¿QUÉ CAMBIO?

La intransigencia con la que se manifiesta es del todo intolerable. En cualquier otro lugar del mundo hubiera sido repudiado por las diferentes castas políticas, hubiese sido apartado de cualquier deber público. Éso en cualquier otro lugar del mundo. En este país no pasa nada. Cuanto más se robe, se infame, se libele o se ataque la dignidad de las instituciones, mejor. Aquí nadie es nada, ni tiene carácter relevante, ni adquiere notoriedad social si no tiene abierto un expediente judicial o está imputado en una causa legislativa. Y cuanta más gorda mejor. Ahora, si usted no puede seguir pagando la hipoteca, porque el empleo que tenía se ha ido a hacer puñetas, con la empresa en la que ha trabajado toda su vida, engullida por los voraces tiburones económicos que marcan los índices del bienestar social –su bienestar social, claro- y deciden quiénes y cómo tienen pagarles sus lujos, usted es un delincuente al que hay que infringir el más terrible de los castigos y proferir la más terrible de las humillaciones. La situación por la que atraviesa la sociedad, esta sociedad globalizada, que cada vez cuenta con menos personalidad propia, en la que los individuos son incapaces de manifestar opiniones sin consensuar o asociadas a un movimiento genérico, tiene sus antecedentes en el gran engaño que sufrió hace ocho años, en el que unos políticos utilizaron la buena voluntad de los españoles para ningunear los idearios, para socavar aún más los escasos fundamentos de la dignidad, utilizando muertes y vidas para la obtención del beneficio propio. El mesiánico líder se ha quedado en payaso tristón de un circo provinciano. La política social, la gran bandera ondeada como paradigma de una revolución, la evolución económica, el fortalecimiento de un poder judicial justo y equitativo y la instauración de la prometida sociedad del bienestar se han quedado en aguas de borrajas, en proyectos disueltos en discursos cada vez más engorrosos, en arengas indefendibles, que se despeñaban por las laderas de la mentira, mientras observaban su caída riendo y tomándonos por tontos. Lo tenía todo para haber lanzado el país, para haberlo situado entre los diez primeros del planeta. Pero ni la situación económica de solvencia heredada, ni un sustrato social y cultural solidificado y rocoso les sirvió para relanzar lo español. El líder se ha cargado el país y no pasa nada, a nadie rendirá cuentas y seguirá batiendo hojaldres en el dorado retiro que le proporcionamos a quienes dejan de gobernarnos. Ahora viene el cambio, vocifera el sucesor. ¿Qué cambio? Porque el único cambio que yo aprecio es el que va a experimentar la sociedad, el receso en su bienestar que nos han dejado, que nos va a mortificar durante años, eso si la aplicación de las medidas que se verán obligados a los gobernantes actuales, esos que ha sido votados por la gran mayoría de españoles hartos de estupideces y áreas de gobiernos absurdos que no hacían más que incrementar el déficit público, pueden remediar algo. Por eso resulta inaudito, intolerable y raya en lo delictivo, que si tenían las soluciones –cosa que dudo-, los programas para aclarar la situación de los ciudadanos y las medidas con las que acabar con la crisis, las pusieran en práctica durante el periodo en el que han desgobernado este país. Pero lo verdaderamente doloroso, si es que siguen queriendo servir a España, es que no se las hagan llegar a equipo de gobierno actual, muy contarios fondos idearios que mantengan. Es una cuestión de salvaguardia, de solidaridad con la gente que tan mal lo está pasando, con la ciudadanía que se ve desbordada por la ingrata actuación con la que han regido a la nación. Mucho me temo –no me alegro- de que no tengan más que mentiras guardadas. Y rencor por haber sido volteados en los comicios con peores resultados electorales desde la instauración de la democracia. Los políticos Sr. Pérez Rubalcaba, han de mostrar ejercicio de servicio público y buscar alternativas y soluciones a los problemas que surjan. Con panegíricos y soflamas insulsos y vacuos no han hecho más que perder el verdadero sentido de su ideario y convertirlo en un terrible y doloroso desengaño para muchos que creyeron una vez que el socialismo era una solución a las desigualdades de la vida.

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