CAPACIDAD DE ASOMBRO

           

Conforme uno va cumpliendo años se nos va mostrando una nueva capacidad, que afecta principalmente al sistema anímico, cuando no al nervioso. No llega de  improviso, ni se presenta con la espontaneidad de un ímpetu, ni es un impulso convulsivo que hace tambalear las estructuras del pensamiento. Llega pausadamente, como el sigilo del amanecer de un Viernes Santo, cuando la paleta cromática del cielo se encrespa y comienza una transición que vendrá a culminar, para fascinación de los sentidos, en el verde más hermoso y claro, aunque el sol dore las blancas paredes de los viejos muros de un barrio y pregone altanero en el cenit del éter su esplendor.

            Es un sentimiento nuevo que vendrá como l respuesta natura al tránsito de los años. Llega implementad en una secuencia de acontecimientos, de hechos motivados por actos que nada tienen que ver con la educación y los buenos modales. No los nuestros, los de otros. Yo he venido en llamarlo “agotamiento de la capacidad de asombro”. Los primeros síntomas se presentan cuando uno lee noticias, escucha sucesos o es testigo de las imágenes que se plasman en la pantalla de un televisor. Son acontecimientos que no mantienen ninguna lógica, que escapa al común sentimiento de razón.

            Veo con estupor, en las páginas de interior de un periódico local, como un –o varios- vándalo se ha cubierto de gloria y honor realizando un grafiti en la puerta de una casa particular. Una gracia tan grandiosa, que conlleva tanto valor, que yo propondría a su autor, de darse a conocer, como premio a las bellas artes mojoneras. ¿Qué ganan con ésto, Dios mío? ¿Habrá un ranking de gilipoyeses que yo desconozco? ¿Tanta es mi ignorancia que no reconozco el fruto de una educación familiar en estos bárbaros que se enajenan en cuánto se reúnen tres y descargan sus adrenalinas cometiendo estos asombrosos despropósitos sin tener en cuenta la destrucción patrimonial y económica que causan? Y lo peor es lo alegre y ufano que marchan cuando culminan el vandálico acto. Como si acabaran de conseguir un premio nóbel, orgullosos de sus acciones se van congratulando y deseándose parabienes y animándose los unos a los otros tras la gloriosa gesta.

            Regresaba un amigo a su casa, tras una agotadora jornada de trabajo al frente del bar que le procura el sustento, ya entrada la madrugada, cuando observa cómo unos jóvenes, nada desaliñados, ni portadores de prendas que pudieran hacer pensar un desarraigo familiar que les perturbara sus sentidos, se afanaban en desatrancar de sus postes una bicicleta, en una estación de éstas, a la altura de San Bernardo. Pensó en un primer momento, ya digo por su apariencia y vestimenta, que el grupo intentaba obtener unos vehículos por los procedimientos normales. Conforme se acercaba pudo observar cómo, muy al contrario de su pensamiento, la horda arrancaba de cuajo el velocípedo y lo arrojaban con violencia hacia un coche que se encontraba aparcado en las proximidades. Entre risas y jaleos, el resto de energúmenos animaban al colega a que repitiera su acción. El individuo se hacía de rogar, engreído en su hazaña. De improviso atenazó otra bicicleta, y con habilidad extraordinaria la desencajó del anclaje y la volvió a lanzar contra otro vehículo. Otra nueva algarabía y jolgorio. Por lo visto debían molestarle demasiado esos vehículos en medio de la acera y que prestan un servicio al ciudadano. Y esos coches aparcados en medio de la calle, abandonados por sus propietarios, tan molestos, venga ya hombre. Cuando mi amigo paró su motocicleta junto a ellos, para recriminarles sus salvajes comportamientos, sólo obtuvo improperios y amenazas que no se concretaron porque la motocicleta respondió, pero incluso llegaron a seguirle durante unos metros.

            Lo fabuloso vino cuando, a la mañana siguiente muy temprano, volvía para reincorporase a sus faenas laborales y vió como uno de los propietarios de los coches afectados retiraba del capó la bicicleta. Mi amigo se acercó y le explicó los acontecimientos. El hombre no se inmutó. Tan solo le dijo que era el signo de los tiempos, que no era la primera vez que sucedía un hecho así en el barrio y que ahora le había tocado a él. Ya no me asombro ni espanto por nada, le dijo. Se metió en el coche y dejó a mi amigo montado en su motocicleta perplejo.

            Son tantos y tan variados los sucesos de vandalismo que ya han llenado el recipiente de la capacidad de sorpresa. Deben ser los años que nos adiestran para sobrevivir.

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