SALVE, MI TENIENTE, SALVE

Auspicia el relumbre de la plata, con el primer sol de la mañana, el reencuentro con la memoria que llega absolutamente enmohecida por la tristeza, que viene dispuesta a abrazar el alma para dotarla de la misericordia, para repujarla en la lágrima vencida que rueda por la mejilla. Sabe que las horas son el tránsito de la alegría, son el discurrir que ha ido encalleciendo la nostalgia por esas calles que eran pasos triunfales al son de la corneta y al redoble del tambor que hace temblar los cimientos de la emoción. Sabe que el tiempo es una mentira que huye de él, de la gran dicha que le fue otorgada, del privilegio que trae el sentimiento y la razón de la locura que se acoge tras una coraza. Es la hora de la ventura, del reencuentro con esas emociones que se te van a aparecer de improviso, situaciones que ya conoces pero que vendrán con matices distintos. No es la distinción del rango lo que favorece tu hombría, tu condición de elegido, sino la fuerza y el ansia que mantienes presa en la cárcel de los afectos desde que vistes enfundarse a tu padre la coraza, el casco y asía la rodela y la lanza para encaminarse a propagar, al ritmo que marca la condición macarena, la Esperanza. Vienes Joaquín a confirmar la valía de la gente que expresa el amor en un reflejo que rueda por la mejilla, en la majestad de cada uno de los componentes de esta Legión III que lanza súplicas conmovedoras con una sonrisa, que ora con el más humilde proceder para agradecer el Bien que transita tras las escuadras, que es capaz de disputarle el protagonismo al propio Pilato, de rebelarse contra el poder que instituye la maldad y desamortizar cualquier mandato que no provenga de la serenidad de la mirada del Sentenciado. Vienes Joaquín a confirmar la presencia de la gente sencilla que se desvive por su Hermandad, que es capaz de enfrentarse, sin miedos ni remilgos, a los profanadores de alegrías. Vienes ahora, al mando de la tropa de la tú fuiste parte, de la que te cuesta tanto desprenderte. Tu humildad es el presagio de tu buen hacer en el futuro, de la confianza que muchos tienen en tu fe y amor, que manifiesta siempre obedeciendo el gran mandato del Señor de la Sentencia. Vienes, Joaquín, a configurar la heráldica de lo popular que se eleva a la condición regía del sentir macareno cuando transitáis divulgando, con cada paso, con cada tranco forjado en la marcialidad, la gran encíclica popular que se fija en los lienzos de cal y gloria de los muros de las tabernas y que se va extiendo, entre el gentío que lanza vítores y laureles engarzados en piropos, conforme las horas se confabulan en la noche para vencer cualquier resquicio de cansancio. Es ahora Joaquín, cuando el clamor popular emerja tras las tinieblas del silencio, cuando abandone las trincheras de la sobriedad y la prudencia, cuando podrás recuperar la realidad, pensar que el sueño se ha concretado, que las milicias que mandas subordinadamente vendrán a resolver las inquietudes con abrazos y odas a la alegría y te bañes con luz que preconiza el sentimiento inmaculado de Madre de Dios, del Cordero que escoltas ungido por el amor y la devoción que aprendiste, que te transmitieron para socavar y vencer miedos. Es ahora Joaquín cuando la responsabilidad ha de enorgullecerte. Ya no hay sensaciones que vayan oscilando en la línea horizontal que divide la razón de la locura porque vas formar parte de ella, de una compañía de orates que sólo piensan en rendir armas al amor, en la consecución de la más bella fantasía, del sueño en el que se ven envueltos muchos, prisionero de sus ansias y desvelos. No hará falta, que incites al tropel, alzando la espada, para que te sigan, porque eres el decurión al que todos estiman, y bastará solo con exaltar una emoción para que acudan a rendir pleitesía al Dios que se hizo Hombre, que Hombre que siendo Dios, se dejó Sentenciar por las leyes humanas, claro que no esperaban que aguerrido legionarios, a vuestro mando, pudieran sublevarse en la Macarena, para conformar el ejercito del amor, con las escuadras a tu mando y profiriendo el grito de la victoria, Salve, mi Teniente, Salve.

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