LA VIRGEN VOLVIÓ A APARECERSE CERCA DE LA RESOLANA

Se doró la Basílica con el aura resplandeciente de unos ojos, con el silencio atronador que sucede tras el paso de la gran tormenta de la emoción que se nos presenta en la víspera de la espera, de ansiado encuentro. Se doró la nave principal con el argénteo rodamiento de una lágrima que acudía, con prisas y devastadora insistencia, a sofocar el tumulto que auspiciaba la contemplación absorta. Se doró el templo con la purpúrea efervescencia de los corales rezos que aparecían entre la semipenumbra y que dotaba del debido recogimiento al gentío devocional que se presentaba como un solo ser, como una unitaria entelequia que alzaba sus alabanzas al Santísimo y que daba gracias a Dios por permitirle vivir aquel momento, por estar presente en este pleno de conversión y arrepentimiento.

            Era la luz emergente de su sonrisa sacudiendo toda la sensibilidad aglutinada en su entorno. Era la luz del misterio de la Encarnación resolviendo cualquier duda sobre la divinidad presentada, sobre cualquier otra oscilación fervorosa sobre la Verdad engendrada en su vientre celestial, el problema de la expectación resuelto con la mera contemplación del rostro vivo que se presentaba exultante. Era la luz omnipotente de sus ojos descubriendo la claridad del amor de los amores, entronizando en el alma el albor que es simiente de la nueva vida. Era la luz de sus labios aclamando y pregonando las bienaventuranzas para despojar cualquier resto de rencor, pues las maldades quedan súbitamente diluidas apenas se pisa el soporte del trascoro y se visualiza en la lontananza la luminiscencia de su figura, despojando a las sombras de su poder, aniquilando las oscuridades, que pretendían hacerse fuertes y ahora se baten en retirada por la humillante derrota, huyen despavoridas y desoladas por la mera presencia de la Escogida.

            Era el hálito de su respiración abatiendo la asfixia del pecado sobre el corazón, restituyendo el aire puro que nos devuelve la confianza en la vida y la implanta en el alma. Era el soplo fresco que exhalaban sus labios el que venía insuflar las velas que motorizan y desplazan los comportamientos humanos, los vínculos terrenales que provocan la consumación del ascenso a los cielos. Era la avienta del batir de sus manos, cuando los labios se acercan para depositar el beso que busca su auxilio, la que ahuyenta del espanto del lobo de la congoja que llega para hacer presa en el dolor de las ausencias.

            Era el clamor de los ojos intentando recordar una mañana, rehabilitar en la memoria la luz del alba, esa que baña los cielos, la que ilumina espadañas, la que convierte los fríos en candores, la que remueve nostalgias y hace soñar con reencuentros, la que hace temblar al rocío porque su fin adivina. Era una ensoñación que velaba la realidad con un tul sedado de dicha.

            Todo se compendiaba en la luz que irradiaba su mirada, en el dorado rescate de los sueños de quienes La contemplaban, en los suspiros plantados que su pecherín rezumaba cada vez que un soplo de vida sus labios exhalaban; también llegaba la Gracia en el fulgor de sus ojos que espejaban las plegarias y las devolvía hechas rosarios de virtudes y verdades que enclaustraban la gran Verdad de la vida que en sus manos se mostraban. Cesaron de pronto los rezos, volvió el denso silencio a acomodarse en el templo. En frontispicio al amor, dictó la lección del alma. Fue un segundo, una eternidad, la eventualidad de una sonrisa quedó vagando en la estancia. Sucedió en la Basílica, templo que es el fortín donde reside la Gracia de Dios. Y nadie nos lo contó, no son aseveraciones falsas, la Virgen volvió a aparecerse muy cerca de la Resolana, y fuimos testigos del hecho, de como la Bienaventurada, la Escogida por el Padre para que al Hijo cuidara, recogía nuestras almas, las refugiaba en su pecho y nos las devolvía implantadas en los nuestros llenas de amor y ESPERANZA.

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