HOY NO TENGO NINGÚN MIEDO

            Vivía encerrada en un mundo de penas y miserias, y no crea que medios y dinero nos faltara. Veinticinco años encarcelada bajo un aparente lujo de mármol y oropeles que me rodeaban y que no era más que barrotes, candados que me condenaban a la soledad y al destierro en mi propio hogar.  Déjeme que tome asiento. Déjeme que me pronuncie sin pausas, sin interrupciones, que me explique para que me comprenda. Era oír su voz y me temblaban mis piernas. Venían mis miedos adscritos a los sonidos, al galope de unos pasos ascendiendo por la escalera, al ruido metálico de una cerradura que despeja el camino al horror y la violencia. Veinticinco años simulando felicidad frente al mundo, ignorando las vergüenzas de una vida dedicada a su existir, ofrenda de mis vivencias para ni sentir el roce de sus caricias. No vaya a pensar que no lo quise. Era toda para mí. Un galán, un sinvergüenza que incluso me hacía reír, un doncel que prometía que sería una duquesa para él. Cuántas veces me ciñó contra su pecho para querer hacerme mujer, cuantas veces me esperó, a la puerta de mi casa, para besarme y hacerme creer que era el amor de su vida, el centro de su querer. Mentiras, hizo de las mentiras su verdad. Todo era apariencia ante los demás, que luchaba por su mujer y sus hijos, que daría la vida por ellos, que si el trabajo era su mundo y su casa su reino. Sí, su reino donde implantaba su tiranía, donde el miedo era el rey y su palabra la ley.

            Cuando puso la alianza en mi mano estaba implantado las cadenas que me fijaban a sus galeras. Al poco comprendí que no buscaba en mí más que una criada, una doncella para hacer las tareas domésticas, una esclava que no dudara en cumplir sus dictatoriales mandatos, una concubina en la cama para saciar sus deseos e instintos más bajo, para humillar mi estima, una mujer para parir a sus hijos y los cuidara sin poder nunca pedir más que lo justo para sobrevivir, que para sus gustos y sus lujos nunca le faltaban duros. ¡Cuánto llegué a quererle, cuanto sigo queriéndole!

            La primera vez, sepa usted, me pidió perdón de rodillas, que no había sido su intención, un ataque de ira que yo le había provocado con mi extraño proceder, con mi conducta inadecuada ante sus amigos. Luego los golpes llegaban por los más nimios motivos, una respuesta contraria, un silencio inesperado, un fortuito accidente, un pedir para calmar, los niños que se callaban, recriminar sus salidas y regresos de madrugada oliendo a un perfume extraño, sin duda de otra mujer. Cualquier situación para imponer su poder, su injusticia y su terror.

            Siempre, si me atrevía a responder venciendo mi cobardía, decía que un día me mataría, que mi vida no valía más que el precio que le quisiera poner, que buscaría las alegaciones para aminorar la pena con enajenación mental y que ya tenía otra hembra que suspiraba por él. Y por ahí no puedo pasar.

            Y me ha temblado el pulso y hasta he llorado por él. Pero lo he tenido que hacer. He matado a mi marido por haber maltratado, por haber dinamitado las ilusiones de una niña que solo ofreció amor, por hacerme sentir una perra que danzaba al ritmo de su terror, por haberme hecho una vieja con cuarenta y cinco años. Si, lo he matado y en mi lecho lo he dejado con mis lágrimas en sus labios, con mi dolor en su pecho y mi corazón en sus manos.

Aquí me planto yo, con mis manos por delante para que me detengan. No vengo a pedir justicia, ni misericordia para mí, ni equidad para mi inocencia, ni a solicitar ningún perdón por el crimen cometido. Vengo a rendir mi dolor, a pedir la absolución por la pena mis hijos.

Así que ya sabe usted que es lo que me traído aquí. Ejecute su cometido, haga  lo que tenga que hacer, métame en una celda oscura, fusíleme por mi mal hacer, cuélgueme de la viga más alta, porque por vez primera en muchos años, no siento prendido a mi ser ningún tipo de miedo.

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