LA LEYENDA DEL DECURIÓN. Cuento de Navidad. Conclusión

Sí, lo había oído pero se negaba a dar pábulo a la fantasía, al estupor de creerse vencido por la locura, a obviar la razón. No podía, ni debía sucumbir a la entelequia de la fabulación. Las palabras no eran más la consecuencia del cansancio. ¿Vas a negar la evidencia?, le repitió el joven, conminándole a asumir el prodigio. Si lo has oído es porque te ha elegido para formar parte de la concreción de su gran obra.

Desubicado se abrió paso, con precipitación y cierta violencia, entre la concurrencia, que se apartó dejando expedito el camino al turbado hombre. Apenas unos metros atrás, concentrándose la expectación en torno al pesebre, seguía acercándose gente con el semblante radiante, ahítos por descubrir si lo que había llegado a sus oídos era cierto y acababa de nacer el rey anunciado por los profetas, el salvador que vendría retirar yugos y erigir la libertad y la verdad, a propiciar la igualdad entre los hombres.

El campamento estaba situado a media hora de camino de la aldea, sobre un pequeño montículo que dominaba la vaguada sobre la que se situaba Belén. Era un lugar estratégico pues permitía la perfecta vigilancia de cuanto acontecía a sus pies y en días claros se podía distinguir otras localidades próximas, lo que convertía a aquella guarnición en  una milicia de acción inmediata. Eran hombres curtidos en batallas, formados en las campañas de las Galias. Sabían cómo actuar en cada momento y ajustaban las medidas de sus fuerzas en las diferentes represalias y escaramuzas a las que eran sometidas por las guerrillas locales, especialmente por los zelotes que eran especialmente virulentos en sus acciones.

Tumbado sobre su catre, oscilando en sus estrechas dimensiones, le era imposible conciliar el sueño. Una y otra vez retornaban a su mente aquellas palabras, aquellos sonidos que ahora le mortificaban. Por el ventanuco de su aposento llegaba una lejana luz que inundaba la estancia de cierta claridad. Ante la imposibilidad de conciliar el sueño y despojar su cuerpo del cansancio, decidió girar visita al cuerpo de guardia en un intento por recuperar, con el rigor de las ordenanzas militares, el estado y el equilibrio mental que necesitaba, aislar aquella sensación de remordimientos.

Desde la torre de vigilancia se observaba, con una nitidez extraordinaria e inusual, el humilde espacio donde reposaba el Niño. Era como si la noche se hubiera hecho sólo en aquel sector, como si un prodigio nigromántico hubiese dotado de un resplandor único los alrededores del pesebre. Por los caminos, a pesar de que la madrugada comenzaba a clarear y se advertía los primeros síntomas luminotécnicos del amanecer, continuaba el tránsito incesante de personas. Obreros, campesinos, señores acompañados de sus lacayos dirigían sus pasos hacia la aldea. Y los que volvían no hacían más que lanzar alabanzas, proclamar odas que enaltecían la figura de aquel Niño. Todos parecían alterados, ungidos por una alegría que se mostraba en cada gesto, en cada movimiento, en cada expresión. Cada frase transmitía una alabanza que aumentaba el interés en quienes las oían. Y entonces aceleraban el paso. Desde la atalaya el decurión observa aquel inusual devenir, aquellos desplazamientos tan extraños y multitudinarios. Decidió volver al pesebre y aclarar sus ideas. Volvió a enfundarse la coraza, se ciñó la espada al cinto y se colocó el casco. Ordenó que le prepararan su caballo y se dispuso a recorrer de nuevo el camino. El alba comenzaba a despuntar y se adivinaban las siluetas de los caseríos en las laderas de las lomas pregonando a la vista el blancor de sus fachadas, ya aparecían las tonalidades verdes de las huertas que salpicaban el agreste paisaje y dotaban de un hermoso colorido al panorama que en frontispicio a sus ojos se le mostraba. Despuntaban las primeras luces de la mañana y la acuarela del horizonte comenzaba disgregarse para convertirse en ese añil que antecede a la eclosión de la luz del día.

Comenzó a llamarle la atención que su presencia no era motivo de temor, que los rostros no mostraban recelo con su guerrera apariencia sobre el caballo, que no había reflejos de odio en aquel resplandor que despedían los ojos cuando sus miradas se cruzaban, simplemente porque parecían ignorar su presencia, abstraídos en conversaciones que denotaban regocijo, un júbilo indescriptible. Caminaban en pequeños grupos guiados por una extraña fuerza. A punto estuvo de arrollar alguno que caminaba distraído, abstraído, inmiscuidos en un mundo que solo habitaban ellos y la gran y enigmática dicha que les poseía. Pensó en las repercusiones que podría suponer aquella perdida de respeto a su autoridad, el desequilibrio de fuerzas podría resentirse si los nativos no seguían con el miedo que producía la presencia de los represores soldados.

