CUANDO GARCÍA BARBEITO NOS DEVOLVIÓ A LA NIÑEZ

            Se anunciaba en los límites del templo, en esa periferia donde se advierten los hitos y las grandezas que rezuma el más bello rostro del orbe católico, el primer signo inequívoco de la Navidad, una aproximación de la gran dicha anunciándose en los rostros y en las miradas. Siempre hay vida en torno a Ella, siempre hay alegría esperando en esta ante sala del cielo, basta traspasar el umbral para asegurarse un momento de encantamiento, de embeleso floreciente en el semblante.

            Caen los primeros fríos sobre la ciudad, en una cascada que se despeña por los ángulos del arco hasta converger con la tierra hortelana que se esconde en la historia que discurre ocultada por el asfalto, y se empapan las almenas de la muralla con el rocío húmedo que provoca la huida de los duendes. Hay resplandores que exaltan los valores y esplendores que descubren sus esencias. Se arremolinan en el atrio los mentores del acontecimiento que se viene a recordar y patrocinar. Pronto el templo se verá ausente de vacíos; pronto los espacios se convertirán en inusitada expectación. Hay un acomodo de sensaciones conocidas, un ansia por recuperar emociones que van ondulando el aire y un proceso de mágica transformación adueñándose de la memoria.

            No hay inciensos ni otras resinas aromáticas bandeando las capillas; es la recuperación del tiempo lo que motiva la sensación, lo que nos hace percibir el aroma a alhucema, a ajonjolí, a fritura de masa que se convierte en manjar con el azúcar y la miel; es la trashumancia de los estaciones invitándonos a rescatar la edad de la inocencia, ésa que no nos coartaba en la libertad y nos rendía a la magia y al sortilegio de la verdad.

            Se ha densificado el silencio. Es la voz arrullando los sentidos, transmitiendo las emociones que vienen revolviñendose en la blancura de un papel que pigmentado con signos para la transmisión de la emoción, de los recuerdos, de la leyenda que nos enfrenta a nuestros propios valores, que nos alerta de nuestras limitaciones humanas. Es la cadencia melosa de una voz subyugando la voluntad, acercándonos al candor de una verdad inalterable por más que la condición humana se obstine en destronar.

            Es el genio materializado lo que se nos muestra, la capacidad de trasladarnos a un tiempo que creíamos perdido, mundo profundamente dormido, a la infancia que se recupera al son nigromántico de una exclamación, de un susurro convertido en poesía, de una súplica que se derrite en la línea melancólica donde guarda el equilibrio la lágrima, del suspense hasta descubrir que todo es posible desde el amor y la Esperanza y descubrimos que estamos atrapados, encarcelados en las veleidades de esta vida.

            Vino el sueño, melosamente ceñido al son de la palabra y la voz de Antonio García Barbeito, a depositarse en el alma. Vino como un arrullo de aguas cristalinas, que discurren por un cauce de papel de plata, a humedecernos la calma, a destemplar los cueros que se fruñen en nuestro más profundo ser, a deshacer los fueros que cimentan la nostalgia para convertirlos en hechos y sustancias. Llegó con la gracia derramándose por los entresijos del espíritu, de la bondad, de la creencia que convulsiona las conciencias, que acerca las conveniencias y arraiga las enseñanzas que nos fueron conferidas desde las cimas cielo.

            ¿Fue un cuento o ensoñación? ¿Fue un relato o vivimos nuestra infancia? ¿Dónde surgió aquel recuerdo, dónde floreció la esencia de las verdades contadas? ¿Quién iluminó la senda, lamparillas hechas palabras, que nos fueron conduciendo hasta el mismísimo portal, hasta una vida preñada con la ilusión de unos niños que necesitaban de la fantasía para hacer suya la magia y convertir las ausencias en imágenes tan claras? ¿Fue la voz? ¿Fue la emoción que fluía a través de su garganta? Fue un ensalmo de primor, la salmodia de un bello canto, la concreción del amor manifestando sus gozos por la presencia de un Niño que quiso nacer para ser el Salvador del género humano. Nos lo contó Antonio García Barbeito y nos devolvió la grandeza y el candor de la niñez.

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