LA AMARGURA QUE NOS SALVA

Hay una presunción de cuaresma en el aire de Sevilla, una luz como la de febrero que trae en su celeste un anuncio de lo sentimental. Una luminotécnica columna atraviesas el altar mayor desde la linterna que nos proyecta la grandeza de Dios desde su cúpula. Es un sueño de domingo de ramos adelantado, el encanto del amanecer húmedo sorprendiéndose por la estrechez de la calle Feria, que curioso va deshaciendo sombras para prestar el primer resplandor al amargo rostro del más bello dolor. Viene buscando toda la misericordia del oro que se plasma, como por encanto nigromántico, una cesión del cielo cárdeno del atardecer, el terciopelo grabado a golpe de puntadas en un taller de la feligresía de San Julián, donde se ceba el arte en las manos de unas bordadoras que aprendieron el oficio de la imaginación más locuaz y exacerbada y la plata de requiebros ensimismados que brotaban del cincel y el dibujo de Cayetano, aquel que derrochó la figuración de un sueño en los mástiles que sostienen y protegen el gran ábside que cobija toda la Amargura de la Madre. Llega buscando el compendio que descubre los misterios de los secretos de amor que va susurrando al oído, el más joven de los escogidos, el preferido para ocupar el sitio del consuelo, el nombrado por el mismo que guarda silencio ante las insolencias y la errónea verborrea de Herodes, para que proclame y adelante la vida eterna de la Palabra, la invulnerabilidad de la santificación de los hombres a través del gran sacrificio. Acelera sus pasos por las estrecheces de las calles, un dédalo sinuoso que se obstina en ocultarle la evidencia de un campanario, de una espadaña que es culmen de la gracia que acoge y protege, para no restarle un segundo a la emoción y al sobresalto de la liturgia que se plasmará frente él con la visualización de la escena, con la aproximación del rostro que va dejando atrás la turbación del dolor para ir mostrando los primeros síntomas de la alegría, el adelanto de la concreción de los vaticinios proféticos que La aventuraban ya como la gran vencedora del dolor y la maldad – “Y pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar” (Gn. 3:15). Ha permanecido en el silencio de la mañana, encubriéndose con la soledad de la estancia. Hay primeros indicios en aromas que nunca sabe de dónde proceden, cual es el jardín del que fluye, que misterio alberga su origen que es capaz de turbar la serenidad y encadenar emociones para confrontar el alma e incubar todo el dulzor de la primera sonrisa, del gesto que lo conmueve hasta el extremo de tambalear su fortaleza. ¿Quién es capaz de enfrentarse a Ella sin proclamar su grandeza, quién puede sostener su entereza sin deshacerse en lágrimas, quién puede obviar una oración para aplicar el bálsamo contra el dolor? No es domingo de ramos, ni hay un bosque albeo ondeando en la tiniebla de la iglesia, ni hay un rumor albergado en la plaza donde la vida se presentará de improviso para reponernos en la ilusión y en el amor. No hay un clamor vagando en el aire de oraciones conventuales ni las armoniosas notas musicales de Font de Anta recorriendo y surcando en la nostalgia otra noche de luna, ni sombras de candelabros anunciándose con la barahúnda con los sonidos imposibles de cornetas en la delicada tibieza de una tarde. Nada de eso hay y todo se presiente en la soledad de la calle, en la intimidad de la vieja capilla donde reposa y descansa para procurarnos la paz tan sólo con una mirada, con el vidrio de los ojos asomando a la añoranza, con la mano que se ofrece para calmar nuestras ansias, los dolores que persiguen la quebranza de fe y el amor. Es noviembre y parecen van a florecer los naranjos porque baja de la altura la Virgen, donosura que supera las aflicciones, que enjuga las desgracias, que es capaz de apartar los males del mundo. Es noviembre, y el tiempo se desplaza y equivoca los sentidos en San Juan de la Palma. Viene la Virgen a escuchar nuestros secretos. Ahora tú eres Juan para poder acompañarla, el que se acoda a su brazo, el protegido, el escogido para extraer su Amargura con tu rezo y tu plegaria.

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