DE LA ILUSIÓN y LA ALEGRÍA

Yo tampoco lo hubiera dudado. Gracias a Dios mis circunstancias y mi vida transcurren entre la normalidad y la rigurosa cotidianidad, con altibajos en algunos momentos, sin atisbos sentimentales y emocionales que puedan alterar el normal discurrir de los días, con sus momentos de alegría, sus instantes de tristeza.

Padecer la alteración del ritmo natural de la vida debe ser un durísimo trance. La ruptura de la vertebral lógica con la que la existencia nos gobierna, desde la razón y la linealidad del juicio, supone el quebranto de la sensatez y la metódica cordura que se va implantando en la mente. Es la inteligencia natural que nos va predisponiendo y encauzando la vida desde el mismo momento en el que vemos la primera luz. Luego la secuencia vital tiene un discurso. Los padres no pueden sobrevivir a sus hijos. Y esta ley natural, en todos los órdenes, es  la consumación de la racionalidad. Ver como se marcha el ser querido que te dio la vida, que te proporcionó el amparo cuando fue preciso, que guió tus pasos y te aconsejó en las dificultades y en la alegría participó contigo de ella, es un trance penosísimo. Pero entiendes que es la ley, que es el proceso necesario para la renovación vital. Lo contrario es romper las reglas universales e incomprender que los vestigios, la sangre que debía remozar otros cuerpos, el lazo que sirve para agrupar generaciones se rompe. Es la hecatombe, la quiebra de la naturaleza. Si amargas son las lágrimas cuando se pierde una madre, más dura debe ser la muerte de una hija.

En el salón del Almirante, del ayuntamiento de Sevilla, se presentó en la mañana del pasado veintidós de noviembre el cartel que ha de pregonar las Fiestas de la Primavera hispalense. En los últimos años han sido muy buenos y refutados artistas quienes han plasmado en un lienzo su entender la Semana Santa y la Feria, pintores de un reconocido prestigio que han plasmado, con más o menos acierto, con más voluntad que fortuna en algún caso, todo es cuestión de gustos, los sentimientos que fluían por su alma. Obras que son ventanas para quienes no conocen nuestras más emblemáticas tradiciones y que las acercan a la curiosidad, reclamos para atraer visitantes ávidos de sensaciones nuevas. Ése es debe ser el fin de la pintura, avivar sentimientos, despertar curiosidades. Lejos queda ya la emblemática obra de Juan Miguel Sánchez, “Luz y gracia de Sevilla”, que alertaba los sentidos con una imagen vanguardista, atrevida y sinceramente hermosa, de la Virgen de la Esperanza Macarena con fondos pastel. Esa joya que enalteció los sentidos de media Europa y que puede contemplarse en el Tesoro de la Hermandad de la Macarena.

La obra presentada este año, es un alarde de sensibilidad -porque nos presenta, en una eclosión de colores, una simbiosis de la generalidad costumbrista de la ciudad-, una exhibición de ilusión –porque hay mariposas que nos traen la alegría, la brisa nueva que renueva el tiempo y se posa en la floresta de la juventud-, una manifestación de gloria –porque estallan al azul y a la luz, los farolillos que encandila la mirada y despoja la sobriedad del misterio de unos ojos que una vez fueron ventanas por las accedía la belleza-, un retorno a las esencias de las raíces y vivencias cofradieras -porque nos refresca la memoria de la juventud e implanta el sol de una tarde de domingo de ramos en San Julián, cuando la Virgen de la Hiniesta es astro añil que va deslumbrado oscuridades- y una exaltación al amor filial, porque nos presenta a la mujer de mantilla en el rostro y en el cuerpo de su hija. ¿Un acto de mimosa jactancia paterna? No, un ejercicio de amor puro, la práctica de la inmortalización y la concreción de la nostalgia en el rostro que la mala fortuna quiso arrancarle de sus entrañas, que deshaciendo su presencia en recuerdo, disgregando su vida en el mar del dolor. Fue valiente Antonino Parrilla incrustando todo su amor en la primera referencia de la obra. No fue cobarde ni huyó de su dolor y recuperó a la hija engalanada en el blancor de la mantilla, así ya nadie podré sustraerle el recuerdo, ni siquiera la ausencia y la muerte, porque cuando Antonio recupera su presencia, en este elogio a la belleza de la ciudad, retorna al júbilo y al regocijo, a la caricia que recupera en cada perfil del pincel, y ella seguirá abanicándose y resarciendo su espíritu en los bancales celestes donde prenden la ilusión y la alegría.

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