SANTA ÁNGELA EN LA MACARENA

Hay un silencio monástico recorriendo los espacios, encubierto en esa luz cuasi ténebre de la media mañana en el interior del templo. Es la complicidad de los retiros mundanos que mueven a la oración y al recogimiento. Hay conversaciones que solo se muestran en las miradas cuando buscan respuestas en otros ojos, que sólo son audibles cuando el espíritu reposa en el sosiego de la administración de la paz, ésa que se procura cuando se invaden los territorios desde los que se muestra la Esperanza.  Los pasos quiebran los silencios y amortiguan la pesadumbre que es dueña de las necesidades que proyectan en el musitar interno de las palabras de quienes permanecen arrodillados en los reclinatorios. No hay sensación de dolor, ni exageradas muestras de sufrimiento.

Han entrado pausadamente, conociendo que sólo el rictus del calmoso transitar es motivo para alterar las sensaciones, para perturbar la armonía de la comunicación espiritual. No transmiten celeridad aunque su tiempo viene siempre preñado de la necesidad. Son ejemplo de santidad acogida en el hábito de la pobreza que las cubre.  El mármol amortigua el peso del ejemplo, del sacrificio y la entrega. Hay demasiada dedicación prendida a la estameña. Las viejas alpargatas van consumiendo el espacio que hay desde el gran portón y la reluciente barandilla que soporta y ampara todo el rigor de la alegría que se muestra a sólo unos metros. Se han acercado hasta el balduque, que les sirve de apoyo para acomodar sus rodillas sobre la dureza del mármol. Tal vez vengan de cumplir con el mandato del Señor,  a esta hora de la mañana, que la pobreza hay que despojarla de la miseria con la pulcritud y la limpieza, que el dolor y la enfermedad no conocen de treguas ni descansos y hay que combatirlas, que la soledad se apodera del espíritu y no es posible resarcirse de ella sin una compañía que procure alegría y reavive la existencia.

Rezan. No hay murmullos extendiéndose desde sus labios al altar, ni movimientos exagerados; solo oraciones contemplativas que van desde sus ojos a la Imagen que preside el altar, Ésa que le ha alterado el caminar, desviar sus pasos del camino más corto para el descanso. Es la regla de fe que les motiva y les acerca a su condición, al recuerdo de una mañana abriéndose, despejando las dudas, enarbolando el anuncio de la primera luz que La acompaña y que es motivo para la certificación se la entrega. Es ahora, cuando los fríos comienza a fajarse en la solariega entrada del templo y hay reminiscencias del rocío en los arriates que apresan damas de noches y geranios, cuando también se recibe en el templo a la Hermana, a la fundadora de la Congregación que se empecina en llevarle la corriente al mundo, en oponerse a los egoísmos de los hombres y manifestar su contrariedad por la volatilidad de la solidaridad en la mente del ser humano, más preocupado por cubrir sus propias banalidades que por compartir las necesidades. Es ahora cuando la Basílica se transforma en claustro conventual, en receptáculo donde florecen la bondad y el amor, para recibir la gracia de estas Hermanas de la Cruz que vienen a cumplimentar a la Virgen, a  mostrar el agradecimiento por haber sido las elegidas para conformar y participar de la creación de un nuevo mundo, del hábitat de Dios, del hogar de Cristo. Ellas orgullosas de su misión, vuelven a tomar el sendero, ese reguero de luz que les guiará a la Casa Madre, con el rostro resplandeciente, con la certidumbre de haber estado verdaderamente con la Madre de Dios, y a sus plantas la diminuta grandeza de Madre Angelita, honor y gloria de la Hermandad en el día que la Iglesia recuerda su santidad.

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