Cuando el dolor inhabilita la vida

Se asoma la ventana disimulando su presencia tras las celosías que cubren las hojas cuarteadas. Observa con desconfianza cuanto está aconteciendo frente él. Se siente seguro desde aquella posición donde otea, sin ser visto, guarecido del frío que se adivina en el exterior y que se advierte en el ropaje de la gente que pasea, de aquellos que ignoran que son observados y que se certifica sobre el cristal cuando se acerca demasiado a la frialdad del cristal y su vaho nubla la transparencia líquida. En otro tiempo hubiera dibujado, aprovechando aquel hecho producido por el efecto de la condensación del calor frente a un estado de gelidez en el exterior, la silueta de un corazón o la figura de un caballito. Pero hoy se siente atrapado por la nostalgia y la melancolía, por el lastre de aquellos años tan lejanos y que hoy vierten todo su contundente peso sobre su precario estado d ánimo.

Cuentan, quienes bien te conocen, que eras un tipo alegre, lisonjero, simpático y ameno, que no dudabas en buscar un momento, arañar unas horas a la laboriosidad propia de la jornada, para compartirlas con los amigos. Siempre tenías abiertas las ventanas del corazón para oír, para aconsejar y restar importancia a los problemas que te presentaban, que venían a ti porque irradiabas optimismo. Y mira que no te sobraba el tiempo, que la labor en el taller de relojería te mantenía ocupado casi todo el día y la familia era la hoguera donde se consumía alegremente tus horas de ocio.

Ahora huyes de cualquier contacto con el mundo. Tus amigos dejaron de visitarte cuando comenzaste a mostrar desaires, esas cajas destempladas con los que los recibías, cuando descubrieron aquella transformación que estaba deshumanizándote, que estaba pudriéndote el corazón con tantos menosprecios, con tantos desdenes, con tanta amargura retenida y nunca liberaste dejándola rodar por tus mejillas. Nadie te vio nunca soltar una lágrima. Ignoraste los buenos consejos que te ofrecían, con el mismo amor que tú los hacías antes de aquel fatídico día, quienes antes atendías con una sonrisa y el libro blanco de tus manos dispuestas para que escribieran sus penas; que apartaste descortés y bruscamente el brazo que pretendía cobijar y dar calor a esta soledad que tú mismo te has buscado y compartir ese dolor que lleva royéndote las entrañas demasiado tiempo.

Hay un sentimiento de añoranza en lo más profundo de tu ser que se está rebelando contra la dictadura del rencor que has implantado en ti y que proyectas a la gente de tu entorno.

Hacía tiempo que no sabía de ti, de tu vida. Has dejado de frecuentar los lugares donde coincidíamos, donde reposábamos y compartíamos nuestra amistad, y tu presencia provoca vacíos, por más que te obstines en querer sepultar tu existencia, en apartarnos de ella. Hoy te visto asomado al ventanal, el mismo desde el que las despediste una tarde de enero, de hace tres años, con las manos embolsadas en los bolsillos de ese batín que has convertido en el uniforme de la negra sombra de tu mala suerte. Advertí un deje de locura en la mirada perdida que se asomaba a tus ojos, un estar sin tener conciencia de ello. Respondiste a mi saludo con un leve movimiento de cabeza y te retiraste pausadamente al interior de tus sombras.

No tiene culpa el mundo de las desgracias que provocan las imprudencias de los humanos, ni puedes sentenciar la amistad y el cariño de los que te rodeamos, al ostracismo más absoluto. Este planeta sigue girando, provocando situaciones hermosas, descubriendo que la vida es un premio de Dios, un regalo con muchísimo valor. Nadie tiene culpa, ni tú puedas asumirla, de que un desgraciado se saltara aquel semáforo en rojo y te quitara a las personas que iluminaban tu existencia, y los regalos de los Reyes quedaran dispuestos en el sofá y nadie acudiera a recogerlos. No puedo, te lo dije en su  momento, imaginar tu dolor. El mero presentimiento de ello me provoca una gran congoja. Pero has de saber que tienes a tu familia con el sentimiento en vilo, con las carnes abiertas. Que no duermen penando porque tú penas, que son incapaces de conformar palabras de cariño porque has elevado un muro, de resentimiento y amargor, tras el que te has recluido y donde te has expatriado con la soledad y el dolor.

Tienes que comprender, querido y añorado amigo, que has de vivir con sus memorias y levantarte cada mañana con el alma ungida de aquellas sonrisas que te quitaron pero que permanecen prendidas en lo más sobresaliente del alma. Escapa amigo de tu prisión o deja que te rescaten quienes bien te quieren.

Aprovecha este tiempo del que tanto disfrutaban. No busques excusas en lo inevitable, extrae el dolor que está enterrándote en vida y adéntrate, con tu memoria y tus más bellos recuerdos, en el camino de la vida, que en su horizonte siempre hay un resplandor de Esperanza.

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