El poder de las palabras

Las palabras son la mejor manera de entendimiento entre los hombres. Hablando, desde la cordura y la honestidad, se resuelven la mayoría de los problemas, se acortan distancias en el entendimiento y se puede llegar a lograr aquello tan extraño que es la armonía. Los silencios, por lo general, asientan males y tergiversan el verdadero sentido de las cosas. Grandes fatalidades han llegado por perpetuar el silencio, por obcecación en el mutismo, la mayoría de las veces por falso orgullo y hasta prepotencia. Son las palabras el principal vínculo para la concordia, para la unión y la avenencia de los pueblos. Escritas, fijan leyes, corroboran acuerdos y mantienen esperanzas, confirman estados y regulan la vida de las personas. Desde el principio de la humanidad la necesidad del hombre para comunicarse se convirtió en una obsesión, en un perentoria necesidad para establecer vínculos comerciales y hasta para enfatizar los afectos. Desde el primer sonido gutural nacido por la imperiosa necesidad de comunicación, de aviso sobre algún peligro, han pasado miles de años y se ha ido evolucionando hasta la actualidad en la que es el principal nexo para la comunicación. Pero a veces se transgreden las leyes naturales, las que nos han sido impuestas por la Providencia, para alterar el sentido de las cosas. Y se utilizan para zaherir, para causar dolor, para descubrir los más profundos y negros sentimientos de la irracionalidad humana. O peor aún, para no intentar solventar las diferencias, se guardan en el desván donde habita y reina el silencio y se cambian por armas que terminan con el principal valor del hombre, la vida. Los testimonios ofrecidos, durante las declaraciones de los asesinos de eta, que pusieron una bomba lapa en los bajos del vehículo del edil José Javier Múgica, en julio de 2001, no pueden ser más elocuentes y miserables. Se han negado, con la cobardía que muestran cuando se les acorrala, a refrendar el relato sus criminales actos espetando al tribunal que lo que tenían decir ya lo habían dicho. Se referirán a sus manifiestos y violentos rebuznos, a la utilización de esa lengua de fuego y muerte que es la dinamita y la cloratita, un idioma que jamás entenderemos quienes queremos participar y difundir nuestra ideas en un estado de derecho y desde la paz. La alocución de la viuda fue estremecedora. El relato de los hechos, de las imágenes que fue obligada a visualizar, fue espeluznante. Tras la explosión, la furgoneta ardiendo y al mismo tiempo su esposo consumiéndose en los fuegos del infierno, al que fue condenado, sin derecho a defensa ni respeto a los dictámenes humanos que sí se les aplica a sus asesinos, en el interior del vehículo. Y tras el dolor expuesto, tras la amargura por tener que recordar aquella terrible experiencia, las sonrisas de sus asesinos. Y un micrófono que no se apaga, unas palabras que surcan la sala y el dolor incontenido y la impotente rabia de la juez Murillo que escapa del alma: “Pobre mujer, y encima se ríen, los cabrones”. Ea, ya se formó. ¿Por qué un juez, que debe ser paradigma y ejemplo de imparcialidad comete un desliz como éste? Porque es persona, porque la humanidad se escandaliza, en el estatus jurídico, profesional o personal que sea. La dignidad no puede ser abatida por la inmoralidad ni la bestialidad de los energúmenos que prefieren balas parabelum del calibre nueve a las palabras, al convencimiento por la razón y no la imposición de la irracionalidad de las dictaduras por la violencia. La juez Murillo no ha hecho más que expresarse con lógica espontaneidad ante el horror, que es una condición humana entendible y comprensible, y a veces hasta aplaudible, aunque ahora la intentarán tachar de parcial, de arbitraria y fascista, y hasta la querrán apartar del juicio, esos defensores aberzales que pregonan con sus lenguas la muerte y que se han puesto al servicio de la causa del diablo por un puñado de lentejas. Ése es el precio que les dan a sus vidas y sus conciencias. Las palabras no son tiros de gracia aunque a veces, por mor del azar y la sensibilidad, se conviertan en azote de la mentira, en hostigadora de cobardes y miserables.

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