EL FLORIDO AYER

Hacía mucho tiempo que no pasaba por la plaza de la Encarnación, me decía compungido, con un halo de tristeza marcado en el semblante, y me han robado la memoria de mi juventud. Caminando por los aledaños de la Basílica –ese templo que es joyero para la más graciosa y grácil presentación, a los sentidos, de la Virgen- se lamentaba Ricardo por el estropicio urbanístico cometido en el mismo centro del casco histórico, no en la periferia donde pueden implantarse proyectos de esta magnitud visual, de exposición arquitectónica capaz de conmover los sentidos. Nuevos espacios requieren nuevos tratamientos, nuevos conceptos, pero implantar un mamotreto de estas características en el mismo corazón de la ciudad, es atentar contra los sentimientos, me decía ya resignado, a ver qué hago ahora con mis recuerdos. La manifiesta conmoción de este sevillano, exiliado por razones laborales, desde hace casi veinticinco años en Vega, un municipio en la provincia de Nordland (Noruega), al contemplar la extraordinaria transformación en la fisonomía de la ciudad ha sido tan impactante como reveladora para los que estamos sufriendo in situ los rigores de la falsa modernidad que nos fueron implantando los que han regido los designios de esta ciudad durante casi tres lustros. Esperemos que los renovadores aires que entraron en la casa consistorial, en mayo pasado, no se vicien y contagien con los gérmenes que deben pulular aún por algunos despachos. Estos años fuera de la ciudad han servido a mi amigo, que por cierto se llama Ricardo, para mantener su visión romántica de la misma, la que se llevó en 1986, una imagen conservada quizás en el rincón de la emoción, donde se idealizan los conceptos cuando la distancia nos emboca en el camino de la nostalgia. Su llamada telefónica supuso una alegría inmensa. Bueno había contactado con mi madre y ella le redirigió a mi móvil. Era la voz del pasado buscando un tiempo deshecho, una época rediviva en la que siguen concitándose recuerdos, momentos que han vuelto a mí en sus palabras. Su presencia ha servido para retrotraernos en el tiempo, en la recuperación de acciones y compromisos que creíamos perdidos, difuminados en el éter. Citándonos en la calle Alcántara hemos vuelto reivindicar nuestro sitio en el pasado, a manifestarnos con el presente porque nos ha hecho mucho daño destruyendo aquel entorno, con los laboratorios de Murga y casa Mayorga convertidos en bloques de pisos, un paisaje despersonalizado, arrebatado de esencias de barrio. Proust podría haber reencontrado su tiempo en la memoria vivificada de mi amigo, habría resuelto el gran enigma de la magdalena proyectando las imágenes retenidas de mi amigo, cuando partió una calurosa mañana de julio e iba dejando detrás las viejas casas de San Julián, el entorno de la plaza del Pelícano y la plaza de los Marteles deshaciéndose ya en el olvido de sus hijos y el configurando e idealizando los espacios para sobrevivir. Sé, querido Ricardo, que la ciudad ya nos es ese ente vivo que logramos compartir, que descubríamos en nuestros paseos y extensas y prolongadas conversaciones en las que solucionábamos los problemas de la humanidad, aquellas tardes de luces cárdenas y abrigos ajustados para combatir el frío; pero la han alimentado con proyectos y mentiras hasta dejarla en estado crítico. Todavía quedan rescoldos, amigo mío, avivando el fuego de la belleza, la sutiliza de descubrir un voltear de campanas, en este tiempo de muertos y fantasmas paseando por las arcadas de los claustros conventuales, y aunque algunos se empeñen en querer amortajar el sentimiento que pervive en su historia, debemos seguir soñando con la recuperación de los espacios que han quedado prendidos en tu memoria, en mis recuerdos. Allí, donde habita la ilusión compartida y se mantiene viva la imagen de la Encarnación despejada, sin falsos techos que nos limiten el deleite en la contemplación del azul del cielo, sigue habitando tu juventud, y eso no nos lo puede quitar nadie. Aunque los años hayan despejado tu cabeza y llenado de canas las mías lograremos sobrevivir con el alimento de los recuerdos.

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