Una muchedumbre ansiosa se agolpaba en las inmediaciones del establo. Alguien había instalado un pequeño despacho de agua y dátiles que vendía a los extranjeros que llegaban. El hombre, cuando adivinó al final de la senda al soldado, se apresuró a desmontar el tenderete, temeroso de que viniera a reclamarle el pertinente diezmo. Fue único signo de temor que observó durante aquel trayecto.

Con dificultad se fue abriendo paso entre el gentío. Al contrario que la noche anterior, muchos protestaban por aquel atropello y abuso de autoridad. Todos querían tener su momento ante aquel Niño, contemplarlo aún cuando estuviera durmiendo y apenas unos segundos. El padre comenzaba a inquietarse por aquel despropósito. Algunos incluso portaban ofrendas como si en verdad fueran a postrarse, a rendir pleitesía, ante un rey. Exultaban admiración y muchos lo aclamaban como el monarca salvador. Por fin pudo llegar a la primera línea. El pobre hombre, que debía ser el padre, se esforzaba inútilmente por desalojar el recinto, clamando por un poco de tranquilidad, tal vez temeroso por la seguridad del pequeño. La madre sostenía al pequeño sobre el regazo y parecía entonar una nana, quizás intentando dormir al pequeño.

Ha regresado, reconoció enseguida la voz que se le dirigía. El joven noble seguía en el lugar, impertérrito. Quien se acerca de inmediato queda prendido. El soldado quedó perplejo. No pronunció palabra alguna e intentó desligarse de aquella conversación que intentaba iniciar su eventual acompañante. Centró su atención en la escena, intentando averiguar que se escondía tras aquel tumulto. Pero nada presagiar levantamiento alguno.

Un día me protegerás, serás guardián de mi amor y transmitirás mi mensaje. Así que pasen los siglos se intensificará la devoción que ahora comienzas a experimentar en tus entrañas. Vivirás ungido a mi mandato y verificarás bajo un sol tan radiante como éste que mi Padre está presente en la vida de todos. Glorificarás su nombre y en el mío santificarás mi presencia. Defenderás, con la espada de tu amor y el escudo de tus lágrimas, mi sagrada realeza y ante todo, por encima de tu honor y tu gloria, alabarás la figura de mi Madre, aliviarás un gran dolor que atravesará su pecho, la ensalzaras cuando la luna se convierta en la oblea que reflejará una sentencia. Allí dormirá tu corazón, en los ojos de mi Madre. Yo soy la Vida y ella la esperanza del mundo.

El decurión corrió hacía donde se encontraba la mujer con el hijo apenas advirtió el bruco movimiento del manso, que asustado se levantó de improviso, dando con su testuz en el brazo que sostenía la Niño. Poco antes de que acabara en el suelo, el soldado lo sostenía en sus brazos. Fue una transmisión inmediata, una fuerza que comenzó a recorrer sus venas y a depositar en su alma un limo de tranquilidad y sosiego. Y entonces llegaron aquellas palabras, aquellos sonidos de nuevo, que volvían esta vez para conmover su alma.

Traspuesto por la emoción desanduvo el camino hasta el destacamento, se deshizo de sus ropajes militares y se invistió con una túnica y sandalias. Quiso deshacerse de su pasado guerrero, abandonó aquella tierra y asentó su existir en unas huertas cerca del río Betis, en las lindes de Itálica e Híspalis.

 Joaquín sintió como su esposa le zarandeaba con delicadeza. Por la ventana del salón dos densas columnas de luz alumbraban la estancia. Adormecido aún, sin tener todavía conciencia ni lucidez por el sueño vivido, desubicado tras aquel profundo sopor, oyó como Cristina le conminaba –ya es la hora- a revestirse con la indumentaria. Con la solemnidad que los siglos depositaran en el rito, sabedor de la gran tarea encomendada, se calzó las sandalias, se impuso la nagüeta, se colocó la coraza, se ajustó la espada al cinto, se ciñó el casco a las sienes y sonrió. Era jueves santo y se dispuso a cumplir el privilegiado mandato que les fuera conferido, por el Hijo del Hombre, durante la celebración de la primera Navidad.

Esta entrada fue publicada en ESPAÑA, HERMANDAD DE LA MACARENA, SEMANA SANTA, SEVILLA y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s