La leyenda del decurión. Cuento de Navidad. Primera parte

            Nadie le conocía. Todos miraban sorprendidos aquel personaje de tan extraña apariencia que se había situado junto a la entrada del pesebre pero que parecía temer traspasar la linde, la frontera que le separaba de la mirada y la belleza celestial de la Niña Madre. La noticia se había propagado como un fuego de verano y quería conocer in situ aquel prodigio, que decían, estaba sucediendo en las afueras del pueblo, en un establo. La reluciente coraza se abría paso entre la muchedumbre que ya se agolpaba en los accesos de la artesa que servía de refugio y acogía, resguardando del relente y los fríos, a aquella familia henchida de felicidad. A unos pocos metros los pastores habían prendido unas retamas secas y se calentaban a lumbre resultante. Por una ventana cuarteada, deshecha por el abandono y olvido de sus cuidadores, sin vidrios que aislaran el interior del gélido ambiente que cernía y vestía los campos de una capa de albor, se asomaban unos chicos que apenas vislumbraban algo más que el pequeño alfeizar, saliente utilizado como palanca para coger el impulso con el colmar su curiosidad. A nadie parecía importar el rigor que la madrugada imponía. El silencio tan solo era quebrado por un pequeño murmullo que se apagó de improviso cuando el decurión hizo acto de presencia en la pequeña vaguada.

            Comentaban algunos –la incredulidad se dibujaba en las caras de los más escépticos al oír aquella declaración- que un ángel les había anunciado el gran acontecimiento, que les había dirigido hacia aquel lugar donde ya reposaba el Mesías, el Salvador que vendría a desterrar las injusticias de este mundo, a mostrar el verdadero sentido de la vida, a dotar de significación el término amor. Algo conmovía en aquella visión que se mostraba en aquel ambiente de humildad y sosiego. El decurión avanzó unos pasos, debía cerciorarse de cómo era aquél que presentaban como sublevador de masas, que se erigiría en el salvador del pueblo, en el libertador capaz de dotar al pueblo de un régimen distinto al que promovían e imponían desde el gran imperio. La escasa luz apenas permitía distinguir el cuerpecito. De nuevo la mirada de la Madre cautivando sus sentidos. Un hombre se desplazaba, en la parte trasera del pesebre, inquieto, preocupado y que apareció tirando de un buey que se resistía a las órdenes del eventual ganadero. Por más que se esforzaba en tirar, más resistencia oponía el pobre animal; por más empellones que perpetraba de la cuerda, más reticente se mostraba el manso. Tal vez se compadeciera de su torpeza. Bien se apreciaba que el hombre no se dedicaba a las tareas ganaderas. O simplemente obedeció, olvidando su recia formación militar, al instinto de solidaridad que flamea en el corazón de los hombres ante adversidades y desgracias de sus semejantes. Pero allí estaba, tensando la soga que servía de arreos y acercando al buey al cajón que resguardaba el pequeño y desvalido cuerpo del Niño. Ávido y sorprendido por aquella ayuda, el hombre pidió que le socorriera en el traslado de un mulo. Pronto el cuadrúpedo fue situado en el vértice opuesto al bovino, con la intención de guarecer del frío el menudo cuerpo. Tras la tarea, retrocedió sobre sus pasos y volvió a otear el paisaje que se mostraba. Sin lugar a dudas, allí no había ningún inductor a la rebelión. Qué podían hacer aquel sencillo hombre que era incapaz de dominar a una bestia, aquella mujer delicada y tremendamente hermosa que le observaba y fruncía el seño en muestra de agradecimiento y el Niño tan desvalido, tan desamparado, frente a los poderosos ejércitos que habían dominado todo territorio del mundo conocido, frente a las máquinas de guerra que atemorizaban a poblaciones enteras por su imponente y devastador poder de destrucción. Qué resistencia podrían oponer ante la misma decuria que él mandaba. Ellos solos se habían bastado para doblegar la escasa oposición mostrada por los pobladores de aquella aldea.

Tras su silenciosa reflexión, volvió sobre sus pies, se ciño el casco a las sienes, acomodó su espada en el cinto y se dispuso a abandonar el receptáculo. El asombro se asomó a su rostro, hecho que no pasó desapercibido entre quienes esperaban en el umbral y se abrían para dejarle expedito el paso. Era una voz le conminaba a detenerse. Era un sonido de una musicalidad celestial que le alertaba de la grandeza que se mostraba ante él y que no había sido capaz de descubrir. Giró la cabeza, buscando el origen de aquella pronunciación, de aquel mandamiento. Dirigió su visión hacia donde creyó que provenían las palabras. Y entonces se vió sorprendido por una extraña y turbulenta sensación, por una sacudida que hizo agitar sus sentimientos. No podía ser, se dijo, los recién nacidos no hablan. Y pensó en una mala jugada de su subconsciente, el poder del cansancio, el agotamiento de tantas horas de vigilia y lo intempestivo de aquel suceso. No, los reciñen nacidos no hablan, e intentó continuar su camino, retornar al cuartel y lanzarse en brazos de Morfeo. Un buen y prolongado sueño saciaría su maltrecho cuerpo. Pero de nuevo volvió a escuchar la voz, con mayor nitidez esta vez, ordenándole que parara, que se volviera, que descubriera el gran mensaje que traía, que no se turbara por ello, que debía propagar la buena nueva de la llegada del Mesías.

Tú también lo has oído, verdad, le susurró aquel joven noble.  Continuará

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