EL MISTERIOSO CASO DEL CADAVER QUE SE ESCONDIÓ SOLO PARA NO SER ENCONTRADO

Un mes y medio después continúa el gran misterio, la gran incógnita del cadáver que se desplazó por sus propios medios hasta un lugar desconocido para desaparecer, para consumirse en sus propios deseos de perturbar la paz de quienes tanto le querían. Este esperpento, que sólo puede acontecer en nuestro país, se ha venido representando en el Palacio de Justicia de la capital hispalense y ya lo hubiera querido para sí el mismísimo Valle-Inclán. Que en los inicios del siglo XXI todo el poder judicial y policial quede en entredicho y evidencia ante los charlotescos y ridículos argumentos que han venido manteniendo, para su declaración de inocencia unos y redimir la menor pena posible el asesino converso, viene a corroborar la necesaria revisión de las leyes que permiten que asesinos, cómplices y encubridores puedan quedar absueltos porque el cuerpo del delito no aparece. Ahora resulta que nadie mató a Marta con alevosía, que nadie violó –no se podrá comprobar ya jamás- a la niña, que nadie cogió su cuerpo y lo desplazó hasta el lugar donde se deshicieron de él, que nadie limpió el piso para ocultar pruebas incriminatorias, que el menor acusado, ya juzgado por su condición, reniega una y otra vez que jamás ayudó ni colaboró en el traslado del cadáver, y no han puesto en duda la existencia de la persona en cuestión porque sus padres y familia se preocupan de que no caiga en el olvido que una vez sus ojos brillaron ante la primera ilusión de una cabalgata de reyes, que se emocionaba con la presencia en las calles del Cachorro o de la Esperanza de Triana, que gustaba jugar con muñecas y que mantenía la esperanza de poder llegar un día a esposarse con un hombre de bien. Todo quedó cegado en la tarde de un sábado. Todo eso quedó deshecho por la maldad y la mala condición de unos niñatos. Ahora la culpabilidad, después de ir traspasándoselas de unos a otros, vuelve a recaer en el asesino confeso. Pero esta trama, perfectamente elaborada, de protección mutua, de subyugarse en la ley del silencio que les ampara y protege, tuvo que ser concebida por alguien. Es muy improbable que nadie sepa qué se hizo con el cadáver, quién o quienes intervinieron en su traslado, cómo lo hicieron desaparecer y con la frialdad con la que se mantuvieron callados hasta que la policía reunió pruebas irrefutables, que parecen que tienen menos valor que las mentiras de los ejecutores, si no que el tiempo o la lectura de sentencia me quite la razón. Ayer todos pedían perdón, todos renegaban de conocer el paradero del cadáver de Marta, todos buscaban la misericordia del tribunal. Eso sí, sin tener la vergüenza de mirar a la cara padres y familiares. Lo que empezó como farsa terminó como farsa. Nadie quería hacer daño a la familia, decían todos. Incluso la novia del gran encubridor, que tuvo la poca vergüenza de igualarse en el dolor porque también es padre, soltó unas lágrimas durante su discurso de exculpación. En fin, un nuevo capítulo -¿el final?- de esta novela del mejor esperpento, tan propio de este país que es capaz de sentir misericordia por unos maleantes y dejar libres a asesinos confesos. No sería la primera vez. Los perjudicados, los que han sufrido en su propia carne el inmenso dolor de la pérdida de la hija, hermana, nieta o sobrina, siguen siendo condenados por la indiferencia y la inutilidad de un sistema jurídico que favorece a los delincuentes, con medidas de gracia que no merecieron sus víctimas. Estos individuos se han burlado, reído y hasta vilipendiado, de las leyes que rigen las conductas en nuestro país, donde uno puede ser severamente reprendido y condenado por no pagar una multa o no hacer frente a una deuda, sin importar su condición laboral, y ser absuelto del encubrimiento en un asesinato, aún cuando las pruebas presentadas por la policía lo incriminan. Esto es lo que hay. Y si terminan recluidos en un hotel a gastos pagados, uy perdón, en la cárcel saldrán mucho antes del cumplimiento completo de la pena, por buena conducta y redención con su ocupación laboral y con una paga estatal de ayuda por desempleo.

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