DE MAYOR QUIERO SER ARMAO DE LA MACARENA

            En la imaginación infantil florecen los mejores sueños, se habilitan esos paraísos que sólo son posibles en la febrilidad utópica de los niños. Emergen con la grandilocuencia que otorga el poder de la ficción los lugares mitológicos que se concretan y proyectan en las imágenes más inverosímiles, en los telones de la quimera. El pasillo de una casa puede convertirse en atrio de senado por el que transitan los emperadores romanos, a quienes se atreven a servir, y la silla tumbada es la más hermosa y flamante cuadriga que nos acerca al arco donde el triunfo final tiene asiento y poder.

            Hijo, tú de mayor qué quieres ser, pregunta un padre, con el ansia de la respuesta atravesándole los sentidos, esperando que el niño le comente sus preferencias profesionales para el futuro e imagina el progenitor que tal vez las aspiraciones señalen el camino que él siguió y un día pueda compartir despacho profesional, o entregarse a la dedicación de la atención a los enfermos, o tal vez el romanticismo propio de su edad le haga decantarse por la profesión que sugiere la heroicidad y entrega de los bomberos. Pero el niño eleva la vista y sus ojos resplandecen porque intuyen, en la precocidad de sus instintos, que satisfarán al padre, y con toda la naturalidad propia de su niñez, con la candidez innata de la edad, le espetará, “de mayor, de mayor quiero ser armao de la Macarena”, y se marcha pasillo arriba, imitando todo el garbo y la marcialidad, el grácil andar popular de las tropas destinadas por Tiberio, que desembarcaron en la Barqueta y quedaron prendidos del amor recogido en el más bello y singular entrecejo del orbe católico, entonando la melodía silbada del bizarro himno que va marcando sus pasos y que ha quedado prendido en su memoria como símbolo de la espontaneidad garbosa de la gandinga. Y hay un estallido de sorprendente alegría en el rostro del padre al descubrir que la herencia sentimental ya se ha rubricado, en morado y oro, en el pergamino del alma, que no habrá destino capaz de retirar las aspiraciones del infante.

            Eso te queda Fernando en tu memoria y en el devenir de los años. Esto arrastras desde que te pusiste el primer merino y recubriste tu rostro con el morado terciopelo por donde descubrías, en las primeras horas del Viernes Santo, cómo las huestes que cortejan y protegen al Señor de la Sentencia se derrumbaban ante Su mirada serena convirtiendo sus rostros en campos de lágrimas. Esta es la herencia transmitida, y que rubricaste sin temor alguno a cuánto te esperaba en el futuro, desde el primer momento en el que te investiste con la coraza, cuando te cubriste, por vez primera, la cabeza con el argénteo esplendor que culmina con el ondulante albor de las plumas que deshacen penas y transmiten alegrías  aún cuando sólo son presentimiento en el aire de la ciudad, cuando asistes la rodela y dejaste caer sobre tu hombro esa lanza que sirve para traspasar corazones e inocular esa Esperanza que precedes y añoras.

            Es el sueño cumplido, Fernando, que viene hacia ti desde la remembranza, desde la evocación que recupera aquellos ojos infantiles, centelleando en el tiempo porque ya adivinaban los presagios y la concreción de esas profecías que se formulaban en lo oráculos macarenos, que tienen nombres de viejas y rancias tabernas, de cuarteles donde relucen y espejan, mientras descansan y velan armas, la plata de los cascos donde se aparecen, como por un encanto nigromántico, las miradas de Antonio Ángel Franco, de Pepe el Pelao o Pepito García, que profieren salmos para recordarte la grandeza que recibes, no por casualidad sino por causalidad providencial.

            Por eso cuando en la próxima madrugada atravieses los viejos caminos por los que transcurre la Esperanza, por los que el Señor de la Sentencia va esparciendo las gracias de su salvífico mensaje, comandando -que en macareno es invocación de servicio- las legiones del amor, piensa que al igual que un día proferiste el deseo y se concretó, tras los cristales de un ventanal, en el mismo borde de la acera, habrá un niño que tirará de la manga del padre y le dirá, rebosándole el orgullo por los ojos, “yo de mayor, quiero ser armao de la Macarena”.

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