EL PRECIO DE LAS BOTELLONAS

            

Casi tres millones de euros es lo que le cuesta la ciudad la vergüenza de las botellonas que se celebran, con las más peregrinas excusas, por la juventud en el ámbito de su jurisdicción. Quinientos millones de las antiguas pesetas que tenemos que dejar de invertir en otros ámbitos sociales y asistenciales porque los muchachos, y muchachas, tienen que reunirse en el primer descampado que encuentren para emborracharse, para pasarlo bien que dicen ellos, cuando algunos pierden hasta la consciencia y tienen que ser atendidos por unidades de emergencia. Otro gasto no computado.

            Quien haya pasado los efectos de una borrachera, y que tire la primera piedra el que reniegue de haberla padecido, debe de coincidir conmigo en que sus efectos no pueden ser más desagradables. Cierto es también que mientras se ingiere sin control cualquier tipo de bebidas espirituales, que es la cursi forma en la que denominan ahora a las alcohólicas, se pueden mantener fases de euforia, de alegría incontenida y de desinhibición transitoria de cualquier signo de timidez y recato. Por ello es fácil comprobar cómo estudiantes y jóvenes en general, que durante el resto del año son incapaces de mover una silla sin permiso, se convierten en verdaderos herederos de Atila, en energúmenos capaces de realizar cualquier proeza, por muy descabellada que pareciere.

            En las imágenes que nos muestran los medios de información, con jóvenes exultantes y arrebatados por la reacción a la injerencia del alcohol, vemos cómo son capaces de atiborrar toda la explanada de un gran aparcamiento o gran parte del recinto ferial para enaltecer al Dios Baco por el mero hecho de celebrar el comienzo de la primavera, el final del curso, el equinoccio de invierno, o la compra de un traje del conserje de la facultad de derecho, con todos mis respetos para el bedel. Cualquier motivo es bueno para convocar esas macrobotellonas que al final acabamos pagando entre todos.

            Lo realmente increíble es el tremendo poder de convocatoria que tienen. Basta un sms para que el listo de turno congregue una multitud. No sé en qué están pensando los partidos políticos y sus afinados estrategas de campaña electoral y no contratan a uno de éstos que se dedican a suplir tiempos de estudio por periodos de ocio. Están perdiendo un magnífica oportunidad para restringir gastos, para evitar elevar sus déficit presupuestarios y de camino ahorrar al contribuyente esta sangría de espacios radiofónicos, televisivo y murales con los que nos importunan y perturban desde que diera comienzo la campaña electoral.

            Extraordinaria me parece la idea que va presentar el Consistorio para tratar de evitar estas lúdicas, inútiles y exageradas manifestaciones alcohólicas. Además de multar, porque así lo permiten las ordenanzas municipales, se enviarán a los padres unas cartas indicándoles las actitudes y comportamientos que llevan a cabo sus hijos y los gastos procuran a la comunidad con sus salvajes actividades lúdicas, conminándoles además a cumplir con el pago de las multas impuestas o bien a remunerar el incumplimiento de la ley con la prestación de servicios sociales en Lipasam. De esta manera podrían concienciarse de las molestias que causan a los vecindarios y observar in situ cómo dejan los espacios de sus divertimentos. Con suerte podría hasta recoger sus propios vómitos, si es que no le producen la repugnancia que nos procuran a los demás esta falta escrúpulos que tuvieron en su descontrolados comportamientos hacía el resto de los lugareños. Sería un ejercicio de nobleza y ciudadanía que nos resarcieran de sus oligárquicos y anacrónicos hábitos.

            Nos estamos acostumbrando a los desmanes y seguimos pensando que los trabajos, que a consecuencia de ellos se realizan, no los paga nadie, ignorando que las horas que tienen que echar de más los trabajadores de la limpieza pública son sufragadas por los impuestos que pagamos al consistorio municipal. O sea, por nosotros. Y mientras, las carencias en otros órdenes y equipamientos esperando el sueño de los justos porque los presupuestos se agotan. O mejor dicho, se los beben nuestros hijos en descomunales concentraciones donde se consume alcohol sin medida y se eleva, se exulta y se honra al dios Baco.

 

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