de los buenos costaleros, de los que se eligen por Ellos para que fueran sus pies, para que fueran certeros transmisores de la fe. En el tránsito por sus recuerdos, en este pesado camino que se traza en mi razón, se me cruzan los sentidos y me pierdo. El afilado dolor que va traspasando la desnudez de mis pies, esos cuchillos sesgados, y las espigas alzándose a mis lados, fortalecen mis presagios, engrandece mi tristeza. Es el recuerdo varado, como cuando se para el paso, es el ancla que me fija al destino, la consciencia de haber vivido y la certeza de encontrar una razón de existir, como ellos la encontraron. Vuelvo sobre mis pies. Oigo la voz del tiempo asolando mi razón. Regresa la luz tiniebla y se instala la emoción. Hay un crujir de maderas, un ímpetu, un clamor. Un murmullo que viene de arriba, una algarabía nueva. Se proclama una Sentencia: Al cielo con él. Y él no lo dudó.

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