SIEMPRE NOS QUEDARÁ LA ESPERANZA*

       No anestesia el dolor la buena voluntad de los hombres por muy impetuosamente que se presente, por más que arranque querencias terrenales de manera súbita e inesperada, por más que se empeñe en teñir de negro la razón de la vida siempre queda un resquicio por donde explosiona la esperanza y convierte en cerámica el cieno de la agonía imprevisible y espontánea. Es el principio de Rousseau, la pedagogía para Emilio, el origen de la bondad del hombre que permanece latente e inalterable en el sial del alma, para presentarse y dignificar la condición humana.

            Aunque los días florezcan en el añil y el firmamento se presente limpio, sin la mácula de los grises, sin el estreñimiento de los espacios, siempre queda en el ánimo y en la tristeza la posibilidad de la eternidad, de convertir en perpetuo la sensación que se cree perdida, inequívocamente disipada en el vacío.

            No es fácil encontrar signos de solidaridad apenas se presenta el dolor y arrase la voluntad, cuando se desploman hasta los más sólidos cimientos y las preguntas no encuentran más respuestas que el dolor del silencio, desintegrando cualquier manifestación de afecto. No es fácil mantener la razón cuando ves los horizontes tornarse en densa negritud y las lágrimas desvirtúan la visión para mostrarnos al mundo desequilibrándose de su eje porque no hay leyes de sorpresas que se puedan conjurar para licuar el tiempo y alegrarte porque todo se consume en el recuerdo de una pesadilla. No es fácil acercarse a los jirones en los que se convierte la vida tras la desgracia presentada y tratar de vencer la ofuscación, levantado la vista donde se parapeta la misericordia que aguardan otros, y solicitar que dotes de vida –esa misma que te acaban de arrancar de la manera más brutal y que no puedes comprender por qué pierdes hoy- a unos desconocidos, a los que jamás verás, a los que no podrás reconocer cuando te lo cruces por la calle, a los que no podrás poner perfiles ni rostros, de los que no escucharás sus palabras de agradecimiento, aunque sus alegrías te sean dirigidas desde el clamor de sus oraciones.

            Es la ley natural de la supervivencia. Te has tenido que cubrir de dolor, de sofocar el incendio que está arrasando tu existencia, de levantarte tras la caída y buscar fuerzas en lo más intrínseco de tu ser para comprender que tienes que seguir viviendo y que otros también lo harán gracias a la valentía de tu decisión, a la generosidad que posees y que tan grácilmente ofreces. Te acaban de arrancar el corazón, ése que te dio la sangre y la vida, que se compungía cuando enfermabas y latía aceleradamente con tus goces y alegrías, con tus penas y tus llantos, y no has dudado en donar para que siga alimentando otros corazones y otras risas. Te han segado el aliento violentamente y no has dudado en dar el aire de sus pulmones para que unos desconocidos reconozcan los aromas de ese incienso que tú tantas veces has esparcido cada amanecida de Viernes Santo delante del Señor que nos Sentencia a su amor.

            Ahora te queda el recuerdo y la enorme satisfacción de saber que has obrado conforme a tu conciencia y que has repartido ESPERANZA, que es una gran forma de regalar vida. Te queda la solvencia y la tranquilidad de no haber traicionado tus sentimientos. A los demás nos has confirmado la grandeza espiritual que reside en ti, que las sospechas sobre tu bondad y caridad se han concretado. Con tu gesto, no sólo harás feliz a muchas personas, que vivirán nuevos días de amor sabiendo que tu amor los hizo posible, sino que nos has limpiado el espíritu de falsos convencionalismos y supuestas dudas sobre la existencia ultra terrenal. Y nos faltado a Dios, ni a sus normas ni a sus reglas; no has incumplido mandato alguno que contravenga tu fe y tu creencia,  muy al contrario has reafirmado el mensaje de vida y amor o acaso Él no entrego su cuerpo entero para que viviéramos nosotros.

            Luismi, a tí, a nosotros, nos queda siempre la Esperanza, ¿verdad?

 

 

*  A Luis Miguel Romero Amoscotegui

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