AMOR y DOLOR DE MADRE

Aparece desbocada por una amargura que le corroe las entrañas, aunque ya de tanto dolor camina apaciguada, dominando los caballos de sufrimiento que seguro galopan por su alma. Se presenta tímida, como si la hubieran desahuciado ya de la felicidad de la vida, a pesar de saberse aún joven, con un aura de avergonzada quietud que la hace muy vulnerable  a la pena. Lo viene anunciando su rostro, en los surcos de la frente que advierten de la espesura sentimental que lleva andada. Durante unos segundos duda, no sabe si quien está frente a ella la desairará con alguna inoportuna frase, también hastiado de la falsa mendicidad, receloso por tanta picaresca y tanta desvergüenza que anda por las calles. Se acerca y muy educadamente me solicita ayuda. Advierto en sus ojos una negritud de años de trasiego por la iniquidad y la injusticia de la vida, por los azotes que el mismo amor de madre, le ha proferido. Empiezo a reconocer su tribulación apenas pronuncia esas primeras palabras, que no son aprendidas para enternecer y abrir el corazones de los nuevos rinconetes que pululan por la ciudad, porque supura n una sinceridad rotunda, aplastante, tan contundente como la opacidad que muestran sus ojos. ¿Es acaso previsible y probable que alguien camine descubriendo y mostrando al prójimo la pena de su alma y que no quede abatida por el mayor de los dolores?

            Se ciñe a la urgencia de su necesidad con un puñado de fotocopias para acreditar la lealtad a su maternidad, un breve párrafo que describe el fin de la petición y que viene rubricado por la firma de un abogado y el capellán del establecimiento penitenciario. Es una lucha imposible contra los instintos, una batalla terrible contra la naturaleza que viene intrínseca con el ser, una derrota anunciada sobre la razón. Tal vez eso condicione la victoria del dolor y de la voluntad. Viene andando desde un cercano pueblo del Aljarafe porque hasta los décimos del autobús le son necesarios para sufragar la fianza del hijo que cumple pena en la cárcel donde le ronda la guadaña certera de la parca y ese no es un lugar digno donde ponerse en gracia de Dios, me confiesa. Se sabe desposeída de la alegría desde el mismo instante en el que su hijo cayó rendido a la futilidad de una falsa deidad que le prometía goce, una perecedera y engañosa felicidad para luego esclavizarlo. Con engaños le fue arrancando del alma hasta los sentimientos más hermosos y le envenenó con el olvido del cariño debido a la madre, le apartó  de los abrazos y de los besos, de los arrumacos y las canciones de cuna, de la dedicación y el esfuerzo hasta la extenuación, de madrugones para dejarse las manos y las uñas en los helados amaneceres recogiendo aceitunas, limpiando terrazos de bares y mancebías.

            La serena tristeza de aquella mujer conmueve. No llora en sus suplicas porque quizás las cuencas del amor se vaciaran con el tiempo y la desesperación, ni es falso orgullo el resto de dignidad que aflora por los pliegues de su castigada piel. NO hay presunción de inocencia, ni busca perdón para su hijo. Sólo poder tenerlo cerca cuando la vida mancille su alegría, poder sostenerlo bajo la cruz y recordar que la infancia seguirá viviendo en su recuerdo, que esa última caricia no le venga ofrecida por manos extrañas, que sean las suyas las que implanten, cuando su rostro se nacare, el gesto amoroso de su maternidad.

Escarba en su interior para que aflore la entereza necesaria con la que mantenerse en pie. Sus pasos son seguros pero arrastran demasiada tristeza, un cansancio espiritual que la muestra agotada, deshecha, transida. La dádiva la oculta en un pequeño monedero. La veo sonreír mientras continúa su periplo, un vagar por la soledad, por el exilio de a dicha que le fue sustraída. Seguirá buscando auxilio para su hijo. Prosigue caminando con lentitud mientras un halo de soledad va quedando retenido en los arriates que ennoblecen el espacio de la avenida. Lleva luto ya, en el alma y el vestido, aunque el tiempo todavía no ha ejecutado su sentencia. Cuando vuelva su hogar continuará soñando con la nana y la caricia del niño, aún sabiendo que sólo podrá acunarlo.

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