TRINIDAD FLORES CRUZ, AYAMONTE EN LOS LABIOS

            En las claras noches del verano, cuando en el mar se espejan las argénteas y orondas formas de la luna llena que postra sobre la llanura salada para  coquetear con las ondas que van acariciando las armaduras de los barcos, se asoma a la desembocadura del Guadiana la tibieza de una brisa que trae recuerdos de fados y contrabandos, de amores que quedaron resueltos en una noche de pasión y prendidos en una nube de ligereza y añoranza. Soplan aires de alegrías y certezas que acercan las mareas vespertinas hasta hallar refugio en las viejas encarnaduras, estructuras deshechas por el viento y el agua, por el inexorable y constante paso de los años, de los malecones, guardas naturales que se alzan valerosos contra los elementos.

            Entre las viejas paredes de los caseríos de pescadores, donde se enarbola en verdad el sentido de la amistad y el trabajo, donde se asoman los fantasmas que siguen buscando en las profundas negruras de las aguas el sentido del esfuerzo y la dedicación de una vida, habitan los ojos de un ayamontino que van escrutando cuantos horizontes alcanza con su oteo diario, velando por cuanto sigue aconteciendo en la ciudad, hurgando en los recónditos parajes de su memoria para ir estructurando el relato de su propio ser, desempolvando las leyendas que van creciendo conforme las van construyendo los años y las situaciones, pregonando y lanzando a quien quiera oírlos los viejos vocablos de la marinería, la gramática local que se ha elaborando entre los ciudadanos para convertirse en lengua vernácula y ajena a extranjeros.

            Llegó nuestra amistad entrelazándose con el común sentimiento, con la compartida devoción de la literatura, de esa espesura que va removiendo sentimientos conforme se va profanando el blancor de un papel, cuando incrustan palabras, frases párrafos, alegrías y penas que se van desplomando del alma hasta conformar la génesis de una historia, y se estrechó conforme iban pasando los años porque nos fueron uniendo los vínculos amorosos y fraternos con la Semana Santa. Él, la de Ayamonte; yo, la de Sevilla. Y me contaba con deleitación, jactándose y enorgulleciéndose de su origen, cómo sus devociones se habían implantado en las profundidades de su alma y cómo la distancia se vencía con el recuerdo de sus vivencias, con el retraimiento de las imágenes que van quedando embutidas en el celofán con la que se va recubriendo, para no dejar escapar las emociones que se van reteniendo de la memoria.

            Acabó su periplo sevillano con su jubilación en las labores judiciales en la Delegación de Defensa, donde dejó un magnífico recuerdo y un reguero de amigos. Siento todavía su ausencia, aquellas tertulias improvisadas a la puerta del quiosco, retratándonos y saboreando el placer de su palabra. Su cordialidad y sensatez, sólo eran vencidas por el amor a su tierra.

            Cuando solicité su colaboración para incluir sus artículos en la revista Entertulia, que en la medianía de los años noventa tuve el honor de dirigir, nunca puso reparos, muy al contrario, su disponibilidad y predisposición siempre fueron sus premisas. Trinidad Flores Cruz es una persona íntegra, un magnífico escritor, que me hizo partícipe de su amistad y que me honro encomendándome la presentación de uno de sus libros sobre la Semana Santa de Ayamonte.

            Gracias a sus precisas obras, que figuran en lugar destacadísimo de mis anaqueles, compartiendo espacio con Antonio Muñoz Molina y Gesualdo Buffalino, he llegado a comprender la idiosincrasia de aquel pueblo que arremete contra el litoral atlántico con la fuerza de sus palabras, descubriéndome personajes, situaciones y hasta una particular forma de expresión, perfectamente explicada, y la grandeza de su Semana Santa.

            Trini, buen amigo, siempre respondes, siempre estás atento a la mis nimiedades.

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