LAS DESIGNACIONES DEL CONSEJO

            En cierta ocasión, durante un recepción privada ofrecida a un hermano mayor de una distinguida cofradía de la ciudad, por el siempre recordado, admirado y querido Cardenal Bueno Monreal, el dirigente cofradiero, tras realizar la petición para la que se había concitado la cita, pidió encarecidamente a Su Reverendísima, que por favor no diera ninguna comunicación del evento y mucho menos que no trascendiera a la opinión pública hasta que lo comunicara a sus hermanos, en el cabildo que celebraría unos días después. Perplejo y asombrado por la petición, el prelado tomó por el hombro al inocente hermano mayor, y adoptando un tono de confesión le espetó al oído “querido amigo, mucho me temo que la sugerencia llega tarde. En esta ciudad, si usted no quiere que trascienda algo, ni lo piense siquiera”. Y estaban los dos solos en salón.

Ayer fue designada la Sagrada Imagen que presidirá el Vía Crucis que organiza el Consejo de Hermandades y Cofradías de esta querida ciudad, piadoso acto con el que se abre el tiempo de la ilusión, aunque ahora muchos desvirtúen el sentimiento de siglos de la ciudad y quiebren sus ritos y estructuras de la medida de los tiempos, intentando prolongar vivencias y emociones que no tienen sentido más que en el limbo de los recuerdos.

La elección -parafrasendo, y haciendo un juego de palabras, al maestro de la literatura hispanoamericana Gabriel García Márquez con una de sus más prestigiosas obra- era el anuncio de una designación anunciada. Solo faltaba la ratificación colegiada y corporativa del Consejo que regula y raparte la asignación de los beneficios de las sillas. Desde hace algunos meses se conocía que el Señor de la Salud, de la Hermandad de la Candelaria, presidiría el acto penitencial en la Catedral, un pío retiro al que sólo acuden as representaciones de las Hermandades, sus Juntas de Gobierno y pocos más. La multitud acompañante, la muchedumbre se diseminará cuando el Nazareno de Ocampos cruce el dintel de la Puerta de los Palos, pero eso será otra historia distinta y requiere por ende otro tratamiento distinto.

Los merecimientos para esta Hermandad, y especialmente para su Imagen Titular, están fuera de toda duda. La designación, ¿o debiéramos llamarlo la ratificación pública?, nada tiene que ver con la historia y la tradición secular de la cofradía, que encandila mis sentidos en la tarde del Martes Santo. Estoy seguro que dignificarán, con su presencia en las calles, el acto y a quienes tienen la potestad de su elección, aunque algunos de los componentes de la Junta se hayan ido de la lengua, con tanta anticipación. El demérito es para la institución, ya vilipendiada en numerosísimas ocasiones por filtraciones de este tipo. Será cuestión de recabar méritos, de pagar reconocimientos o de salvaguardar el prestigio de la crítica con algún periodista. Lo cierto y verdad es que están acabando por aburrir con sus declaraciones atemporales. ¿Qué ganan con ello? ¿Cuál es el beneficio? En mi modesta opinión, nada, no ganan nada, salvo alterar la espontaneidad de la sorpresa, la alegría y admiración del momento. Ese correr la voz alterada por la emoción -¿te has enterado ya? Nos han elegido-. Pero no, es mejor transgredir los ritmos de las emociones para apuntarse el tanto, para ganarse la consideración de algún informador que se lo agradecerá, subliminalmente claro, con dos líneas en las noticias moradas de algún periódico local.

No es un secreto de estado, evidentemente, ni se trata de evaluar el índice de menoscabo al sentido común. Pero anticipar el anuncio de la elección del pregonero, del artista que anunciará la Semana Santa o, como en este caso presidir el pío acto de las Hermandades de Sevilla en la barra de un bar es quebrar la confianza que otros han puesto en alguien a quien creían fiel, a quien se le presupone carisma y saber estar, contener sus instintos de presunción y altanería. Desvelar por anticipado un secreto viene a condicionar el juramento de un cargo aceptado voluntariamente y del que no se obtiene ninguna compensación económica. La única satisfacción es –si siquiera el reconocimiento público de la gestión- saber que la altruista labor se realiza a mayor gloria de Dios, y la recompensa incendiar el espíritu con la alegría de no saberse necesario. Ahí radica el problema.

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