ANCLA DE SALVACIÓN

¿Es posible la consecución de la felicidad reteniendo una imagen en la mirada? ¿Está al alcance de la mano la dicha tan solo con el ejercicio de sujeción?¿Es tangible la alegría, se puede palpar el júbilo? ¿Hay sendas capaces de conducir a la gloria? ¿Hay cielo donde se recojan y concreten, de manera simultánea, todas estas interrogaciones? Ayer las solerías marmóreas de la Basílica de la Macarena se tornaron en campos de sueños para los que tuvimos la gran suerte de estar presentes en el descendimiento ascético, celestial, de la Madre de Dios. Al contrario de lo que sucede en la madrugada, cuando Su presencia es clamor que se enfunda en los silencios de expectación, cuando se traslada desde el cielo de su camarín hasta el campo amoroso que preparan sus priostes, son ahora los sonidos poderosos del latido de los corazones, los que van recitando secretos al oído de la Madre, es el lamento contenido en el alma el que eclosiona para solicitar una gracia, o el canto coral de los rezos en los que subyace el requerimiento para poder legar las emociones en la sangre de la sangre que se aferra de la mano y que es, por primera vez testigo, del portento sobrenatural del que va a ser testigo. Hay sentimientos sinceros marcando un camino, un tránsito pausado que es incapaz de acelerar en el trayecto que tienen ya asignados, desde el principio de los tiempos, aun cuando incluso viven en la más absoluta ignorancia de sus providenciales designios, porque quienes tienen el honor de ser elegidos para ser pies y manos sobre los que se sustenta esta poderosa y gran columna que es la Esperanza, se enconan por detener el discurso del tiempo y la eternidad se vuelve efímera porque se ha perdido todo sentido de la temporalidad en la sensación, esplendorosa, única e indeleble, del encuentro con la felicidad. Y es entonces cuando se funden las vivencias y se recupera la memoria que se cree perdida, ausente y diseminada en los bosques del olvido, en la frondosidad que va creciendo en los jardines del recuerdo cuando se cae en el descuido y en la indiferencia por retenerlos. Y no hay miedo en caer prendido en las redes que se han tejido para atraparnos en la misericordia que se adviene, de improviso, sin aviso alguno, con la contundencia de un aluvión inesperado, con el roce de sus cintura, ni pavura por quedar cautivo en las galeras que son sus ojos, porque hemos sido vencidos por la alegría, azotados por la dicha y el júbilo que produce su proximidad. No somos conscientes del gran movimiento espasmódico que convulsiona el alma hasta que La dejamos, con la sutiliza y el tacto con el que se deposita a un reciñen nacido, sobre el espacio que va a santificar con su asentamiento, el lugar donde se erigirá la catedral para el amor de los amores. Una superficie que va a delimitar fronteras de emociones, donde no se podrá distinguir, ni separar por más que la razón lo intente, de donde procede el halo de la respiración, ni las palabras que resultarán balsámicas para mitigar el dolor, ni si la lágrima que rueda por la mejilla procede del rocío bienhechor que nace en las cuencas de sus manos y que ha quedado prendida en ella al depositar el ósculo. Y será entonces cuando la confusión ascenderá por las venas y una conjugación de verdades y concreciones celestiales poseerán las fuentes del raciocinio y una irrigación de venturosa exultación recorrerá todo el ser. En la seguridad de haber sido testigos de la gran obra de Dios, de los prodigios que fueron enviados desde el cielo para la concreción del paraíso, buscamos explicaciones que nos hagan y permitan asentarnos en la condición humana, en figurarnos que la paz y la felicidad fueron portadas por nuestras manos, que sostuvimos durante unos siglos, aunque el tiempo nos engañara y tratara confundirnos con la escasez de unos segundos, toda la grandeza que retiene el entrecejo de la Virgen de la Esperanza.

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