EL NIÑO QUE MIRABA ESCAPARATES

             Salíamos con la ilusión exultando nuestros rostros, abrigados como si fuéramos, émulos diminutos Amundsen, como si fuéramos a conquistar el mismo Polo Norte, con la bufanda protegiéndonos la garganta, perfectamente pertrechados hasta la nariz, tapándonos la boca. Las prendas nos procuraban cierto confort, intentando preservarnos de la posibilidad de un coger un resfriado o peor  aún, uno de esos catarros que nos retiraban de la calle durante unos días.

            Apenas se traspasaban los primeros días de diciembre, y el calendario menguaba su densidad, comenzábamos a recorrer los escaparates del centro. Eran expediciones a la ilusión, a la conquista de la magia que ofrecía tras los gruesos cristales que nos separaban de la fantasía, de aquellos juguetes que siempre pedíamos en la carta a los Reyes Magos y que nunca veíamos correspondido, al menos en su totalidad. Allí estaban, dispuestos magistralmente, ofreciéndosenos en una visión que sabíamos real pero totalmente inaccesibles, tan cerca y tan lejos. Existían pero había marcadas unas fronteras que no nos estaban permitidas traspasar. Cómo era posible que los Reyes Magos obviaran siempre nuestra petición de aquella brillante bicicleta que se nos mostraba, culminando la gran montaña de juegos, como la excelencia de nuestros anhelos. Además ¿por qué siempre a los mismos? ¿Qué criterio manejaban para conceder los deseos?¿Era acaso mejor, el hijo del secretario del ayuntamiento, que nosotros? ¿En qué habíamos fallado, qué habíamos hecho mal?

            Aquéllas disquisiciones de infantil e inocente filosofía, que se nos planteaban porque todavía no teníamos conciencia de las dificultades vitales que se ciernen con la edad adulta, eran inmediatamente engullidas por una ilusión nueva que venía a deshacer cualquier situación de incomodidad, a construir nuevos paraísos, donde disfrutábamos y compartíamos los juegos con aquellos artefactos casi mágicos que se nos mostraban. La imaginación, que lo podía todo, los hacía nuestros y salíamos de aquellas jugueterías simulando la utilización del rifle, o los compulsivos movimientos que intentaban simular el barrido de una ametralladora y ya  nos veíamos sometiendo a las pandillas rivales del barrio con nuestras armas fingidas. La febrilidad de la imaginación llegaba a su culmen, mientras caminábamos ya ignorando el frío, haciendo oídos sordos a las recomendaciones de los anuncios navideños que colocaban en la puerta de los establecimientos cómo reclamos a la suntuosidad que nos era disimulada, cuando advertíamos del reparto de las fichas y menesteres de los cincuenta juegos que se reunían en una caja Geyper y que añorábamos como el mejor y más preciado de los obsequios, pues nos posibilitaba en crupier o dosificador de normas en los más variopintos de los juegos que se retenían en los diferentes departamentos del maletín.

            Divagábamos por las calles intentado sortear la escasez,  aspirando al milagro. Pero nunca perdíamos la sonrisa,  ni dejábamos someternos al desaliento. Descubríamos la ilusión en el alumbrado multicolor, nos sorprendíamos viendo como ascendí la densa columna de humo del puesto de castaña y nunca nos sentimos limitados porque nos aspirábamos más que a la obtención de la felicidad.

            Recorrer las calles viendo los escaparates, sentir el frío del cristal humidificando la nariz, virar una esquina y sorprendernos con el canto de un villancico por un coro que se deleitaba en su actuación porque esperaban más reconocimiento que la sonrisa complaciente de sus eventuales espectadores, bastaba para entronizar la dicha.

            Intento recuperar ese itinerario que la memoria me dicta, ese camino sentimental al que estoy unido y que me hace sentir extraño cuando vuelvo sobre los pies de aquellas vivencias que revocan mi edad y me convierten en el niño que disfrutaba y gozaba observando los escaparates de la mano de mi madre.

 

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